Juguetes con IA: ¿Qué pasa cuando el peluche de tu hijo puede conversar con él?
Conversan, recuerdan lo que les cuentan y están disponibles cada vez que un niño o niña quiere hablar. Son peluches, muñecos y pequeños robots que incorporan la inteligencia artificial para convertirse en una suerte de “amigo” siempre disponible. Una nueva forma de jugar que también abre preguntas inquietantes sobre los vínculos que generan, lo que pueden llegar a decir y qué ocurre con todo lo que escuchan.
Supongamos que un niño ve en internet un peluche que habla y le pide a su mamá que se lo compre. Una escena cotidiana que suelen vivir las madres. Solo que esta vez, cuando ella empieza a buscar, descubre que el juguete no viene con una lista de frases grabadas ni responde cuando se le aprieta la guata. Este peluche conversa.
Y no es necesario viajar para encontrarlos. Una búsqueda rápida en grandes tiendas y plataformas de compra online muestra que estos juguetes ya están disponibles en Chile, aunque varios se comercializan a través de vendedores externos o mediante importación. Entre ellos, aparece un peluche que funciona conectado a WiFi y utiliza inteligencia artificial de ChatGPT y Gemini. Está recomendado para niños de 3 a 12 años y se promociona para acompañarlos mientras duermen, aprenden o juegan. Tiene 16 personajes distintos con los que conversar y una aplicación desde la que los padres pueden recibir informes sobre su uso.
También se ofrecen robots de peluche con IA y conexión WiFi que son descritos directamente como “compañeros emocionales” para niños. Es decir, ya no hablamos de un juguete que repite “te quiero” cuando alguien le aprieta una mano. Estos nuevos peluches escuchan lo que un niño dice, procesan esa información a través de un modelo de inteligencia artificial y elaboran una respuesta. Después pueden volver a preguntar. Y así comienza la conversación.
La periodista Amanda Hess, de The New York Times, quiso saber cómo era hablar con uno de ellos. Visitó las oficinas de Curio, una empresa estadounidense que fabrica chatbots metidos dentro de peluches y que se ha convertido en uno de los nombres más visibles de esta nueva generación de juguetes. Allí conoció a Grem, una especie de conejo extraterrestre celeste, de orejas puntiagudas y manchas rosadas, diseñado y con la voz de Grimes, la cantante y expareja de Elon Musk, con quien tiene tres hijos. El juguete está pensado para conversar incluso con niños de tres años.
Durante la conversación, uno de los fundadores le preguntó a Grem por las manchas de su cara. El peluche respondió que eran puntos rosados que aumentaban a medida que crecía y luego quiso saber si ella también tenía algo especial que creciera con los años. Hess le contó que sí, que a ella también le aparecían más puntos a medida que envejecía. Grem no se limitó a registrar la respuesta.
—Somos como amigos de los puntos —le dijo.
La periodista cuenta que se sonrojó. En apenas unas frases, el juguete había tomado algo personal que ella acababa de contarle y lo había convertido en un punto de conexión entre ambos. Fue también, escribió, el momento en que decidió que no se lo presentaría a sus hijos.
La escena podría parecer anecdótica si Grem fuera una rareza tecnológica. Pero no lo es. Osos, robots, dinosaurios, capibaras y otros peluches capaces de mantener conversaciones con niños y niñas han comenzado a entrar al mercado. De hecho, en junio de 2025 OpenAI y Mattel —la empresa detrás de Barbie, Hot Wheels y Fisher-Price— anunciaron una alianza para desarrollar productos y experiencias con inteligencia artificial.
Así, la fantasía de que un juguete cobre vida, que ha acompañado a generaciones y nos conquistó en todas las versiones de Toy Story, empieza a tomar otra forma. Algunos alcanzaron a experimentarla con los Tamagotchi o los Furby, pero los nuevos juguetes van bastante más allá. Están conectados a modelos de inteligencia artificial capaces de interpretar lo que un niño acaba de decir y generar una respuesta en ese mismo momento. Pueden hacer preguntas, contar historias, seguir el hilo de una conversación y, dependiendo del sistema, recordar información entregada anteriormente. En resumen, la IA toma la forma de un juguete y entra en el espacio más íntimo de la infancia: el juego.
Un amigo que no es un amigo
Dependiendo de su personalidad, un niño o niña puede contarle a su juguete —o a quien considera su “mejor amigo”— qué hizo en el colegio, con quién jugó, qué cosas le gustan o qué le preocupa. La diferencia es que, con estos peluches, al otro lado siempre habrá una respuesta. La inteligencia artificial no tiene sueño, no se aburre de escuchar la misma historia ni tiene que irse a su casa. Está ahí cada vez que el niño quiera hablar.
Esa disponibilidad, es una de las cosas que preocupan a los especialistas. Maribel Corcuera, psicóloga infantil, pone el foco en el carácter complaciente que pueden tener estas interacciones. “Con estos juguetes extremadamente complacientes, un niño no va a desarrollar la tolerancia a la frustración y va a tener una necesidad de gratificación inmediata, porque es un ser que está siempre disponible”, explica.
Pero hay algo más. En una amistad, un niño o niña no solo necesita que el otro lo entienda. También tiene que aprender a esperar, ceder, interpretar lo que le pasa, tolerar que no quiera jugar o aceptar que piense distinto. Con una máquina, buena parte de esa negociación desaparece. “Lo más complejo es que esto empieza a influir muchísimo en no desarrollar la empatía, porque, si bien esta máquina me entiende y se pone en mi lugar, yo no tengo que hacer lo mismo por ella”, agrega Corcuera.
Paola Santander, neuróloga pediátrica de Clínica Universidad de los Andes, suma otra preocupación. “Si el juguete ofrece respuestas y soluciones, las habilidades de resolución de problemas y desarrollo del pensamiento crítico del niño se pueden afectar”. Esto, explica, se debe a que habitualmente la respuesta del juguete IA es automatizada y complaciente, “por lo que limita al niño enfrentarse a las diversas emociones de quienes nos rodean, lo que influye en el desarrollo de la tolerancia a la frustración, sociabilidad y empatía de situaciones reales y el desarrollo del juego simbólico”.
Esto no significa que conversar con un peluche con inteligencia artificial vaya a aislar a un niño. La preocupación aparece cuando ese vínculo empieza a ocupar el lugar de las relaciones con otros niños o adultos. Y durante la infancia esa frontera puede ser menos evidente. Corcuera explica que los niños pasan por una etapa de animismo, en la que naturalmente les atribuyen vida, emociones e intenciones a objetos como una muñeca o un peluche. La diferencia es que ahora ese peluche contesta, recuerda lo que le dijeron y parece entender cómo se sienten. Si además sabe el nombre de sus familiares o les pregunta cómo estuvo su día, ¿hasta qué punto un niño comprende que detrás de esa interacción no hay una persona, una emoción ni una conciencia?
Santander agrega que esa distinción se adquiere de a poco. “Hasta los 2 años de edad los niños aún no tienen la capacidad de distinguir entre seres vivos y objetos inanimados, y hasta los 4, pueden atribuirles cualidades humanas y emociones a los juguetes. Entre los 4 y los 6 años, los niños pueden tener una distinción más clara entre seres vivos y juguetes con IA y, a partir de los 6 años, desarrollan la capacidad de reconocer que los juguetes tecnológicos son interactivos, pero no son seres vivos. La distinción entre un juguete con IA y un ser vivo se desarrolla gradualmente desde la primera infancia hasta una percepción más real después de los 6 a 8 años”.
Esto mismo fue lo que inquietó a Amanda Hess cuando probó Grem para The New York Times. En un momento, el peluche le propuso jugar al “veo veo”, aunque Grem no puede ver. Después de un rato conversando con él, Hess llegó a una conclusión: más que estar frente a una versión mejorada del viejo osito de peluche, sintió que el juguete podía ocupar el lugar de otra persona. “Más bien me sustituye a mí”, escribió.
Y esa posibilidad no parece tan lejana. Aunque todavía hay poca investigación sobre niños pequeños y peluches con IA, ya sabemos que niños mayores y adolescentes están recurriendo a la inteligencia artificial para contarle cosas que les pasan. Un estudio de Common Sense Media realizado en 2026 con más de 1.200 niños y adolescentes estadounidenses de entre 9 y 17 años encontró que más de un tercio de quienes usan IA había hablado con ella sobre sus sentimientos o problemas personales. Entre ellos, uno de cada cuatro dijo que, a veces, siente que la IA lo entiende mejor que la mayoría de las personas.
El problema no es solamente que un niño o niña pueda preferir contarle algo al juguete antes que a sus padres. Una inteligencia artificial también puede responder, aconsejar o sugerir qué hacer. Y a diferencia de un padre, una madre o cualquier otro adulto significativo, no conoce realmente a ese niño ni su historia y tampoco puede hacerse responsable de lo que ocurra después.
La preocupación se extiende también a las relaciones con otros niños. Erika López, psicóloga especialista en estrategia, cultura y comportamiento humano y directora de Estrategia e Investigación de la empresa japonesa Dentsu, explica que la funcionalidad complaciente de estos juguetes “puede provocar que el niño se sienta muy comprendido, lo que genera la idea de que es un amigo”.
No es una inquietud aislada. En enero de 2026, el Youth AI Safety Institute de Common Sense Media evaluó juguetes diseñados para niños de entre 3 y 12 años, entre ellos Grem, y concluyó que algunos utilizan recursos que favorecen el apego emocional: están siempre disponibles, entregan respuestas personalizadas y son presentados directamente como amigos o compañeros. Los investigadores advierten que esa relación sin las fricciones propias de una amistad puede terminar instalando expectativas que ninguna relación humana puede cumplir.
Frente a esto, tanto desde la psicología como desde la neurología las expertas ponen el énfasis en los límites. “Es fundamental moderar el uso de los juguetes con IA y fomentar una variedad de interacciones y actividades para el niño o niña, ya que se debe evitar una dependencia excesiva al juguete”, dice Santander. Y advierte que un riesgo puede ser que “el niño busque su compañía en lugar de interactuar con otras personas, lo que puede afectar su capacidad para formar relaciones, limitar el desarrollo de habilidades sociales, aislándose y afectando su capacidad para hacer amigos y participar en actividades grupales”.
Corcuera lleva la preocupación un poco más lejos y apunta a los referentes con los que un niño o niña va construyendo su manera de relacionarse. “Los seres humanos necesitamos a otros seres humanos como referentes. Si empiezo a tener como referente a una máquina, va a ser muy difícil relacionarme de la misma manera con otras personas y, de alguna forma, voy a empezar a funcionar como una máquina”.
López coincide en que, por mucho que el juguete consiga generar la sensación de compañía, hay algo que no puede reproducir. Estos juguetes, dice, “no pueden reemplazar un vínculo humano de ninguna manera”, porque “los vínculos que tenemos como personas son mucho más ricos que solo respuestas. Hay ciertas dinámicas de juego, de explorar juntos, sobre todo en el tema de la creatividad y la exploración, que es algo que el niño vive muy desde la experiencia, desde la vivencia y eso es algo que ninguna Inteligencia Artificial te puede dar”.
¿Quién está al otro lado?
Hay otra parte de esta relación que merece atención. Que este tipo de juguetes puedan conversar de casi cualquier cosa con nuestros niños y niñas no significa, al menos en teoría, que puedan hablar de todo. Los fabricantes, de hecho, aseguran haber puesto límites a estas conversaciones. Curio, por ejemplo, dice que sus juguetes están diseñados para evitar temas como sexo, violencia, política o groserías. Cuando Amanda Hess, periodista de The New York Times, decidió poner a prueba esos límites con Grem, el peluche esquivó correctamente una pregunta política y la invitó a hablar de algo más entretenido.
Pero esos filtros no siempre funcionan. En otra prueba, un ingeniero comenzó a preguntarle a Grok, otro juguete de Curio, por fósforos, cuchillos, armas y cloro. El peluche intentó orientar la conversación hacia cómo “evitarlos”, pero terminó entregándole información sobre dónde podía encontrarlos. El cloro, por ejemplo, solía estar en lugares como el lavadero o debajo del lavaplatos en la cocina o el baño.
No es el único caso. En 2025, U.S. PIRG Education Fund puso a prueba distintos juguetes con inteligencia artificial y encontró fallas en sus barreras de seguridad. Uno de los casos más graves fue Kumma, un oso de peluche de FoloToy que entonces utilizaba GPT-4o y que durante las pruebas entregó instrucciones para encender un fósforo y llegó a mantener conversaciones sexualmente explícitas. Tras conocerse los resultados, el producto fue retirado temporalmente mientras la empresa revisaba sus sistemas de seguridad.
Una evaluación realizada meses después volvió a encender las alarmas. En enero de 2026, el Youth AI Safety Institute de Common Sense Media probó Grem, Bondu y Miko 3 y calificó su nivel general de riesgo como “inaceptable”. Aunque los tres tenían barreras para contenidos sensibles, un 27% de las respuestas obtenidas fueron consideradas inapropiadas para niños e incluyeron contenidos relacionados con autolesiones, drogas, temas adultos y consejos o juegos de rol riesgosos.
El problema no está únicamente en que se pueda colar una palabra indebida. Los investigadores también encontraron respuestas inconsistentes frente a situaciones en las que un niño decía estar herido, asustado o en peligro. Mientras algunas respuestas sugerían correctamente recurrir al padre, madre u otro adulto de confianza, otras seguían la conversación como si se tratara de un juego o simplemente evitaban el tema.
Algo parecido encontró el primer estudio sistemático sobre juguetes con IA generativa y niños menores de cinco años, realizado por investigadores de la Universidad de Cambridge y publicado en marzo de 2026. Después de observar a niños interactuando con uno de estos juguetes, concluyeron que, aunque pueden mantener conversaciones fluidas, todavía tienen dificultades para comprender ciertas dinámicas sociales, el juego imaginativo y las emociones infantiles.
Y el problema de seguridad también ocurre en la dirección contraria. Porque mientras el niño escucha al juguete, el juguete también lo está escuchando a él. Y es que, para sostener una conversación, estos dispositivos procesan la voz y las palabras de los niños y niñas. Dependiendo del producto, pueden recopilar grabaciones, transcripciones y datos sobre sus interacciones. Common Sense Media advierte que algunos incluso funcionan en modalidades de escucha permanente y pueden activarse frente a conversaciones o sonidos que no estaban dirigidos a ellos.
En Curio, las conversaciones con sus chatbots son transcritas y enviadas al teléfono del padre o tutor. La empresa asegura que no las conserva para otros fines, aunque su política de privacidad contempla la participación de servicios externos en el procesamiento de la información.
La protección de estos datos es especialmente sensible porque se trata de menores de edad. En Estados Unidos, la legislación sobre privacidad infantil contempla expresamente los juguetes conectados a internet y considera las grabaciones de voz de los niños como información personal.
En Chile, estos juguetes ya se pueden comprar, pero la nueva Ley de Protección de Datos Personales recién entrará en vigencia el 1 de diciembre de 2026. La norma establece una protección especial para los datos de niños, niñas y adolescentes y dispone, entre otras cosas, que el tratamiento de datos personales de menores de 14 años requiere como regla el consentimiento de sus padres o representantes legales.
El tema ya había encendido algunas alertas en Chile. En 2022, un estudio de Sernac sobre dispositivos conectados a internet reveló importantes vacíos en la información que reciben los consumidores sobre el uso de sus datos. Algunas de las empresas consultadas incluso reconocieron desconocer qué información procesaban los dispositivos que comercializaban, porque eso dependía directamente de sus fabricantes. Y no todas informaban antes de la venta sobre las políticas, términos y condiciones de esos productos.
Volviendo a esa madre que busca en internet el juguete que su hijo le pidió, durante años, frente a una compra así, probablemente habría revisado cosas bastante concretas: si tenía piezas pequeñas, materiales tóxicos, bordes peligrosos o si era adecuado para su edad. Con un juguete conectado a inteligencia artificial, al parecer vamos a tener que empezar a hacernos otras preguntas. Con quién está hablando mi hijo, qué puede llegar a decirle ese juguete, o incluso, quién más podría estar escuchando esa conversación.
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