Opinión

Patrimonio y entornos seguros: el desafío pendiente para las infancias

Valparaiso, 23 de junio 2025 Ingresan denuncia por ecocidio ante la Unesco por el estado de abandono y deterioro de Valparaiso Sebastian Cisternas/Aton Chile SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

Tras finalizar el mes de las infancias en Chile, es oportuno preguntarnos qué ciudad estamos construyendo para que crezcan niños y adolescentes. El abandono de edificios, plazas o monumentos -incluso declarados monumento nacional-, y su conversión en focos de inseguridad, deja una reflexión de fondo: cuidar el patrimonio no es solo un ejercicio de memoria y ciudadanía, es también una forma de cuidar la infancia.

Un catastro del Núcleo Milenio Nupats sobre conflictos patrimoniales en seis ciudades -Iquique, Antofagasta, Santiago, Valparaíso, Concepción y Punta Arenas-, muestra que en comunas como Recoleta y Santiago, el deterioro de sitios históricos ha ido de la mano con delincuencia, robos y microbasurales, justo en espacios cotidianos de niños y adolescentes. El informe propone una categoría específica, “entornos”, para los conflictos patrimoniales asociados a lo que ocurre en un monumento y su contexto: delincuencia, abandono, malos olores, microbasurales. En Recoleta, la mitad de los casos corresponde a delincuencia directa: vecinos, floristas y jardineros en torno a dos cementerios donde denuncian robos sistemáticos de piezas. En la comuna de Santiago, el Mercado Central o el conjunto de Aillavilú comparten un mismo diagnóstico: son espacios cuyo disfrute se ve limitado por asaltos o por el estado de abandono que los rodea. El patrón se repite en otros espacios de uso familiar, como el kiosco de la Plaza Colón en Antofagasta -vandalizado desde 2016- o el Muro del convento de La Merced, en Concepción, que por estar en una calle poco transitada presenta suciedad, pasto crecido y rayados.

El deterioro material del patrimonio tiene efectos que exceden la experiencia de quienes habitan cerca de ella. Cuando se transforma en zona de riesgo, quienes primero lo resienten son quienes tienen menos capacidad de evitarlo: niñas, niños y adolescentes en sus recorridos diarios o en sus espacios de esparcimiento. A veces, el problema es aún más directo: establecimientos educacionales que arrastran años de desuso o de conflictos patrimoniales sin resolver.

El mes de las infancias nos deja la pregunta: ¿cuántos de los barrios donde crecen nuestros niños y niñas están hoy cuidados por su comunidad y habitados colectivamente, y cuántos, en cambio, conviven a diario con la inseguridad que deja el deterioro? Cuando el patrimonio del barrio se abandona, se daña o se vuelve inseguro, pasa a integrar el paisaje cotidiano de niños y jóvenes, con efectos posibles en el sentido de pertenencia y cuidado del espacio público a largo plazo y, peor aún, sobre la naturalización del deterioro urbano.

Gran parte de las discusiones sobre infancia y patrimonio se han centrado, con razón, en la educación patrimonial como vía para que niñas, niños y adolescentes conozcan, valoren y se apropien de su historia. Pero esa mirada, siendo central, no es suficiente si el patrimonio que los rodea sigue deteriorándose y volviendo inseguros los espacios donde transcurre su vida cotidiana. No basta con transmitir el conocimiento de sus entornos en la sala de clases: hay que garantizar que el barrio donde crecen sea también un lugar seguro y habitado. Recuperar el patrimonio del abandono es, en ese sentido, mucho más que una tarea de conservación: es una forma concreta de resguardar la infancia.

Por Macarena Ibarra, profesora del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales UC y directora Núcleo Milenio Patrimonios (Nupats)

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