Opinión

La nueva alfabetización en la era de la IA

Foto: Pexels

Xiaomi fabricaba teléfonos; hoy fabrica automóviles. No es un giro extraño: un auto moderno es, en el fondo, un computador que nos puede transportar. Esa lógica se profundizará con la IA. El mundo será computación. La pregunta es si estaremos preparados para habitarlo.

Desde los primeros años de escuela, matemáticas y lenguaje ocupan el centro del currículo. Las matemáticas son una herramienta indispensable para calcular, modelar y también para desarrollar el pensamiento abstracto. El lenguaje es el vehículo para comunicarnos, acceder al conocimiento y potenciar el pensamiento crítico. Son fundamentales, porque no solo abarcan contenidos, sino que también moldean nuestra manera de pensar.

Hoy enfrentamos una transformación comparable. La IA, o más ampliamente la computación, empieza a cumplir roles similares: es una herramienta práctica para acceder y procesar conocimiento a gran escala y, también, una herramienta cognitiva para ampliar nuestra capacidad de razonar, aprender y crear. Como las matemáticas y el lenguaje, su valor no está solo en las tareas que nos ayuda a resolver, sino en cómo potencia nuestras propias capacidades.

Ese doble rol tiene además una dimensión de equidad. La alfabetización en lenguaje y matemáticas ha sido un gran nivelador de cancha para abrir oportunidades a nuestros niños y jóvenes. Si la nueva alfabetización computacional queda reducida a unos pocos, amplificará las brechas. Incorporarla temprano y para todos, no es solo una decisión pedagógica; es una decisión de equidad social y la mejor inversión que un país puede hacer.

¿Qué significa esto para la educación escolar? Ir más allá de nociones de programación o “pensamiento computacional”, algo valioso pero insuficiente. La formación debe abarcar la computación en su conjunto: cómo funciona, qué puede y qué no puede hacer, y cómo interpretar sus resultados. La formación debe apuntar no solo a entender esta tecnología, sino a pensar y crear con ella. No se trata de formar pequeños programadores, sino ciudadanos que comprendan y habiten con naturalidad la sociedad computarizada que se avecina.

Si la escuela siembra esa alfabetización, el rol de la educación superior es ramificarla. La formación de especialistas sigue siendo esencial, pero cuando la IA democratiza la computación al hacerla accesible mediante lenguaje natural, todas las disciplinas la necesitan. Así, cursos de computación para las ciencias sociales o el arte dejan de ser opcionales y pasan al núcleo de cada carrera.

Un tutor con IA ya puede acompañar a cada estudiante a su propio ritmo, complementando al profesor. Un anhelo eterno, ahora al alcance. El foco educacional cambia desde lo que el alumno sabe a lo que el alumno puede llegar a ser: alguien con curiosidad para preguntar, criterio para decidir y algo propio que aportar. Como la tecnología se mueve más rápido que cualquier malla curricular, el aprendizaje continuo pasa a ser parte del ejercicio de cualquier profesión, redefiniendo el concepto de carrera.

Esta apuesta rendirá frutos solo si la IA evoluciona cambiando su foco desde automatizar tareas hacia amplificar nuestras capacidades. Si medimos el progreso solo en autonomía, avanzaremos hacia retornos decrecientes, perdiendo de vista que el mayor impacto de una herramienta está en lo que permite hacer a quien la usa. La combinación virtuosa es un ser humano preparado para este nuevo escenario y una tecnología diseñada para potenciarlo, no para reemplazarlo.

Comprender la computación y la IA no es un tema de eficiencia y productividad. Lo que está en juego es mucho más profundo: es la posibilidad de que cada persona amplíe su capacidad de pensar, crear y aportar. Esa ha sido la promesa de toda alfabetización y es la que hoy debemos renovar. Si lo hacemos con urgencia, el premio no solo serán economías más productivas, sino sociedades más prósperas y más inclusivas. Y, por qué no decirlo, más alegres.

Por Álvaro Soto, profesor UC, Director CENIA.

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