Por Ascanio CavalloLa década prodigiosa
La proximidad de estas elecciones exige que todas las negociaciones y conversaciones en curso con el gobierno de Trump –políticas, económicas o comerciales– sean llevadas con extrema cautela, midiendo con mucho cuidado los compromisos que se plantean en cada caso.

En un lapso de diez días, a contar del próximo domingo, se realizarán dos elecciones que tienen la capacidad de incidir fuertemente en la política exterior chilena. El domingo 25 tiene lugar en Brasil la segunda vuelta para presidente y vicepresidente y los gobernadores que no alcanzaron la mayoría absoluta el 4 de octubre.
La campaña de segunda vuelta ha sido feroz; parecería augurar tiempos violentos en la sociedad brasileña, si no fuese porque las campañas estridentes tienen ya más de una década y en algo se relacionan también con el hecho de que el presidente Lula cumple 23 años (12 de presidente: ¡tres veces!) como la figura dominante de la política brasileña.
La ventaja en las presidenciales la tomó el candidato derechista Flávio Bolsonaro, que se impuso a Lula en la primera vuelta por 1,87% de los votos. La historia electoral brasileña muestra que los balotajes favorecen al ganador de la primera vuelta. Por lo demás, el porcentaje de diferencia equivale a 2,2 millones de votos, una cifra difícil de remontar si se tiene en cuenta que el oficialismo tuvo malos resultados también en el Senado y en la Cámara de Diputados. A la fecha, tres de los otros candidatos presidenciales, que en conjunto reúnen poco más del 5%, han dado su apoyo a Bolsonaro. El oficialismo ha culpado a los medios digitales de perjudicar a Lula, en particular a Meta, acaso la última señal del intervencionismo de las tecnológicas en las grandes elecciones.
De modo que las perspectivas son adversas para Lula, a pesar de su extraordinaria confianza en sí mismo. ¿O será esa confianza la mejor explicación para su derrota, la de un hombre que no se ha cansado de creer que es la mejor alternativa para Brasil? Ninguna elección está ganada hasta que se cuentan los votos y alguna encuesta afirma que Lula podría triunfar con sus gestos de última hora, como la recién promulgada ley laboral de 40 horas y el aumento masivo de subsidios y bonos.
Si pierde, con él se completa, más aparatosamente que en todos los otros casos, el giro a la derecha de Sudamérica (con la única excepción de Uruguay). Bolsonaro representa, en lo externo, mejores relaciones con Argentina, Colombia y probablemente Chile. Por estilo y por marca política, probablemente estará más cerca de Milei y de De la Espriella, un eje que podría dejar a Kast en una paradójica posición moderada, como la que denostó en el pasado. Pero lo más importante es que en este caso Brasil pasaría a integrarse, como la gran pieza faltante, en el rompecabezas hemisférico de Trump.
Trump es precisamente el gran protagonista de las otras elecciones fundamentales, las de medio término en el Congreso de Estados Unidos, que el 3 de noviembre elegirán a 35 de los 100 senadores y la totalidad de los 435 representantes, además de 39 gobernadores y montones de autoridades locales.
La proximidad de estas elecciones exige que todas las negociaciones y conversaciones en curso con el gobierno de Trump –políticas, económicas o comerciales– sean llevadas con extrema cautela, midiendo con mucho cuidado los compromisos que se plantean en cada caso. El comportamiento de la actual Casa Blanca está siendo más volátil que lo acostumbrado, por lo que ninguna dosis extra de prudencia es excesiva.
Las encuestas muestran que Trump podría perder el control del Senado (con lo que pierde además la oportunidad de hostigar a la Corte Suprema) y retener (con riesgo) la mayoría en la Cámara de Representantes. Por eso el presidente está encabezando una campaña relámpago a través de todo Estados Unidos –también con bonos–, para impedir que un alineamiento adverso en el Congreso lo ate de manos en la mitad final de su cuatrienio.
Aunque parezca increíble, no es el desorden internacional ni el incumplimiento de normas lo que tiene en mal estado a la presidencia de Trump. Su debilidad es la inflación, impulsada especialmente por el aumento de los precios del petróleo, originado en la guerra con Irán. En una acción desesperada para tratar de reducir esos precios antes de noviembre, Trump le ofreció a Putin levantar el embargo sobre el petróleo ruso, a cambio de que le venda a Estados Unidos varios miles de tambores por día. Ese trato pasaba por encima de la guerra con Ucrania, que depende de mantener su presión militar y financiera sobre Rusia. Por lo tanto, el líder ucraniano, Volodimir Zelenski, ordenó mantener los ataques contra la infraestructura petrolera rusa.
En los últimos días, los militares estadounidenses redujeron el servicio de Starshield para Ucrania. Este es el dispositivo militar de Starlink que permite detectar por anticipado los ataques con misiles y drones; su suspensión significó la caída de más proyectiles rusos sobre objetivos ucranianos. El dueño de Starlink, Elon Musk, se apuró a deslindar responsabilidades (el control, en último término, es del presidente, dijo) y el ejército debió reponer más tarde el servicio de Starshield. Es la clase de lealtad que se puede esperar de Trump en situaciones de crisis militar y política.
¿Cómo serán recordados estos tiempos? ¿Qué dirá la historia acerca de los responsables de estos prodigios? ¿Qué consecuencias verán las generaciones futuras? ¿Quién pagará lo que haya que pagar?
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