Opinión

El mercado laboral dejó de ser un reflejo del ciclo económico

Chile parece haberse instalado en un mercado laboral de bajo dinamismo. Nada sugiere que estemos frente a un ajuste transitorio: las cifras apuntan más bien a la consolidación de un equilibrio frágil, en el que la economía logra evitar un deterioro profundo, pero al costo de convivir con un empleo que no crece, salarios que no repuntan y una participación laboral que dejó de recuperarse. Es un mercado que funciona, pero a media máquina.

La tasa de desempleo nacional se ha estabilizado en torno al 8,5-9% desde mediados de 2024. Se trata de un estancamiento estructural en la capacidad de absorber trabajo. Dicho de otra manera: el desempleo no sube porque la economía no colapsa, pero tampoco baja, porque la creación de empleo es insuficiente.

A esto se suma una paradoja significativa: la participación laboral parece haber tocado techo. Tras el rebote postpandemia, la tasa total dejó de mejorar y se ha estabilizado cerca del 62%, con una persistente brecha entre hombres (≈72%) y mujeres (≈53-54%). Más preocupante aún es que su crecimiento interanual es prácticamente nulo desde mediados de 2024, lo que es consistente con un repliegue de la fuerza laboral hacia la inactividad por desaliento.

El análisis por grupos confirma un problema que Chile arrastra hace más de una década: la barrera de entrada para los jóvenes. El desempleo del tramo 16-24 años se mantiene por sobre el 20% de manera sostenida. En mujeres, la tasa combinada de desocupación y fuerza de trabajo potencial bordea el 20%, mientras que la tasa de subutilización total supera el 25%. Estos indicadores son especialmente reveladores, porque capturan la zona gris entre empleo, desempleo e inactividad, mostrando que existe un contingente relevante que querría trabajar, o trabajar más, pero no logra hacerlo.

El empleo tampoco entrega señales alentadoras. Su crecimiento se ha movido entre el −1% y +1% desde inicios de 2025, un signo claro de estancamiento. Y si miramos la calidad del empleo, las tendencias tampoco ayudan al optimismo. El empleo indefinido crece levemente, mientras las remuneraciones reales, después del buen impulso de 2023-2024, volvieron a una trayectoria de bajo crecimiento, estabilizándose en tasas cercanas al 2-3% anual, lo que limita el poder adquisitivo y el consumo.

Nada de lo anterior ocurre en el vacío: el IMACEC, aunque en niveles superiores a 2022, avanza a un ritmo moderado. Pero el punto central es que, incluso si el PIB creciera más, el retorno del empleo está lejos de ser automático. Los problemas hoy son más estructurales: rigideces del mercado, desajustes de habilidades, demografía, informalidad persistente, costos laborales relativos, y ausencia de políticas activas que permitan reconectar fuerza laboral con demanda sectorial.

En otras palabras, el mercado laboral dejó de ser un reflejo lineal del ciclo económico. Y ese, probablemente, es el mayor giro de los últimos diez años.

Si algo debiese preocuparnos, es que este equilibrio de bajo dinamismo se ha ido normalizando. Las buenas noticias se reducen a constatar que el desempleo no subió, las malas se relativizan y la discusión pública se acomoda a mejorar en los márgenes. El riesgo es evidente: cuando un mercado laboral pierde dinamismo por demasiado tiempo, no solo destruye oportunidades presentes, sino también trayectorias futuras. Sin más empleo, sin más participación y sin mejores salarios, el país resigna crecimiento futuro.

Por Marcela Perticará, Directora del Departamento de Economía de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad Diego Portales.

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