Por Carlos OminamiAmérica Latina en el nuevo diseño norteamericano

En política exterior, no es necesaria la subordinación explícita, basta con pecar de ingenuidad o inadvertencia para que las decisiones que se adopten afecten el interés nacional. Para defender la soberanía no basta con discursos que, al mismo tiempo que exaltan el valor de la patria, terminan en la práctica subordinándola a intereses externos.
El escenario internacional se ha modificado drásticamente. El proceso de globalización sufrió una brusca interrupción. La posibilidad de un mundo organizado como un gran mercado integrado ha desaparecido. En su reemplazo surgió una geopolítica que tiene como eje la disputa entre EE.UU. y China. La interrupción de la globalización resultó de muchos factores, pero hay uno decisivo: EE.UU. perdió la batalla por la hegemonía del proceso. Como muestra un ejemplo: durante las últimas tres décadas el peso de EE.UU. en la producción mundial (a paridad de poder de compra) se redujo en un tercio (de 22 a 15%) mientras que el de China pasó del 2 al 18%.
Es mérito de J.G. Tokatlian, gran internacionalista argentino, mostrar como la política de la administración Trump no es un accidente o un capricho, sino que responde a un diseño que tiene su lógica interna y que el ascenso de las ultraderechas es parte de él. Perdedor de la globalización, EE.UU. se repliega, renuncia a la disputa hegemónica en un sentido amplio y se atrinchera en un área en la que busca ejercer de manera directa su dominación. Como parte de “su” hemisferio, América Latina se incluye en esa área. En ella EE.UU. ya no busca seducir ofreciendo progreso compartido, libre comercio u orden internacional basado en reglas. Simplemente se impone por la fuerza.
En este diseño América Latina adquiere una nueva dimensión. Aunque su gravitación en los asuntos mundiales sigue siendo escasa, su relevancia aumenta significativamente, resultado de su extraordinaria dotación en una variedad de recursos estratégicos, no solo de metales críticos o tierras raras, sino de su capacidad para producir alimentos saludables, su biodiversidad, su condición bioceánica, sus estrechos de Panamá y Magallanes, y su proximidad con la Antártida.
Los gobiernos de ultraderecha son objetivamente funcionales a este diseño. Algunos de manera incluso explícita. Sus políticas exteriores se alienan formalmente sobre los intereses de EE.UU.; dejan de lado los esfuerzos de integración, salvo los relativos a seguridad; guardan religioso silencio frente a las amenazas de recuperar el Canal de Panamá, la ejecución sin juicio de más de 200 personas en el Caribe, la intervención en Venezuela o el bloqueo criminal en contra de Cuba. Concurren, por el contrario, alegremente a la convocatoria del gobierno norteamericano a conformar el “Escudo de las Américas” que busca instrumentalizar a las Fuerzas Armadas para sus propios fines. La política de los EE.UU. busca la subordinación de la región a este diseño. Esta no es una fatalidad. Con unidad nacional y voluntad política es posible transitar por un camino diferente.
Por Carlos Ominami, Presidente de Chile 21 y del Foro Permanente de
Política Exterior
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE



















