Ser un Presidente joven



Por Paula Walker, profesora de la Escuela de Periodismo de la Usach

“Queremos ya un presidente joven/ Que ame la vida que enfrente la muerte/ La tuya, la mía, de un perro, de un gato/ De un árbol, de toda la gente… Dicen la juventud no tiene/ Para gobernar experiencia suficiente/ Menos mal, que nunca la tenga/ Experiencia de robar/ Menos mal, que nunca la tenga/ Experiencia de mentir…”.

Esta letra es de la canción de León Gieco, “Los Salieris de Charly”.  Prácticamente 30 años después, se convirtió en el himno de la historia improbable que ha protagonizado el presidente electo de Chile, Gabriel Boric, de 35 años. Hace unos meses no había manera de prever que se precipitarían de esta forma los hechos. El país eligió a quien parece conversar de mejor manera con el tiempo actual.

¿Qué significa ser un Presidente joven? Para comenzar, es el Presidente más votado y con mayor apoyo popular. Su liderazgo, energía y el proyecto que le propuso al país movilizó una votación en la segunda vuelta presidencial como nunca antes. Hemos vuelto a ver a un Presidente querido y saludado con respeto. Su presencia empuja la idea de que servir a Chile requiere de mucho coraje, pero no de tanta plata. Que se necesita coherencia y transparencia en los actos, pero no un séquito de asesores revoloteando cerca. Que se puede equivocar, y explicar lo que sucedió, corregir el rumbo y que eso no amenazará la percepción del tipo de líder que es.

Ser un Presidente joven implica reconocer a los niños y niñas como personas iguales a nosotros, solo con menos años y experiencia, pero con iguales derechos. Lo mismo con las mujeres, dando poder y comprometiendo su trabajo para avanzar en una agenda de género e igualdad. Implica cambiar y no seguir haciendo lo mismo como si fuera una coreografía repetida infinidad de veces. Decir las cosas por su nombre, dejar de hacer torcidas explicaciones cuando no se está de acuerdo con algo. Implica saber escuchar por el placer que produce aprender de otros. Actuar con sencillez, alejarse de la ostentación. No sucumbir frente al poder, ese canto de sirena que transforma y extravía a muchas personas cuando les toca ejercerlo. Poner en su lugar a los partidos, que son súper importantes, pero no deben tener el poder de veto y menos de exigencia para señalar a quiénes sí y a quiénes no según el lote o la tendencia a la que pertenecen.

¿Qué significa lo que él y su equipo lograron? ¿Cómo se administra ahora la esperanza, las expectativas y el reencantamiento con la política? Un gran amigo, con el que trabajamos en la campaña de la expresidenta Michelle Bachelet en 2013, me dijo la tarde del domingo: “Lo que pensamos con Bachelet, lo hará Boric…”. Esa frase levantó todas las alertas de lo ocurrido en la experiencia pasada y cómo hay cosas que se pueden prever y aminorar, pero hay conductas en los seres humanos que no se imaginan previamente y resultan determinantes para el éxito o el fracaso de un proyecto.

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