Mamá en cuarentena: "Me he sentido superada, pero también he aprendido cómo son mis hijos"

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Esta semana vi en varias historias de Instagram y muros de Facebook una imagen que decía: "Ya no nos van a preguntar qué hacemos todo el día", aludiendo a las mamás que trabajan fuera de la casa. En lo personal, me anduve ofendiendo por dos motivos: porque últimamente ando bastante sensible e irritable y porque siempre he sentido una profunda admiración por las mujeres que se quedan en casa con los niños, ya sea dedicándose exclusivamente a ellos o trabajando desde sus escritorios caseros.

Y no son pocas. Según un estudio de la Fundación Sol, publicado en enero de este año y titulado No es amor, es trabajo no pagado, el 96,6% de las personas actualmente inactivas en Chile por hacer el trabajo del hogar, son mujeres. Y es gracioso el concepto de inactivas, porque estar a cargo del hogar es un trabajo a tiempo completo, como bien lo sabemos las que salimos a trabajar y que después de la jornada laboral pagada seguimos trabajando hasta que los niños se duermen.

Siento admiración por estas mujeres, porque la paciencia nunca ha sido lo mío y, aunque me encanta mi trabajo y me encanta mi familia, prefiero mantenerlos separados. Aunque incluso en la oficina mis pensamientos suelen gravitar hacia mi departamento: qué falta, qué vacunas tengo atrasadas, cómo habrán almorzando mis hijos.

Además de admiración, también siento un poco de envidia. Porque esas mamás conocen a sus hijos en ámbitos que yo solo he podido ver desde que con mi marido decidimos aislarnos, y ahora en cuarentena obligatoria. Porque es muy distinto estar con ellos los fines de semana, cuando la modalidad es jugar y descansar, que estar con ellos en el día a día, cuando todos tenemos responsabilidades y cosas que hacer.

Desde que con mi marido hemos estado encerrados con nuestros hijos -una niña de casi cuatro y un niño de un año y medio- hemos descubierto qué les gusta hacer durante el día, lo buenos que son para imitar o para meterse en personajes e interpretarlos, lo mucho que les gusta pintar y cómo cantan cuando ven monitos en la tele.

Con la mayor me he dedicado a hacer cosas dulces: le encanta mezclar los ingredientes y usar guantes para comer galletas calientes. Cuando crea estructuras con bloques le gusta posar orgullosa para que le saque fotos. Mientras que el menor nos ha sorprendido por lo agrandado que es, lo mucho que le gusta perseguir a su hermana y su fascinación por los libros. Puede pasar varios minutos sentado en el suelo con un libro de cuentos, y a veces balbucea como si estuviera leyendo, el muy patudo.

Pero también ha habido situaciones muy tristes. Ayer estaba trabajando y mi hija estaba sentada a mi lado haciendo un dibujo. Quiso que jugáramos a la profesora y le respondí: "No puedo ahora, estoy trabajando". Ella me miró, dolida, pescó su dibujo y se fue a mi pieza, donde se instaló en una mesita que usa para almorzar.

Tratando de arreglar las cosas fui, me acerqué y le pedí disculpas. Le pregunté si podía dibujar con ella y me respondió: "No puedo, estoy trabajando". Mi corazón se partió en mil pedazos y vi, ahí mismo, cómo aunque esta experiencia pueda darnos momentos preciosos y únicos, también nos va a dejar a todos y todas algunas heridas.

El menor, en tanto, fascinado con nuestra presencia, suele venir caminando a mi escritorio- en la mesa del comedor para tomarme de la mano y decirme: "Ven". Con la fuerza que tiene me lleva a la pieza, no para que le ponga monos, sino para que nos acostemos juntos. Y me da tanta pena no poder, porque sé que si me quedo con él terminaré de trabajar más tarde y esta angustia de tenerlos cerca sin estar con ellos realmente se va a prolongar.

Aprendí a conocer a mis hijos en estos días, más de lo que imaginé que lo haría. Aprendí lo que les gusta, pero también lo que los entristece y aprendí, por sobre todo, lo que buscan de su papá y su mamá: tiempo, para estar con ellos, para jugar, para abrazarnos.

Hay una frase popular en redes sociales -"#EstoNuncaPasó- que hace alusión a cuando las personas cuentan cosas demasiado buenas o emotivas para ser reales. Pero les prometo que esto sí pasó. Mi día de furia, el más difícil de estos días, terminó de forma dulce, cuando mientras iba a lavarse los dientes, mi hija me dijo, de la nada: "Estamos juntos y estamos bien".

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