Protestas en Estados Unidos: “Acá según tu raza tienes un escalafón”

Bernardita García (32) es periodista y desde que vive en Estados Unidos se ha dedicado a escribir crónicas enfocadas en la observación social de su cultura. Desde su mirada como inmigrante latinoamericana, cuenta cómo la raza es una marca social que determina tu lugar social y de qué formas se vive el racismo incluso en los estados más progresistas.




“Llegué en septiembre de 2016 a vivir a Riverside, en California, para hacer un Magíster en Escritura Creativa gracias a una beca y mi primer acercamiento al racismo ocurrió apenas pisé Estados Unidos, en una escala en el aeropuerto de Houston. Un par de policías, sin motivo alguno, detuvieron a mi ex pareja –basándose en su acento latino y su tez morena– y lo acosaron durante varias horas en una sala, interrogándolo, insultándolo y revisándolo de forma invasiva. A mí nunca me dejaron entrar. Ahí comencé a formarme una imagen de lo que me tocaría ver y vivir como inmigrante. Fue tan traumático que hasta el día de hoy me da pánico la policía. Ni siquiera me acerco a preguntarles una dirección.

Acá importa mucho de qué raza eres y es determinante tu color. A nadie le importa qué apellido llevas, pero sí de dónde provienes. Todos saben quiénes eran sus abuelos y cómo llegaron a Estados Unidos. Y según tu raza tienes un escalafón. A mí personalmente me costó mucho entender esta concepción, así como a mis amigos de acá les cuenta entender cuando les cuento que en Chile los privilegios se miden según la clase. Aunque soy sudamericana mi apariencia es de blanca para algunos y brown para otros, dependiendo de la persona y el lugar. Una escena que retrata muy bien esta marca ocurrió cuando un cartero –a pocos días de instalarme en Riverside– tocó mi puerta para hacerme una encuesta y cuando le dije que era de Chile, me miró impactado. “No sabía que allá existía gente caucásica. La felicito, se ve muy bien”, me dijo.

Las comunidades son muy grandes y están muy segmentadas y aisladas entre sí según raza. Aunque una pueda hacer algunas analogías con Chile, no sabemos lo que es haber nacido en un país construido en base a las migraciones y las respectivas desigualdades que sufren. Las comunidades afroamericanas son víctimas del mapeo que se hizo en este país según tipo de poblaciones. Los barrios negros quedaron limitados en acceso, fuera del alcance de los inversionistas, con escuelas más pobres, menos acceso a comprar casas o a obtener un crédito. Los asiáticos también han sido mal vistos por décadas, y tras las guerras en los cincuenta y los sesenta los llamaban amarillos. Pero como son buenos para los negocios, hicieron un “bien a la economía” y las siguientes generaciones se ganaron su lugar. Entonces el enemigo se trasladó a otros grupos, como al mundo árabe y musulmán.

Mis amigos siempre han sido de diferentes partes del mundo y me he dado cuenta de que a pesar de que en Chile siempre hemos consumido los productos gringos y tenemos muy arraigada la cultura, ese vínculo es una ilusión porque establecer relaciones con personas blancas norteamericanas no es fácil. Con mujeres de Irán, país del que no sabemos nada y que culturalmente es mucho más lejano, he logrado conexiones mucho más afectuosas y profundas.

Santa Cruz, donde vivo ahora, es una ciudad que se hace ver como progresista. Fue fundada por todos los hippies que llegaron desde San Francisco, tenemos un alcalde negro y siempre se ha mostrado abierta a la migración, por eso se auto proclama ciudad santuario para los inmigrantes. Y por eso, por ejemplo, acá la policía estatal no hace redadas, que son visitas inesperadas a lugares de trabajo clandestino de inmigrantes. Pero lo curioso es que a pesar de tener una gran población latina, en la ciudad casi ni se ven y es porque están segregados en un lugar llamado Watsonville, a 20 minutos de Santa Cruz. Ahí viven todos los latinos que trabajan como nanas, jardineros, profesores de colegios, campesinos y obreros de la construcción para la gente de Santa Cruz, cuyas calles están empapeladas de afiches con Black Lives Matter, de publicidad de Berni Sanders –ícono de la izquierda– y de consignas progresistas. Los blancos no se mezclan con la gente de color ni se hacen cargo de la segregación que existe. Es un racismo progre, como digo yo.

El fin de semana, a raíz de las protestas, el alcalde de nuestra ciudad y el jefe de policía se arrodillaron en un acto de paz y solidaridad para la foto, pero a los pocos minutos comenzaron a circular las imágenes de las protestas de Oakland con policías de Santa Cruz reprimiendo a los manifestantes bajo órdenes de su jefe. Por eso con todo lo que está sucediendo los activistas negros exigen a quienes se definen como aliados al movimiento –en general gente blanca– que radicalicen su postura: no basta con twittear, hay que estar en la calle y denunciar los actos de racismo. Es muy interesante lo que está pasando, porque por primera vez la gente se está comenzando a cuestionar, a raíz de las quemas y saqueos, si la vida es más relevante que la propiedad privada.

Me da pena e incertidumbre porque sé que morirán personas. Pero me parece que lo que estamos viviendo es positivo. Es real, es sanador. Y es un buen momento para dejar la hipocresía –por lo menos en California– y hacerse cargo del racismo que impera".

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