Opinión

La década en que olvidamos la sala de clases

Los resultados de PISA 2025 no admiten eufemismos. Respecto del 2022, los estudiantes chilenos de 15 años registraron caídas estadísticamente significativas: nueve puntos en Matemática y doce en Lectura. En Ciencias el desempeño se mantuvo estable.

Más elocuente aún es el nivel de aprendizaje alcanzado por los alumnos: 59% no alcanza el nivel básico en Matemática, proporción que llega al 38% en Lectura y a cerca del 37% en Ciencias. En términos concretos, la mayoría tiene dificultades para resolver problemas matemáticos relativamente sencillos y casi cuatro de cada diez carece de las competencias lectoras fundamentales para seguir aprendiendo con autonomía.

La perspectiva de largo plazo es todavía más preocupante y permite dimensionar la magnitud del deterioro. En diez años, nuestro país ha retrocedido veinte puntos en Matemática, veintitrés en Lectura y cinco en Ciencias.

Chile, es verdad, forma parte de una crisis internacional: entre 2015 y 2025 también cayó el promedio de la OCDE. La pandemia deterioró los aprendizajes y agravó el ausentismo, los problemas de salud mental y las dificultades de convivencia, mientras los dispositivos digitales profundizaron la dispersión. A esta combinación, nuestro país añadió el cierre de sus escuelas por aproximadamente 259 días lectivos. Los jóvenes evaluados en 2025 cursaban entonces cuarto y quinto básico, una etapa decisiva para consolidar la lectura y el razonamiento matemático.

Pero el contexto global no puede convertirse en excusa y tampoco basta con responsabilizar a la pandemia. El estancamiento comenzó antes y obliga a mirar qué hicimos con la educación durante la última década. Además, existen sistemas que resistieron mejor e incluso algunos que mejoraron.

Desde 2015, el debate chileno se concentró en transformar la arquitectura del sistema: gratuidad en la educación superior; fin del lucro, del copago y de la selección en la educación escolar; creación del Sistema de Admisión Escolar; traspaso de los establecimientos municipales a los Servicios Locales de Educación Pública, y una sucesión de nuevas regulaciones, instituciones y procedimientos. Paralelamente, parte del discurso público comenzó a mirar la autoridad, la disciplina, la exigencia y el mérito con sospecha.

Cada una de estas políticas persiguió objetivos propios y debe evaluarse por separado. Pero, consideradas en conjunto, revelan cuáles fueron las prioridades. Después de una década de reformas, la institucionalidad cambió profundamente, pero los aprendizajes no mejoraron. Esa es la contradicción que PISA deja al descubierto.

El foco comienza a ponerse donde corresponde. La respuesta no pasa por otra gran reforma institucional, sino por recuperar la asistencia, asegurar ambientes ordenados y seguros, reducir la burocracia, fortalecer la autoridad pedagógica y apoyar intensivamente a los estudiantes rezagados. También es indispensable respaldar a directores y profesores, mejorar su formación y devolverles tiempo para enseñar.

Los costos de años de extravío son incalculables. Se expresarán durante décadas en menores oportunidades, productividad, movilidad social y confianza colectiva. La lección de PISA 2025 es sencilla y brutal: Chile pasó una década discutiendo alrededor de la sala de clases. Es hora de volver a entrar en ella.

Por María José Naudon, abogada.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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