Por Andrés Benítez BeasEl valor de Farmear Aura

Durante las últimas semanas ha estado en tela de juicio aquello que hacen los adolescentes bajo el nombre de Farmear Aura, acompañado de distintos comentarios y críticas respecto de este tipo de conductas.
Sin embargo, me parece interesante detenernos un momento y mirar el fenómeno desde otra perspectiva.
En colegios vulnerables, donde muchas veces la violencia, el narcotráfico y las dificultades de convivencia escolar se han tomado buena parte de nuestra agenda, aparece una actividad que —más allá de sus particularidades— logra que los estudiantes interactúen, se rían, participen y se involucren voluntaria y entusiasmadamente con lo que ocurre a su alrededor.
¿No era eso, precisamente, lo que estábamos buscando?
Durante años hemos expresado nuestra preocupación porque los estudiantes pasan demasiado tiempo frente a las pantallas, porque les cuesta relacionarse cara a cara, porque han disminuido los espacios de juego espontáneo y porque necesitamos recuperar una vida escolar más comunitaria.
Y, de pronto, aparece una actividad que consigue exactamente eso: estudiantes que salen de la lógica individual de la pantalla para encontrarse con otros, compartir un código común, reírse y participar.
Quizás Farmear Aura no sea, en sí mismo, el ideal educativo que queremos promover. Pero sí puede ser un síntoma interesante de algo que los adolescentes necesitan y que la escuela debe saber leer: espacios de pertenencia, juego, reconocimiento, humor y participación.
Incluso me atrevería a decir que este tipo de actividades son de las cosas más parecidas a aquella “escuela antigua que tantas veces añoramos”: una escuela donde los estudiantes jugaban, inventaban códigos, se encontraban en los recreos, se reían juntos y construían una cultura propia.
Tal vez el desafío no sea preguntarnos únicamente “¿qué tiene de malo Farmear Aura?”, sino también:
¿Qué está encontrando el estudiante ahí que nosotros, como escuela, deberíamos ser capaces de ofrecer de otras maneras?
Porque si queremos formar estudiantes que sepan convivir, relacionarse, participar y disfrutar sanamente de estar con otros, quizás antes de eliminar estas expresiones debiéramos intentar comprenderlas.
No se trata de validar todo lo que hacen los adolescentes. Se trata de aprender a leer aquello que espontáneamente los convoca y preguntarnos cómo podemos transformar esa energía en oportunidades de formación, encuentro y comunidad.
Quizás, en medio de tantas dificultades, deberíamos mirar también estos pequeños espacios de alegría y encuentro como una oportunidad educativa.
Por Andrés Benítez Beas, psicólogo.
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