Paula

Berlín: cuando David Bowie quiso perderse

En septiembre de 1976, Bowie se instaló en una ciudad partida en dos para tomar distancia de las drogas y de la vida agitada que llevaba en Los Ángeles. Medio siglo después, una visita a los estudios Hansa permite volver sobre aquella búsqueda: la de un músico famoso que necesitaba un lugar donde su fama importara menos.

Berlín: cuando David Bowie quiso perderse

Marie habla de un dibujante. En la espera incómoda del baño, conversamos de David Bowie, de sus años en Berlín, pero ella recomienda un libro y recuerda una presentación: el ilustrador dibujó en vivo, el encuentro terminó y algunas imágenes quedaron como regalo en el pasillo de los excusados. Así también se conserva una historia. Alguien cuenta lo que pasó, alguien lo dibuja, alguien trabaja en el edificio donde pasó y se lo explica a los intrusos que llegan a este pedazo de historia viviente.

El dibujante es Reinhard Kleist. El libro, Low: Bowie’s Berlin Years, una novela gráfica sobre la vida del músico en la capital alemana. Marie Schoellkopf trabaja en la gestión de eventos de Hansa, los estudios donde han grabado nombres capitales de la talla de Nick Cave, Depeche Mode, R.E.M. y U2, y conoce el edificio desde ese lado: organizar, coordinar, hacer que las cosas ocurran.

Vaya por delante que estamos en una cena en medio de la feria de tecnología IFA, pero Bowie aparece entre esas ocupaciones, como aparece el pasado en los lugares que todavía tienen cosas que decir.

“Vino aquí, a Berlín, para dejar las drogas. Es extraño, pero lo consiguió”, dice Schoellkopf a Paula.

Lo extraño merece una pausa. En 1976, Berlín Occidental tenía drogas, bares y noches suficientemente largas. Tenía, además, una frontera que atravesaba la ciudad. ¿Qué clase de refugio podía ofrecerle a alguien que llegaba buscando una salida?

Bowie tenía 29 años y venía de una etapa en Los Ángeles marcada por la cocaína y el deterioro. Ya había sido Ziggy Stardust, ya había demostrado que una estrella podía cambiar de personaje y conseguir que el público aprendiera el nombre del siguiente. Esa capacidad le había dado una carrera extraordinaria y discos luminosos: Hunky Dory, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Diamond Dogs, Young Americans, Station to Station. Pero no había impedido que su vida se volviera difícil de sostener.

Las biografías suelen simplificar estos desplazamientos: crisis, viaje, recuperación, obra maestra. Después de conocer el resultado, cada decisión parece conducir hacia él. Pero quien arma una maleta no dispone todavía de esa ventaja. En 1976, “Heroes” era un disco que todavía no existía.

Cuando todavía era una idea, Berlín le ofrecía una condición bastante concreta: podía circular sin que cada salida se convirtiera en una aparición pública. Años después, Bowie recordaría que se movía con relativo anonimato y que los berlineses parecían poco interesados en aquel cantante inglés de mirada ambigua.

Esa indiferencia tenía utilidad. Le devolvía horas de vida que no necesitaban público.

Bowie y Berlín

Berlín: cuando David Bowie quiso perderse

Bowie vivió entre 1976 y 1978 en Hauptstraße 155, en Schöneberg, en la zona centro-sur de lo que entonces era Berlín Occidental. Desde 2016, una placa recuerda su paso por el edificio. La dirección pertenece ahora a la geografía de sus fans: se puede buscar, fotografiar, visitar, asediar. Antes cumplía una función más sencilla. Era el sitio al que volvía.

La fama produce esas pequeñas inversiones. Un piso elegido durante una verdadera búsqueda del anonimato termina convertido en un lugar de peregrinación, donde los desconocidos buscan recrear los días del famoso.

Iggy Pop compartió parte de esa vida. También compartieron trabajo: Bowie colaboró en The Idiot y Lust for Life, los dos discos que Iggy publicó en 1977, y lo acompañó como tecladista en una gira.

Conviene detenerse ahí. El hombre cuyo nombre podía encabezar un cartel de cualquier festival se colocaba detrás de otro cantante. Seguía siendo Bowie, por supuesto. Pero durante esas canciones tenía una tarea que no consistía en ocupar el centro: la colaboración con Iggy Pop.

Bowie y la pintura

Roquairol, pintada por Erich Heckel

Bowie también pintaba y visitaba el Museo Brücke, en el distrito de Dahlem, al borde del bosque Grunewald. Había cuadros que mirar, decisiones de otros artistas que estudiar. La curiosidad le daba algo que la consagración suele quitar: asuntos que todavía no dominaba.

La obra central de esta etapa es Roquairol, pintada por Erich Heckel en 1917. El cuadro muestra a un hombre en una postura rígida, con una mirada vacía y las manos tensas. La pose angular del retrato fue calcada por Iggy Pop para la carátula de The Idiot y meses después por el propio Bowie en la sesión fotográfica de “Heroes”.

Ambas imágenes en blanco y negro tomaron prestada la tensión psicológica que Heckel plasmó en la lona. Como explicó el músico británico en 1999, el expresionismo alemán “era una forma de arte que reflejaba la vida no por los eventos, sino por el estado de ánimo”.

Otra pieza de Heckel expuesta en esos pasillos que capturó la atención del dúo fue Männerbildnis de 1919. La figura demacrada y de rasgos afilados dialogaba directamente con la delgadez extrema y el estado mental con el que Bowie aterrizó en Europa.

Además de Heckel, las salas del museo exhibían durante los años setenta galerías repletas de paisajes de colores saturados y violentos trazados por Ernst Ludwig Kirchner, Max Pechstein y Emil Nolde. Destacaban cuadros de Kirchner que mostraban la decadencia urbana y personajes al límite de la neurosis.

Bowie y Hansa

En Hansa, durante las sesiones de “Heroes”, el Muro podía verse desde el estudio. La historia política tenía ahí una presencia material. Bastaba acercarse a una ventana. Bowie trabajaba con Brian Eno y el productor Tony Visconti en una ciudad donde la separación entre dos mundos formaba parte de la vista.

La llamada trilogía berlinesa reúne Low, “Heroes” y Lodger. Los dos primeros aparecieron en 1977. El tercero, en 1979. Solo “Heroes” se grabó íntegramente en Berlín. Low comenzó en Francia y se completó en la ciudad alemana, Lodger se registró en Suiza y Nueva York. La precisión importa porque los nombres, de tanto repetirse, terminan reemplazando los hechos. Aquí, “Berlín” designa una etapa creativa cuya geografía fue bastante más extensa.

Sobre todo en Low y “Heroes”, las canciones conviven con fragmentos y piezas instrumentales. Como cuenta el periodista Paolo Hewitt en el libro Bowie: vida y discografía (Blume), el músico desmanteló la estructura tradicional de la canción de rock. Los sintetizadores abren espacios que una voz podría haber llenado y deja disponibles. Escuchados desde esta historia, esos pasajes permiten pensar en alguien que estaba probando cuánto podía cambiar su trabajo cuando dejaba de exigirle las respuestas habituales.

El filósofo británico Simon Critchley apuntó en su ensayo Bowie (Sexto Piso) que en Low apenas se pronuncian unas 400 palabras en todo el disco, y se radicaliza el uso de recortes de texto, una influencia directa de William Burroughs para componer.

Hewitt dice que Bowie contaba que la canción Heroes nació, en parte, de ver a Visconti y a la cantante Antonia Maass besándose cerca del Muro. Una escena privada, que el británico observó desde la ventana de Hansa, quedó incorporada a una canción que acabarían cantando multitudes.

La escala de esa transformación impresiona: un beso observado desde un estudio, una letra, una grabación, millones de personas que encuentran allí algo propio.

En el camino, la canción adquirió una solemnidad que a veces hace olvidar la fragilidad de su promesa. Lo que ofrece dura un día. Para alguien que intenta cambiar su vida, un día puede ser una medida suficiente.

Medio siglo después de su llegada, sabemos qué discos hizo Bowie y cuánto duró su relación con la ciudad. El recuerdo que comparte Marie devuelve esa historia al presente. En Hansa se organizan eventos de tecnología, pero también se hacen tours por el famoso Studio 2, también conocido como el Meistersaal, un fastuoso salón construido en 1913 para la nobleza y la alta burguesía berlinesa, con paredes cubiertas de gruesos y oscuros paneles de madera de roble.

Berlín: cuando David Bowie quiso perderse Peer Kugler

Hoy el lugar todavía ostenta proporciones gigantescas, acaso como un ballroom sacado de alguna película victoriana, con un enorme Bowie holográfico que cambia de expresión al mirarlo desde la entrada principal, a la que le sigue una pared con imágenes de sus visitantes ilustres.

Volver sobre sus años berlineses también permite mirar las imágenes que Kleist dejó de regalo, y que, según cuenta Marie, añaden otra capa: alguien regresa al pasado del lugar, lo dibuja y devuelve una parte de esa interpretación al espacio que la inspiró. La vida de Bowie sigue encontrando formas de ser contada.

Köthener Straße 38. Antes de convertirse en una parada de peregrinación, fue un estudio de acústica brillante y muy viva, como explican sus custodios. Quizás por ahí convenga cerrar esta historia: por el lugar donde una estrella pudo volver a ser, durante un tiempo, después de mutar en un extraterrestre y un duque, un hijo de vecino.

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