Paula

Hablemos de amor: lo que escondía la foto de mi abuela Mercedes

Una fotografía de sus abuelos llevó a Cristina a reconstruir una historia de amor que apenas conocía y, en el camino, a descubrir una parte de su propia historia.

La foto se encuentra dentro de un marco plástico y transparente. Aparecen un hombre y una mujer sentados uno junto al otro. Él apoya suavemente la cabeza en el hombro de ella. Ambos miran a la cámara, ella sonríe con los labios y con los ojos. Él mira serio, casi sin expresión.

La imagen está desteñida por el sol. El escenario de fondo ya no se logra descifrar y lo único que se conserva más colorido es el pelo negro de la mujer y las vestimentas. Él de chaqueta de terno gris y ella con un chaleco cuello alto burdeo.

El hombre de la foto es mi abuelo, Jaime Tápies. Ella, mi abuela, Mercedes González. Esta es la única foto que existe de ella en la casa de mis padres.

Mi abuela murió en 1983, tres años antes de mi nacimiento. Son pocas las veces que he escuchado a mi padre hablar de su madre, solo sé generalidades como que amaba los gatos, que llegó a Chile escapando de la Guerra Civil española a los 21 años y que compartimos el mismo nombre y signo zodiacal.

Saco la foto del marco para mirarla con más detención y se revelan dos tesoros. La fecha y el lugar donde fue sacada: julio de 1982, Casa del Inca. Y otra foto, del mismo momento sacada probablemente con segundos de diferencia.

Esta foto oculta no esta dañada por el sol, sus colores y detalles son nítidos. El lugar tiene paredes blancas, dos cuadros que aparecen fuera de foco y un par de luces amarillas encendidas que le entregan calidez al lugar.

Jaime no mira a la cámara, y su expresión facial da a entender que está en el medio de una conversación con alguien que tiene al frente. Su cabeza no esta apoyada en Mercedes. Puedo ver su camisa blanca, su corbata bicolor, su pelo gris.

Mercedes, en cambio, mira de reojo a la cámara, como si su atención estuviera en todo: en la conversación, pero también en la captura fotográfica. No sonríe como antes, pero hay una complicidad inmensa en su mirada, un momento íntimo entre ella y quien toma la foto.

Veo su pelo más negro, sus ojeras marcadas y un poco azuladas, un lunar en el inicio de su ceja derecha y los pliegues de piel en su cara y cuello. ¿A quién miras con tanto amor, Mercedes?

Tomo la foto y por primera vez me siento a conversar con mi padre sobre su madre. Me dice que las fotos son del mismo día, que fueron sacadas en living de la casa de sus padres ocho meses antes de que Mercedes muriera de ELA, esclerosis lateral amiotrófica.

Amiotrófica repito en voz alta mientras busco su significado. La palabra proviene del griego, “a” significa sin o carente, “mio” se refiere a los músculos, y “trófica” es alimentación: sin alimentación a los músculos. Las neuronas motoras viajan desde el cerebro a la médula espinal y luego se esparcen a todo el cuerpo. Cuando estas mueren, el cerebro pierde toda capacidad de iniciar y controlar el movimiento de los músculos, dejas de alimentarte, hasta que todo deja de funcionar. El corazón se detiene y dejas de respirar.

En la fecha que fueron tomadas las fotografías Mercedes ya no caminaba y apenas balbuceaba palabras. Le comento que la veo feliz. Mi padre me dice que ella siempre fue así. Se queda en silencio y mira sus manos. Las empuña, las abre: “No la echo de menos, ya pasaron muchos años”, le tiembla la voz, “fue muy importante”.

Me cuenta que era una mujer fuerte, generosa, maniática de la limpieza. No recuerda haberla visto enojada. Conservadora en lo religioso pero revolucionaria en lo social. Nunca usaba pantalones y siempre decía “los trapos sucios se lavan en casa”. Su pasión: los libros y el cigarro.

Fumaba en la cocina, siempre, con una taza de café escuchando música clásica, espirando el humo del cigarro por la boca hacia la nariz, botándolo como una catarata. Le gustaba la poesía, la historia universal, recitar, conversar.

“Una tremenda lectora, con una gran memoria y una hermosa capacidad para contar historias”, recuerda mi padre. Mientras lo escucho en silencio, pienso en cuánto se parecen.

Mi abuela siempre supo que iba a morir. Su amor por la lectura le reveló la fatalidad que contenía su diagnóstico, y en la lucidez de su final pidió tres cosas para su funeral: que nadie se vistiera de negro, que no la enterrarán bajo tierra y que evitarán un llanto escandaloso.

Además, escribió una nota. Un mensaje para mi abuelo que escondió entre sus cosas, uno que él encontró un año después de su muerte: “No quiero que llores cuando me haya ido. Las lágrimas son agua que el sol seca con facilidad y al secarse los ojos viene el olvido, y yo quiero que me recuerdes una eternidad. No quiero que me llores con los ojos. Solo quiero que al pasar por ti los años, recuerdes lo felices que hemos sido a través de alegrías y desengaños, Merce”.

Él grabo su respuesta en la lápida de sus tumbas: “Quien dice que la ausencia causa olvido, no sabe lo que es amar intensamente. Cuando el amor penetra en lo más íntimo hiere en alma eternamente, Jaime”.

Miro las fotos otra vez, intentando completar las imágenes con los retazos de su historia. Busco alguna señal que me hable de su existencia, de su enfermedad, de la madre de mi padre, de mi padre, de mí, pero es su mirada cómplice y amorosa la que me atrapa.

“¿A quién mira Mercedes?“, me vuelvo a preguntar. ”A mí“, responde mi padre mirando sus manos. “Yo saqué estas fotos”.

Este texto nace de una investigación personal, una búsqueda, un intento de arqueología familiar. Recopilé recuerdos ajenos y terminé descubriendo un tesoro, una certeza que le da sentido a mi existencia: El amor es como la gravedad, afecta y atraviesa absolutamente todo lo que existe. Nos sostiene, nos habita y permanece más allá de la muerte.

Más sobre:AmorHablemos de amorhistoria de amorabuelosELAfamiliaabuelaabuelomemoria familiarfotografías familiaresesclerosis lateral amiotrófica

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE