Familias distintas, un mismo gesto: acoger
En Chile más de 700 niños menores de 4 años siguen en residencias. Sin embargo, otra opción es posible: las familias de acogida. Y las historias de quienes han abierto sus casas, muestran que no hay excusas cuando se trata de cuidar y entregar amor.
Cecilia Martines dice que todo le hizo sentido cuando el niño de tres años, recién llegado desde una residencia a su casa, lo primero que quiso fue un baño. “Lo llené de juguetes, fue un momento de acogida terapéutica”. Como un momento de amor, dice esta mujer ya mayor, con tres hijas adultas y solo una que aun vive en su casa. Tenerlo ha sido como volver a criar. Además cuida a su madre, de más de 90 años. Pero nada de esto ha sido un impedimento para acoger, es más, entre las tres han armado esta suerte de matriarcado de acogida.
Distinta, pero con la misma convicción, es la historia de Marco y su hermana María José. Él recuerda el día en que fue a un hogar conocer al que hoy considera su hijo: “Lo vi tan chiquitito, indefenso, que me los quería traer a todos”, dice. A los dos meses, ya lo recibían juntos en la casa que habían decidido compartir para convertirse en familia de acogida.
Otra configuración aparece en San Miguel, donde Susan Cáceres y Juan Macaya. Después de más de dos décadas siendo tres junto a su hijo José Manuel, se transformaron en la familia de acogida de una guagua de pocos meses. “Llegó en brazos de las trabajadoras sociales, tan chiquitita y flaquita que lloré al verla”, recuerda Juan. Para José Manuel, de 22 años, fue la posibilidad inesperada de convertirse en hermano mayor: “No es de mi sangre, pero es mi hermana. Eso me llena el corazón”, dice.
Las historias de estas tres familias dan cuenta de que no existe un único modelo para acoger: lo esencial es abrir la puerta, y también el corazón. Según el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, una familia de acogida es simplemente aquella que ofrece un hogar temporal y seguro mientras un Tribunal define la situación del niño o niña. Los requisitos no son muchos, “lo importante es tener compromiso y motivación para cambiar la vida de un lactante, niño, niña o adolescente, y tener la capacidad de brindar cariño y contención”.
Lógicamente se debe pasar por un proceso de postulación, evaluación y capacitación. Los participantes reciben asesoría y acompañamiento de un equipo de profesionales especializados. Pero, según las cifras oficiales, todavía falta: Actualmente hay 10.259 niños, niñas y adolescentes en familias de acogida. La mayoría están en familias extensas (que comparten algún vínculo familiar) y cerca del 10% está en familias de acogida externas, es decir, que no tienen ningún vínculo.
Las Familias de Acogida (externas y extensas), albergan al 65% de los niños y niñas separados de su familia de origen, “una transformación significativa en comparación con el escenario del año 2007, donde la mayor parte de los niños, niñas y adolescentes estaban en residencias y solo el 8% en familias de acogida”, dicen desde el Servicio.
Igualmente la situación es crítica. A la fecha, mas de 700 niños y niñas de menos de 4 años están en residencias. Niños que podrían tener otra vida, como el niño de tres años que vive con Cecilia. “El tiempo que esté conmigo dejará huella, sea un año, seis meses o tres”, dice ella.
Y es que está comprobado que las niños y niñas que tiene la oportunidad de crecer en un entorno familiar, afectivo y personalizado, tendrán un mejor desarrollo emocional y cognitivo. Por eso Marco hace un llamado: “Hoy lo que necesitamos son más familias de acogida, que la gente se atreva. Que no tengan miedo, porque es una labor preciosa, que además te hace mejor persona”, dice. Y que no se hace solo: “Siempre hay acompañamiento. Puedes llamar a cualquier hora y te contestan. A veces uno piensa: ‘No puedo más, esto me supera’, y ahí están ellas (las profesionales del Servicio) diciéndote qué hacer. Siempre hay alguien que te respalda”.
“Yo creo que amar es estar dispuesto a entregar, aunque después tengas que dejar ir. Mucha gente se excusa en eso: ‘no podría entregarlo’. Pero en realidad el punto es distinto: hay que amarlo el tiempo que sea necesario, cuidarlo, y después confiar en que lo que sembraste va con él”, complementa Susan.
Y Juan concluye: “Ojalá más familias se atrevan. Ser familia de acogida es abrir el corazón y el hogar a un niño que lo necesita. No se trata de esperar nada a cambio, sino de entregar amor desinteresado. Y a cambio recibes algo inmenso: la satisfacción de haber cambiado la vida de alguien”.
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