Las duras lecciones de Kast en sus seis primeros meses
Los 184 días que el mandatario cumplió en el cargo instalan la megarreforma como uno de sus principales logros. Pero también dejan una estela de fricciones, heridos y críticas al modelo de gobernanza.
En sus seis meses de mandato, el estilo de liderazgo del Presidente José Antonio Kast divide opiniones. Para algunos sigue moviéndose como candidato -muy en la lógica del Plan Carcerbero, con una agenda voluminosa-, mientras que para otros ha reeditado el rol de estadista y ha marcado diferencias con las drásticas posiciones que levantó en sus tres incursiones a La Moneda.
Su estrategia ha sido dar mucha amplitud de movimiento a sus ministros y también a sus partidos base, interviniendo poco -al menos públicamente- en los conflictos.
Un esquema que ha tenido costos.
“En el diseño ha ejercido un liderazgo que empodera a los ministros y que busca instalarse como una figura más transversal. Pero en los hechos, ese diseño ha terminado mostrando una imagen de desorden y tensión, con ministros que aparentemente hacen lo que quieren, que se mandan recados por la prensa, que se pelean entre ellos. Y eso finalmente repercute en el liderazgo del presidente”, advierte Cristián Valdivieso, director de Criteria.
Consciente del ruido que este tema ha generado en la opinión pública, el propio mandatario ha salido a fijar su doctrina y a descartar un desorden interno. “Diferencias de opinión puede haber siempre; no le tengo miedo al debate ni a las diferencias de opinión”, dijo en T13 en agosto. Pero a renglón seguido precisó que “la mejor señal de orden es el resultado legislativo”.
Desde Panel Ciudadano-UDD, su fundador, Juan Pablo Lavín, evalúa el liderazgo de Kast como funcional y pragmático. “Sacó una megarreforma en tiempo récord. Ese solo hecho requiere conducción y liderazgo”, dice, sin dejar de lado los problemas que ha enfrentado en esta área.
La creencia en el oficialismo es que las dificultades no han estado en la falta de iniciativa, sino que en descoordinaciones, errores comunicacionales, falta de experiencia y debilidad en el procesamiento político de las decisiones, lo que ha impactado negativamente el capital político del jefe del Estado.
El déficit, para el analista y decano de la Universidad Central, Marco Moreno, está en la arquitectura de gobierno, que observa estructurada en silos. “La Moneda -dice- ha mostrado alta capacidad para producir iniciativas, pero dificultades para procesarlas, coordinarlas y anticipar sus efectos políticos. Los episodios de descoordinación entre ministerios son síntomas de un problema mayor: existen varios centros de decisión, pero un mecanismo insuficiente de integración. El desafío del presidente no es solo ordenar las vocerías, sino que ordenar cómo su gobierno decide”.
Kast ha pedido a algunos ministros en particular no ingresar a conflictos públicos, pero las descoordinaciones entre ellos -en las últimas semanas, protagonizadas por el ministro de Defensa, Fernando Barros, y el canciller, Francisco Pérez Mackenna; el titular del Trabajo, Tomás Rau, y su par de Hacienda, Jorge Quiroz, y el ministro de Vivienda, Iván Poduje, y Quiroz- inquietan en el oficialismo, desde donde han llamado a ordenar las vocerías y enfocarse en obtener resultados visibles.
Decisiones difíciles, pero rápidas
Solo habían transcurrido 69 días de mandato cuando Kast realizó su primer cambio ministerial. La noche del 19 de mayo, en el Salón Montt Varas, apartó de su equipo a Trinidad Steinert de Seguridad Pública y a Mara Sedini de la Secretaría General de Gobierno (Segegob), admitiendo que no fue una decisión fácil y que “no era lo que yo esperaba”.
Pero no le importó asumir los costos de convertirse en el presidente con el cambio de gabinete más temprano desde el retorno a la democracia. Pues su postura, tal como lo afirmó a La Tercera el 22 de marzo, es que en su administración iba a tomar “decisiones difíciles... y no vamos a retroceder”.
El ajuste fue -para muchos- la demostración del pragmatismo de Kast, quien ha seguido aplicando el mismo criterio en distintos temas y con otras autoridades. El 2 de junio apartó de la cartera de Seguridad a los subsecretarios Andrés Jouannet y Ana Victoria Quintana; el 23 de julio aceptó la renuncia del subsecretario de Hacienda, Juan Pablo Rodríguez, tras salir positivo en un test de drogas, y el 14 de agosto alejó a Natalia Duco del Ministerio del Deporte, y también al exsubsecretario de esa cartera Andrés Otero, por una controversia por el uso irregular de un vehículo fiscal. En total, más de 40 autoridades han dejado sus cargos, entre ellos tres ministros, seis subsecretarios (a los nombrados se suman Daniela Castro, Mujer y Equidad de Género, y Rafael Araos, en Ciencia) y más de 30 seremis.
Esto, a pesar de que no ha dudado en echar marcha atrás y reincorporar a Jouannet y a Duco como asesores del Segundo Piso, a pesar de las críticas especialmente de la izquierda, PDG y libertarios.
Quiroz, con pocos contrapesos
Desde el 10 de julio del año pasado, cuando Jorge Quiroz aterrizó en el comando de José Antonio Kast, este tomó el control del área económica sin contrapesos.
El ascenso fue rápido. Kast le entregó carta blanca para armar el programa económico y lo integró a la toma de decisiones de su círculo más cercano. Y así se ha mantenido hasta hoy.
Su llegada a Teatinos 120 -sin embargo- no ha estado exenta de críticas. En el mundo político incomoda su trato áspero -marcado por una frase que nadie olvida, en orden a que “no es el rol del ministro de Hacienda ser simpático”-. Tampoco comparten su intransigencia, llevando adelante medidas impopulares, entre ellas, el recorte presupuestario del 3% para todos los ministerios, anunciado el 15 de marzo -que generó molestia hasta en el gabinete y que tuvo que matizar-, y el alza histórica de los combustibles por la guerra en Irán, el 23 de marzo, que desplomó la aprobación presidencial hasta en 15 puntos y que sigue impactando el presupuesto de las familias y la inflación.
“Estas medidas, junto a la filtración de disposiciones que apuntaban a terminar con algunas ayudas sociales, nos ha obligado a levantar la voz”, admite un parlamentario UDI.
A lo anterior suman los traspiés vividos durante la tramitación de la Ley de Reconstrucción, la que -si bien fue exitosa en términos de aprobación-, dejó varios heridos.
“Obtuvo una innegable victoria legislativa, pero no política”, dice Marco Moreno, para quien uno de los problemas está en que “Quiroz no tiene contrapesos en el área económica”.
El único que se ha enfrentado al titular de Hacienda a nivel público ha sido el ministro de Vivienda, Iván Poduje, quien no solo se rebeló por el recorte presupuestario, sino que también lo ha catalogado como “devoto de la virgen del puño” y le ha exigido -a través de los medios- un aumento del 23,9% en el Presupuesto 2027.
Pese a ello, nadie discute su poder. En el gabinete hay quienes lo llaman -en voz baja- como el “vicepresidente”, mientras que en el Congreso reclaman, en distintos tonos, por medidas impulsadas por él, que los hacen quedar mal ante la ciudadanía.
“Hay mucho garrote y pocas zanahorias. Y los frutos, a seis meses de gobierno, no se ven”, comenta un parlamentario de Renovación Nacional.
La autonomía con que se mueve -aunque una fuente de La Moneda dice que no se manda solo- es otro de los flancos que se observan en su gestión.
“¡Cómo es posible que haya hecho una presentación al Tribunal Constitucional por una de las normas de la megarreforma sin avisarle al ministro Alvarado, que es nada menos que el jefe del gabinete!”, plantea un diputado UDI.
Los estilos de Alvarado y Quiroz -quienes se han enfrentado en una serie de oportunidades- son para Juan Pablo Lavín, como una suerte de Yin y Yang. “Quiroz, que está debutando en el Estado, se mueve en los tiempos de la economía, con plazo en años. Y, por oficio, le pone menos peso al costo de hoy. Por otro lado, el ministro Alvarado se mueve en tiempos políticos, donde la medición temporal es justamente el presente. Y resulta que el ciudadano tiene expectativas en los tiempos de Alvarado y el gobierno le está hablando en los tiempos de Quiroz”, advierte.
La preocupación transversal está en las magras cifras económicas y de empleo, con un 51% de los consultados por Criteria, en el sondeo del 3 y 4 de septiembre, que califican la situación económica como “mala”.
Pese a ello -dicen en el Congreso- Quiroz sigue “incombustible”, concentrado ahora en dos nuevas batallas: la reforma al mercado de capitales y el Presupuesto 2027, que no se ve de fácil tramitación por la estrechez de recursos.
El difícil ascenso de Alvarado
De todo el gabinete, Claudio Alvarado, ingeniero comercial, es el más curtido en política, por su paso por el Congreso como diputado y senador, y por el Ejecutivo, como subsecretario y ministro.
Reconocido por cultivar un bajo perfil, es descrito como un hombre de consensos y de buen carácter, aunque no duda en golpear la mesa.
Fue uno de los últimos en integrarse al equipo de la Oficina del Presidente Electo (OPE), y ya en La Moneda ha ido de a poco imponiendo su visión, partiendo por el episodio del bencinazo, donde se enfrentó a Quiroz al abogar, primero, por gradualidad y, luego, por medidas paliativas.
Su gestión no ha sido fácil. Primero, por estar eclipsada por un poderoso Segundo Piso, sitial del que salió tras el público reclamo del presidente del Partido Republicano, Arturo Squella. Y luego, tras su asunción como ministro Segegob, por los cuestionamientos que ha recibido en ese rol por una serie de descoordinaciones.
Incluso desde la UDI, y también de RN, han insistido en que es necesario un vocero, porque no puede -por un lado- estar “pegándole” a la oposición y, por otro, articulando consensos con ella. Por este doble rol fue acusado por la presidenta del PS, Paulina Vodanovic, de estar intentando dividir a ese bloque, luego de que afirmara -en medio de la votación de la megarreforma- que “se acerca el momento para que el Socialismo Democrático tome sus propias decisiones, al margen de la tutela del FA y el PC”.
Alvarado -afirman en el oficialismo- ha tenido relevantes éxitos en el Congreso. Pero también ha enfrentado complejidades para controlar el relato comunicacional del gobierno, ordenar el gabinete y el discolaje de los partidos base. Él mismo fue víctima de esa descoordinación por el episodio del requerimiento de Hacienda al TC, sin que tuviera conocimiento de ello.
El tema que aparece como trasfondo de todo es el diseño, responsable de dos niveles de desorden, de acuerdo a la visión de Cristián Valdivieso. “Primero en el gobierno mismo, con la descoordinación entre los ministros y la sensación de que se están escondiendo la pelota entre ellos. Y otro en el oficialismo. Esto afecta la imagen del gobierno en orden a que no tiene claridad, no tiene plan y que no estaban preparados para gobernar”.
Segundo Piso: un diseño que no cuajó
Un esquema inédito de gobierno instauró el Presidente Kast apenas se instaló en el poder. Un Segundo Piso poderoso -integrado por Alejandro Irarrázaval, como jefe de asesores, y con Cristián Valenzuela como director de Contenidos y Comunicaciones, que rápidamente quedó en la mira política por una serie de descoordinaciones.
Los ministros se quejaban en privado por el recibo de instrucciones y hasta llamados de atención por parte de ese staff, mientras en el oficialismo se cuestionaba ese poder paralelo y la falta de contención a los problemas.
Para los más suspicaces, sin embargo, la huella de los asesores presidenciales sigue latente a nivel de decisiones y la ven, por ejemplo, en la determinación de adelantar el anuncio de la Agenda Contra el Crimen Organizado y el Terrorismo (ACOT) y en haber influido en la incorporación de reformas constitucionales al texto del ministro Martín Arrau.
Fuentes de La Moneda aseguran que esas teorías no se ajustan a la realidad; que hoy todas las decisiones pasan por Alvarado -exceptuando el incidente del TC- y que el Segundo Piso se replegó. Es más, se comenta que Irarrázaval -quien ha sido blanco de las críticas del oficialismo- ya no asiste a los comités políticos ampliados de los lunes.
No obstante, nadie discute que sigue siendo uno de los colaboradores, por lejos, más cercanos al presidente, con quien comparte una complicidad desde hace años.
Las dos almas oficialistas
La apuesta de incorporar en su equipo ministerial a figuras de un arco amplio político no ha dejado de generar fricciones, especialmente entre republicanos y Chile Vamos, quienes lideran las dos almas de la administración Kast.
Ambos se enfrentaron con rudeza durante la última presidencial, lideran proyectos políticos distintos, defienden sus ideas; compiten -aunque lo nieguen- por la hegemonía del sector y la convivencia -en estos seis meses- plantea dudas con miras al término del gobierno con una sola coalición. Un asunto que ni siquiera se quiere tocar.
Los roces no han sido pocos.
La acusación constitucional en contra del exministro de Hacienda Nicolás Grau -levantada por los nacional libertarios y apoyada por republicanos sin consulta a Chile Vamos- no solo terminó en un rechazo, también con cuestionamientos cruzados.
El historial de desavenencias registra, también, el apoyo del partido del presidente a proyectos como Escucha su Corazón, la presión por el indulto a uniformados que se encuentran cumpliendo condenas por casos relacionados con el estallido social y la privatización de Codelco, junto a recriminaciones por el tema de la “derechita cobarde” versus la “derechita valiente”, y por el reconocimiento de algunos parlamentarios republicanos en orden a que ven a los seguidores de Johannes Kaiser como sus aliados naturales y no a Chile Vamos.
En La Moneda se sostiene que independientemente de estas posturas, Kast va a cumplir su agenda y no va a entrar -como lo prometió en campaña- en temáticas valóricas. Y que su norte, en todas las reuniones que ha tenido con los partidos y con los parlamentarios, ha estado focalizado en la unidad.
La preocupación del oficialismo está puesta -sin embargo- en qué va a pasar ante la campaña municipal y de gobiernos regionales de octubre de 2028. No solo por el marcaje de diferencias, también por la pelea sin cuartel que se prevé en los territorios, que, sin duda, van a impactar el rumbo de la administración Kast.
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