Catalina Olmedo: “El dolor es parte de mí, pero no lo es todo”




En realidad desde que tengo memoria vivo con dolor de espalda. No le di relevancia hasta que hace un tiempo me dieron ganas de bajar de peso y cuando fui a consultar con un personal trainer, mientras realizaba la prueba, a él le llamó la atención el dolor que tenía en la espalda. Me aconsejó pedir una opinión médica, porque quería tener la certeza de que estaba todo bien antes de entregarme una rutina. Fui al traumatólogo y después de algunos exámenes me diagnosticaron espondilolisis con espondilolistesis y discopatía ¿Qué significa? Que tengo una fractura localizada desde la última vértebra de la columna al sacro. En palabras más simples, la columna y la cadera no están unidas.

Cuando me dieron este diagnóstico, fue muy duro. Entendí que había muchas cosas que no podría hacer, como correr, saltar o cualquier tipo de movimiento que ejerza presión en la columna. Comencé con sesiones de kinesiología, que fue lo primero que me recomendaron, y eso me ayudó mucho en el manejo del dolor, y también a fortalecer la zona lumbar. Pero llegué a un punto en donde estos ejercicios me mantenían relativamente, pero no me aliviaban del todo. El dolor seguía presente, como una sombra.

La constante incomodidad me hizo consultar una segunda opinión con otro traumatólogo, quien me recetó unas inyecciones, las cuales se ponen en la zona afectada. En ese momento, el avance de mi enfermedad se encontraba en el segundo paso: tenía el 30% de mis vértebras desplazadas. El especialista me dijo que no me podía operar y a esas alturas se me había desarrollado una hernia.

El efecto de las inyecciones se siente a las 3 o 4 semanas y logré sobrellevar el dolor por una temporada junto a sesiones kinesiológicas. Fue precisamente en este espacio donde conocí a mi kinesiólogo actual, quien es un pilar fundamental en mi vida. Si me duele algo, lo que sea, lo llamo y él viene y me ayuda. Si no puede, me entrega las indicaciones de lo que hay que hacer.

A pesar de todos los cuidados y las terapias, el dolor se volvió intolerable y volví al traumatólogo. Le expliqué que había llegado a mi tope de dolor. Me habló de una infiltración y que, si eso no funcionaba, recién ahí podríamos pensar en operar. Me asusté, porque había escuchado que la infiltración es un proceso complicado, que requiere reposo. Averigüé con otros pacientes que lo habían hecho y pude constatar, con sus experiencias, que es un tratamiento doloroso y temporal, es decir, no te entrega un resultado permanente. Escucharlos no me dio muchas esperanzas.

Mi kinesiólogo me recomendó a otro traumatólogo de una clínica reconocida. Me costó harto tomar la decisión porque soy de clase media y este era un recinto de salud de la zona oriente de Santiago, muy caro. Pero motivada por mi pareja, decidí priorizar mi salud sobre el perjuicio de mi bolsillo.

En esta consulta sentí que por primera vez me trataron con una visión integral y humana. El doctor no solo observó las imágenes que traía, sino que además me examinó en una camilla. Después de evaluarme, comentó que lo mejor era operar. Me aclaró que ya no me quedaba disco lumbar, además de explicarme lo que estaba pasando en mi cuerpo, algo que ningún traumatólogo había hecho antes.

Me operé en agosto de este año y ha sido la situación más difícil que me ha tocado vivir hasta el momento. Me habían intervenido de otras cosas antes, sin embargo, una operación de columna es algo muy complejo. En este proceso me pusieron una prótesis discal y cuatro pernos en la zona que une la columna con el sacro. Al fin siento que esta área está mucho más sostenida.

No voy a mentir, aún después de la cirugía el avance es lento. Recuerdo que en un principio no me sentía en mi cuerpo. He ido mejorando de a poco y aún faltan detalles. Lo que más me ha costado es volver a conectarme con mi cuerpo. Creo que esto es lo más difícil y, de cierta forma, me he tenido que volver a enamorar de él, volver a escucharlo y a darle cariño.

Me gusta salir a caminar y los paseos. Esto era algo que no podía hacer libremente previo a la operación y ahora que estoy en recuperación tampoco, no obstante, espero hacerlo pronto. Cosas tan básicas como lavar la loza de tu casa o querer pararme para ir al supermercado, son actividades que aún no puedo hacer porque el cuerpo no me acompaña, pero tengo la esperanza de salir adelante pronto.

Me casé en junio de 2021, antes de la operación, en modo pandemia. Vivimos solitos aquí en San Miguel. Mi marido me ha dado el empuje y la fuerza para poder afrontar todo esto, además de acompañarme en este proceso, porque a mí no me gustan ni las hospitalizaciones ni las agujas.

En un comienzo mi relación con el dolor se resumía en pelear con él. Lo enfrentaba constantemente, algo que era tremendamente agotador y no tenía sentido. Luego, pasé por la etapa de dejarme llevar por el dolor, y de esta forma me sumí en una depresión. Hoy estoy en una etapa de aceptación; esto es parte de mí, pero no lo es todo y tengo la certeza de que pronto mi cuerpo me permitirá hacer varias cosas más, es cosa de paciencia, constancia y tiempo.

Catalina Olmedo tiene 25 años y es estudiante de psicología.

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