Hablemos de amor: amar lejos de casa
Nunca fue muy de pololeos. Prefería estudiar, viajar y conocer el mundo. Pero Cupido hizo lo suyo y, mientras estudiaba lejos de Chile, conoció al hombre con quien terminaría construyendo una familia
Nunca fui de esas mujeres que tenían un pololo eterno. Nunca celebré aniversarios de cinco años ni llené cajas con cartas de amor. Mientras muchas de mis amigas vivían largas relaciones, yo apenas acumulaba un par de intentos.
Mi primer pololo llegó en cuarto medio y duró, literalmente, un mes. En la universidad tuve otro, quizás duramos cinco meses. Después, nada. Simplemente nunca fui polola.
La verdad es que mi gran amor, antes de conocer a José, mi marido, era estudiar y viajar. Me fascinaba aprender, descubrir otros lugares, conocer otras culturas. Viajé por Chile, también recorrí otros países y un día me fui a estudiar a España. Más tarde llegué a Estados Unidos para continuar mi formación.
Nunca más regresé a Chile. Muchos creen que fue porque seguí estudiando, la realidad fue muy distinta: me enamoré.
José y yo comenzamos siendo compañeros de clases en la universidad y poco a poco nos hicimos amigos. Compartimos conversaciones, tareas, sueños y una manera muy parecida de mirar la vida. Sin darme cuenta, la amistad se transformó en amor. Nunca tuve que preguntarme si él era el hombre correcto, nunca hice listas de pros y contras, nunca sentí miedo de dar el siguiente paso. Con él, todo era sencillo, todo fluía. En menos de un año nos casamos, nos convertimos en padres y mi vida cambió para siempre.
A los treinta años estaba casada, con un bebé de apenas tres meses, viviendo en una casa en Estados Unidos, tenía un hogar. De un momento a otro dejé de ser la estudiante internacional que había llegado con una maleta llena de planes para convertirme en esposa, madre e inmigrante.
Todo aquello que hasta entonces definía mi identidad pareció detenerse. Mi vida en Chile, mi trabajo, mis estudios, la posibilidad de volver. Todo quedó suspendido mientras aprendía a cuidar a un recién nacido en un país que todavía estaba aprendiendo a conocer.
Nunca imaginé que me casaría tan pronto, mucho menos que sería madre. No estaba en mis planes, pero era (y aún lo soy) muy feliz. Con el tiempo comprendí que Dios escribe historias muy distintas a las que uno diseña.
Nuestra relación tampoco parecía cumplir con las expectativas de los demás. Él mexicano y yo chilena. Muchos pensaban que las diferencias culturales, el poco tiempo juntos o simplemente las estadísticas jugarían en nuestra contra. Once años después seguimos aquí, contra todo pronóstico. No tenemos el matrimonio perfecto, pero tenemos dos hijos y continuamos construyendo un hogar en Memphis, Tennessee.
Un hogar donde se mezclan palabras chilenas y mexicanas; donde el español convive con el inglés; donde celebramos tradiciones de distintos países y donde cada día aprendemos que criar hijos bilingües y biculturales en un país mayoritariamente monolingüe es un regalo, pero también un desafío.
Porque el formar una familia lejos del país de origen también tiene una cara silenciosa: la de extrañar, la de criar lejos de la familia, la de perder cumpleaños, funerales, abrazos y reuniones familiares, la de no tener una red de apoyo, la de aprender que ser inmigrante significa vivir con el corazón dividido entre dos países.
Durante años intenté entender ese duelo que pocos nombran: el duelo migratorio. Extrañar sin dejar de agradecer, amar dos lugares al mismo tiempo, y sentirse en casa y extranjera, simultáneamente. Y fue justamente ahí donde apareció la escritura, mi proceso de sanación. No fue fácil, pero lo estoy logrando. Descubrí que poner en palabras aquello que vivíamos como familia también podía acompañar a otros.
Comencé a escribir sobre migración, identidad, pertenencia y maternidad. Muy pronto publicaré mi primera novela sobre la experiencia migratoria en Estados Unidos y estoy trabajando en un nuevo libro dedicado a la maternidad inmigrante. Jamás imaginé que mi historia de amor, mi maternidad en otro país y mi duelo migratorio terminarían convirtiéndome en escritora.
Porque, al final, escribir nunca nació solo de mi pasión por la literatura. Nació del amor, del amor por José, del amor por nuestros hijos, y del amor por esta familia multicultural que hemos construido lejos de casa. Nació del deseo de sanar para seguir construyendo un hogar.
Nunca fui la mujer que coleccionó largos pololeos. La vida me tenía preparada otra historia. Una historia que comenzó en un salón de clases, y que cruzó fronteras. Y una historia que, sin saberlo, me convertiría no solo en esposa, madre e inmigrante, sino también en escritora.
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