Por Constanza Moncada M.Alicia Vega: la bitácora de la gran maestra del cine chileno
A sus 95 años, en la intimidad de su casa en Ñuñoa y rodeada de libros y colecciones, la legendaria investigadora de cine nacional que enseñó apreciación cinematográfica en las poblaciones durante la dictadura repasa su metodología, cuestiona la formación de los profesores actuales y manifiesta su anhelo por el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales.

Alicia Vega -investigadora y una de las principales historiadoras del cine chileno, nombre clave en la apreciación de la pantalla grande como motor de transformación social- se levanta temprano, lee los diarios que llegan a su casa y prepara el almuerzo. “Yo hago la comida aquí en la casa”, dice con orgullo.
También ve televisión, pero solo Film&Arts. Los canales nacionales le disgustan. “Son rencillas así chicas, no vale la pena verlo, prefiero leer”, explica. Los libros tienen un lugar central en su casa: ocupan una pared completa del comedor, y ella y su esposo Eduardo Vilches cuentan con bibliotecas personales en sus dormitorios.
Al momento de la entrevista lee El toque Lubitsch, de Herman G. Weinberg, subtitulador, periodista e historiador cinematográfico estadounidense. A pesar de los años, Alicia Vega usa anteojos sólo para leer. “Tengo muchos libros y tengo en la fila para seguir leyendo. Es mi diversión leer ahora y eso acompaña mucho”.
“Leo todo el día, veo televisión y acepto las visitas que tengo”, cuenta. La profesora sigue recibiendo estudiantes, pero esta vez universitarios. “Gente que está haciendo sus tesis, necesitan apoyo”, precisa.
Hace más de 40 años que vive en esta casa de un piso en Ñuñoa. Además de libros, en su living guarda zapatos y figuras de madera, que colecciona desde hace años desde el Persa o anticuarios. ¿Por qué zapatos? “Porque son bonitos”, responde sin dudas.

En la actualidad, Alicia Vega es considerada una de las investigadoras de cine más importantes del país. Hace poco, celebró su cumpleaños 95, rodeada de su familia, amigos y los integrantes de la fundación que lleva su nombre. Con estos últimos vio La novicia rebelde, “una película simpática” que muchos no habían visto.
Eso sí, no sale mucho para cuidarse de los cambios de aire. “Uno se puede resfriar, yo me cuido de los resfríos, porque respiro con un solo pulmón”, explica. En su historial, la investigadora registra una tuberculosis que la mantuvo años en cama.
El icónico Taller de cine para niños
Su interés por acercar el cine a los niños y niñas comenzó cuando era directora de la Oficina Nacional de Cine y desarrolló el programa Cine Foro Escolar, iniciativa con la que 40.037 niñas y niños de establecimientos escolares de la región Metropolitana asistieron a sesiones de apreciación cinematográfica en el cine Normandie.
Tras esa experiencia, nació la idea del Taller de Cine para niños, destinado a sectores de extrema pobreza.
“Los niños pobres no tenían nada. El niño pobre no tiene nada en su casa, no tiene ningún libro, no tiene elementos para entretenerse y en la escuela tampoco. Como a mí me interesaban los niños pobres, que eran los que no tenían nada, entonces empecé a buscar elementos para que ellos se entretuvieran. Y la primera necesidad que yo planteé era que el niño lo pasara bien. Aprender jugando”, recuerda.

En el espacio, los niños y niñas veían películas, armaban juguetes ópticos como taumatropos o zootropos, aprendían sobre historia del cine y votaban por los temas a conversar. Los juegos eran sumamente importantes. “Ellos tienen la posibilidad de mover la imagen, se vuelven autores del juego”, explica.
También comían una sopaipilla. “Siempre tuvimos el cuidado de que no fuera una comida para que los niños fueran por la comida, sino que fueran por una cosa agradable, que era sopaipilla caliente a la hora del recreo”, explica.
Los talleres comenzaron en 1985. Por ese entonces, muchos niños y niñas trabajaban como coleros de feria o cartoneros, recuerda Vega. No obstante, los sábados por la mañana había un tiempo para el taller de cine. “Eso era bueno, porque las madres disponían del sábado en la mañana para ellas”, indica.
Para marcar la asistencia, los estudiantes escribían su nombre en un papel y lo depositaban en una urna. En plena dictadura, el acto parecía un voto. Lo mismo hacían a la hora de elegir los temas. “Nosotros nunca dijimos nada, pero eso era. Los niños tenían derecho a ir, poner su opinión”, apunta la profesora.
En los talleres, Alicia Vega fomentaba la figura de espectador activo, es decir, “tener una respuesta a lo que uno está viendo e incorporarlo a la vida real”, explica. “Nosotros como taller siempre insistimos en los niños en que ellos no sólo tenían que apreciar las películas que veían, sino también lo que ellos leían o lo que ellos veían en la vida diaria”, agrega.

La metodología de enseñanza la comenzó a trabajar cuando hacía clases de Apreciación Cinematográfica en la Pontificia Universidad Católica de Chile, su alma mater, y en la Universidad de Chile. “Tenía experiencia con adultos y eso lo trasladé a los niños, porque el interés está en tratar al niño como si fuera un adulto, es decir, que tiene la capacidad de entender y de recibir una metodología ordenada”.
Tras los talleres, Alicia elaboraba un informe, “absolutamente verídico. No se le puso ni un niño más ni un niño menos”, precisa.
También, el proceso y la metodología la registraba en sus cuadernos, que compiló durante la pandemia para armar tres tomos de Los cuadernos de Alicia. Según explica, el objetivo es que “una persona pueda seguir ese método y enseñar otra cosa”. En ese momento, recuerda el caso de una monitora que trabajó con ella y que ahora tiene un taller de plantas basado en su metodología.
El documentalista Ignacio Agüero, uno de sus alumnos, inmortalizó algunas de esas sesiones de trabajo en Cien niños esperando un tren (1988).
Tras los talleres, que podían durar meses, padres, abuelos y otros familiares asistían a ver los trabajos de los estudiantes. “Ellos mismos traían a más parientes que vinieran a verlos”, agrega la maestra.
Alicia Vega recuerda que sus hijos también participaron en algunos talleres cuando estaban en la universidad. Manuel vive en Buenos Aires y la visita cuando viaja a Chile; Flora, arqueóloga, vive muy cerca.

La infancia en último plano
Plataformas como Netflix y Disney+ ofrecen películas para niños y niñas desde la televisión o el celular. Alicia Vega no usa plataformas de streaming. “No me meto, porque uno no puede abarcarlo todo”, sentencia.
Para la profesora, estos formatos han cambiado la manera en que la infancia dialoga con la imagen. “Están mal acostumbrados y mal enseñados y nadie se preocupa de ellos. Han tenido que caminar solos en un mundo que está cada vez más divergente. Ellos no van mejorando su perspectiva, sino que van entregándose nomás a lo que viene”, reflexiona.
—Si tuviera que armar una sesión de su taller con los niños de ahora, muy estimulados con las pantallas, ¿con cuál película abriría este taller?
Cualquier película. Es importante que el niño conozca que hubo una época de cine mudo y después que fue el cine sonoro, y después hay cine en blanco y negro, y cine en colores, y que él vaya viendo qué calidad y cualidades tenían esas formas de hacer el cine. Es bueno que el niño reconozca.

—¿Cree que es una tarea difícil que un niño esté mucho rato ahí, considerando cómo son las películas ahora, llenas de colores, llenas de luces, de estímulos?
No, no es difícil, es atractivo. Para un niño es muy entretenido ver la imagen moverse. Y un profesor tiene que aprovechar esa disposición del niño para ir enseñándole más allá de lo que él ve a primera vista.
—¿Cómo ve la educación actual?
Ha ido cambiando, pero para mal, porque cada vez está peor, porque los profesores están más tontos. No se preparan, tampoco leen, entonces lo que le transmiten al niño es la sobra de su mal aprendizaje.
—¿Y eso cree que falla desde la formación, desde las universidades?
Claro que sí, porque el profesor no tiene las cualidades que debería tener un maestro. Entonces, el niño, ¿cómo va a recibir algo que el maestro no se lo entrega?
—¿Cómo se podría cambiar el sistema?
Bueno, desde la base nomás. La universidad tiene que afinar su metodología y tiene que dar y exigir más.
—¿Cómo se puede hacer una educación artística de calidad?
Dando buen material y preparando a los niños para lo que van a ver y luego comentar con ellos lo que han visto.
—En sus talleres se hacía mucho ejercicio de memoria, de recordar, de registrar los recuerdos de los niños. ¿Chile es un país que tiene buena o mala memoria?
Pésima memoria. Además que no respetan ningún trabajo de los niños. Nosotros, por ejemplo, tenemos guardados todos los trabajos que hicieron los niños desde que se creó el taller. Absolutamente todos. Todo está archivado y todo está debidamente clasificado, de manera que si una persona investiga, puede ver el progreso de un niño desde el comienzo del taller hasta el término, cómo fue avanzando y cómo fue mejorando.
—¿Cree que en nuestro país la infancia está en un segundo plano?
No, está en último plano nomás, porque no tiene ningún sistema. La universidad ni la escuela tienen un proyecto de mejoramiento de la capacidad del niño para ir aumentando su sensibilidad. No la registra.
—Durante su trabajo con la infancia, ¿qué es lo que aprendió sobre los niños y niñas?
Que el niño tiene una receptividad enorme y que es capaz de mejorar muchísimo su aprendizaje tanto en lo que aprende como materia, como su sensibilidad hacia captar elementos que son muy importantes para su vida.
—¿Qué consejo le daría a usted a los profesores y profesoras de cualquier asignatura?
Que se preparen mejor, que cada vez estuvieran estudiando y que aprovecharan su tiempo en preparar las materias para que los niños aprendan mejor.

La Fundación Alicia Vega
En agosto, la ex subsecretaria de Patrimonio, Carolina Pérez, asumió la dirección ejecutiva de la Fundación Alicia Vega. El equipo es pequeño y trabaja en una casa donada, donde también funciona el museo, que recoge la historia del Taller de Cine para Niños, y el archivo documental relacionado a este.
Alicia va a las reuniones del directorio que lidera como presidenta. “Me están informando de todo lo que ocurre ahí”, asegura.
En el espacio se exponen trabajos de los participantes del taller y se almacenan todos los trabajos de los niños y niñas durante sus tres décadas de funcionamiento.
Para el 11 de septiembre, en su Instagram, la fundación publicó los dibujos realizados por niñas y niños de entre 5 y 13 años en Lo Hermida, en 1987. Los resultados dan cuenta de la visión de la infancia durante la dictadura. “Los niños dicen: ‘ahí hay una señora muerta en la calle’, por ejemplo”, recuerda Vega.
Todos los viernes, en el taller de cine, se presentan visionados de las películas que Alicia presentaba a los niños.
Asimismo, la fundación tiene una red de talleristas, aprendieron la metodología creada por Alicia Vega para replicarla tanto en la enseñanza de cine como en otros saberes.
¿Podría volver el taller de cine? La respuesta la da Carolina Pérez: “La Fundación lo ha estado conversando con el directorio, pero el taller de cine para niños que hacía Alicia, lo hacía Alicia. Lo que se puede hacer es una interpretación”.

La actualidad
Antes de terminar la entrevista, va a su dormitorio para buscar un ejemplar de su lectura actual. Una colección de cajas sombreras ocupa gran espacio de la habitación, al igual que un gran estante de libros, donde reposan varios premios. Aunque falta uno.
En 2019, el Instituto de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile levantó su candidatura al Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales.
—¿Es un reconocimiento que le gustaría obtener?
Sí, por supuesto. Es maravilloso porque no es a uno, sino a la obra que se hizo y que es muy merecedora de eso.
—Me decía que ha hecho de todo. ¿Hay algo que le hubiera gustado hacer y que no ha hecho todavía?
No, estoy contenta con lo que he hecho.
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