La dispersión

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A nueve meses de la contienda presidencial, ningún candidato pasa del 10% de respaldo. Algo inédito que explica el festival de proclamaciones, autoproclamaciones y dedazos de estos días. En rigor, esta proliferación de alternativas que no superan siquiera el error estadístico es solo otro síntoma de la descomposición del sistema político, del largo deterioro que ha condenado a la gente a votar por el mal menor.

La dispersión será otra vez la clave a la hora de explicar los resultados en las elecciones del año que se inicia y, sobre todo, de la batalla presidencial. Al final del día, el sector que logre contener su dispersión tendrá más opciones de ganar y, en eso, los últimos precedentes juegan sin duda a favor de la derecha. El más reciente, los pactos para la elección de constituyentes, volvió a confirmar que, a la hora de disputar instancias decisivas, los abismos ideológicos que hoy separan a las fuerzas centroizquierda e izquierda, terminan imponiéndose sin importar los costos.

Este ha sido el desenlace inevitable de los sueños refundacionales que sedujeron a la ex Concertación luego de su derrota en 2010. Ver a la derecha convertirse en mayoría legítima fue para ella un golpe de estado emocional, que incentivó una autocrítica despiadada y oportunista respecto de su rol en la transición y sus veinte años en el poder. Una demolición simbólica que borró las fronteras con el PC y, bajo el paraguas de Michelle Bachelet, dio origen a la Nueva Mayoría. Se ganó y se perdió con un diagnóstico naif, el mismo que se exacerbó hasta la psicosis luego del estallido social.

La paradoja de todo esto es evidente: lo que en la superficie ha parecido validar las posiciones más radicales de la centroizquierda, solo vino a debilitarla y fracturarla. Aprovechó la violencia para imponer un proceso constituyente, pero terminó compitiendo con varias listas de candidatos. Ahora verá entonces cómo el sistema electoral que la Nueva Mayoría aprobó durante su gobierno, va a beneficiar a una derecha unida y castigar a una centroizquierda fragmentada.

Y lo mismo ocurrirá en la próxima elección presidencial: desde la DC hasta el PC y el FA no lograrán convenir en un solo proyecto político y una sola candidatura. Más improbable todavía si las opciones más competitivas pertenecen a los sectores radicales. En efecto, para las fuerzas de la ex Concertación ir hoy a una primaria de toda la oposición sería terminar votando en primera vuelta por un Daniel Jadue o una Pamela Jiles. Algo que el PS y eventualmente algún sector del PPD pueden estar dispuestos a hacer, pero que para la DC significaría consumar un suicidio histórico.

En resumen, todo lo que la centroizquierda ha empujado y justificado en la última década solo ha servido para desarticularla y dispersarla, imponiendo en su interior un nudo gordiano irresoluble. Algo que, con una alta probabilidad, el próximo el 11 de abril volverá a confirmarse.

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