Por Marcelo DíazLa izquierda chilena frente al desafío de la abundancia

Hace pocas semanas concluyó el Congreso ideológico del Frente Amplio y el Partido Socialista se encuentra actualmente desarollando una Conferencia Nacional Programática. Dichos eventos abordan una exigencia crucial: cómo reconstruir un proyecto de izquierda en un país que cambió, después de una derrota electoral y frente al avance de una derecha que ha hecho de la seguridad, el crecimiento y el orden sus principales banderas.
El Congreso del Frente Amplio reafirmó su identidad socialista, feminista y ecologista; vinculó la desigualdad y la crisis climática con un modelo que sitúa las ganancias por encima de las personas, y amplió su mirada sobre el mundo productivo, reconociendo no solo a los trabajadores asalariados, sino también a las pequeñas y medianas empresas, cooperativas y trabajadores por cuenta propia. El evento del Partido Socialista, por su parte, busca actualizar su proyecto histórico y dotarlo de una orientación estratégica que trascienda un programa gubernamental de corto plazo.
Son esfuerzos necesarios. Sin embargo, todavía parece faltar una pregunta decisiva: además de distribuir mejor el poder y la riqueza, ¿qué propone la izquierda para que Chile vuelva a crecer, construir, innovar y producir? ¿qué propone la izquierda para sintonizar con la legítima ambición de prosperidad a la que aspiran la mayoría de las familias chilenas?.
Esa es la interpelación que plantea Abundance, el libro de Ezra Klein y Derek Thompson que ha provocado un intenso debate dentro del progresismo internacional. Su tesis puede resumirse en una frase: una izquierda que sabe regular, redistribuir y detener, pero que no sabe construir, termina administrando la escasez en lugar de transformar la sociedad.
El argumento resulta especialmente pertinente para Chile. Durante las últimas décadas hemos ampliado derechos sociales, creado regulaciones ambientales, fortalecido la participación ciudadana y construido mecanismos destinados a limitar abusos. Muchos de estos avances son indispensables y deben preservarse. Pero, al mismo tiempo, el país enfrenta una prolongada incapacidad para materializar aquello que declara como prioritario.
Necesitamos cientos de miles de viviendas, pero los proyectos tardan años en obtener permisos. Queremos una transición energética, pero construir líneas de transmisión y nuevos sistemas de generación enfrenta enormes dificultades. Aspiramos a contar con mejores ciudades, pero los proyectos de transporte público avanzan lentamente. Prometemos mejores servicios de salud, pero carecemos de especialistas, infraestructura y capacidad suficiente para reducir las listas de espera.
Chile no necesita menos derechos ni menos protección ambiental. Necesita instituciones que sean capaces de convertir esos derechos y objetivos en resultados concretos.
La discusión de Klein y Thompson obliga a distinguir entre un Estado grande y un Estado capaz. No basta con aprobar leyes, aumentar presupuestos o crear nuevos organismos. El verdadero progresismo debe preguntarse cuánto demora una vivienda en construirse, cuánto cuesta ejecutar un kilómetro de ferrocarril, cuánta energía limpia puede incorporarse al sistema y cuánto tiempo debe esperar una persona para recibir atención médica.
La eficacia estatal no es una concesión ideológica a la derecha. Es una condición de la justicia social. Cuando el Estado no cumple, quienes tienen mayores recursos buscan soluciones privadas; quienes dependen de los servicios públicos quedan sometidos a la espera, la precariedad y la frustración. La incapacidad estatal es, en sí misma, una forma de desigualdad.
La izquierda chilena, y el progresismo en general, necesita, por tanto, complementar su agenda redistributiva con una de expansión de capacidades. Esto significa construir más viviendas y ciudades más densas; acelerar la generación y transmisión de energía limpia; recuperar una política industrial vinculada al cobre, el litio y el hidrógeno verde; invertir en ciencia y tecnología; incorporar decididamente la inteligencia artificial a los servicios públicos, y fortalecer una red de pequeñas y medianas empresas capaces de innovar, crecer y generar empleos de calidad.
Esta perspectiva puede enriquecer particularmente las definiciones del Frente Amplio. Su reconocimiento de las pymes, las cooperativas y los trabajadores independientes constituye un avance significativo. Pero esa nueva relación con la producción no puede quedar reducida a una ampliación de la base social que el partido pretende representar. Debe traducirse en una concepción más positiva de la creación de riqueza, la inversión, el emprendimiento y la innovación.
También representa una oportunidad para el Partido Socialista. Actualizar el socialismo no significa abandonar su historia, sino proyectarla hacia los problemas del siglo XXI. Si durante el siglo pasado el socialismo buscó democratizar la propiedad y distribuir los frutos de la industrialización, hoy debe preguntarse cómo democratizar el acceso al conocimiento, la tecnología y los beneficios de la revolución digital.
Una política de abundancia tampoco puede convertirse en una desregulación indiscriminada. No toda inversión genera bienestar, no todo crecimiento es sustentable y no toda regulación constituye un obstáculo inútil. Chile conoce los costos de un desarrollo que concentra beneficios y distribuye daños ambientales y territoriales. Por ello, la tarea no es elegir entre crecimiento y protección, sino diseñar mejores regulaciones: más claras, rápidas y exigentes en sus resultados, pero menos fragmentadas y burocráticas en sus procedimientos.
El riesgo para la izquierda y el progresismo es refugiarse en reafirmaciones identitarias que resultan coherentes para sus militantes, pero insuficientes para una mayoría que espera respuestas concretas. Declararse socialista, feminista o ecologista expresa valores relevantes, pero no responde por sí solo cómo recuperar el crecimiento, enfrentar la inseguridad o mejorar la salud pública.
Frente al avance de la derecha, no basta con denunciar sus retrocesos ni defender las conquistas alcanzadas. La izquierda debe volver a representar un futuro posible y deseable. Necesita demostrar que puede proteger, pero también producir; regular, pero también ejecutar; redistribuir, pero también crear riqueza.
El progresismo chileno podría encontrar en la idea de abundancia no una renuncia a sus convicciones, sino una actualización de su promesa fundamental: que el progreso material, científico y tecnológico deje de ser privilegio de unos pocos y se convierta en una posibilidad real para las grandes mayorías.
Ese puede ser el punto de encuentro entre la tradición socialista y una nueva izquierda: no administrar equitativamente la escasez, sino construir democráticamente la abundancia.
Por Marcelo Díaz, abogado.
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