Por Héctor SotoTemer, sentir, decir
Música y terror. Aunque la penúltima novela que Tolstoi publicó en vida se titula Sonata a Krauser, tal como la sonata para violín y piano Nro. 9 de Beethoven, en ella la música tiene un rol solo incidental. Tolstoi amaba las composiciones de Beethoven, disfrutaba como pocos la música clásica, tiene páginas memorables sobre el efecto que produjo en su juventud la Sinfonía en do menor del mismo compositor alemán, pero con los años le fue tomando miedo. Llegó el momento en que la música lo aterrorizaba. Pensaba que incluso podía llegar a ser una experiencia corruptora del alma. ¿Podemos corrompernos por lo que escuchamos? Un conservador de oídos alérgicos a la música satánica diría que sí. Pero el tema es controversial. Tolstoi, concretamente, sentía que la música podía afectar la voluntad moral de las personas, suspender la racionalidad, descompensar el equilibrio de conciencia. En su novela, que es corta, tal como lo es Resurrección y La muerte de Ivan Ilich, el autor trata de la fragilidad del matrimonio fundado en la pasión, pasión que se desvanecerá en corto tiempo, y desarrolla un drama de infidelidad donde la esposa del protagonista comienza a verse con un violinista. Dentro de un cuadro de miseria conyugal, el adulterio gatillará los celos, y los celos, un crimen feroz que, aunque es absuelto por la justicia, condena para siempre al asesino al remordimiento y la desdicha. Hacia el final de sus días, Tolstoi rechazó al mundo, abjuró de muchas preferencias y convicciones que había manifestado tanto en su vida como en su obra, radicalizó sus juicios sociales y estéticos y exaltó los valores de la sencillez de la vida campesina, la compasión con el prójimo, la abstinencia sexual y el rechazo a la propiedad privada. Al margen de eso, siguió siendo un excepcional escritor.
Vocación y furor. Descontado que se trata de una de las películas españolas más maduras y mejor filmadas que hemos visto en los últimos años, Los domingos, todavía en cartelera, rescata del buen cine un rasgo que las malas películas siempre parten escamoteando: la ambigüedad de la realidad. Esta dimensión del buen cine es posiblemente la que más entusiasmó a André Bazin, el fundador de Cahier du cinéma, en sus escritos. No es que esta cinta española sobre una chica de 17 años, un tanto tristona y egresada de la educación media, que siente un llamado vocacional a tomar los hábitos para convertirse en monja de clausura, no tenga opinión o punto de vista. La tiene, pero deja al espectador un amplio espacio de libertad para juzgar si lo suyo se trata de un capricho adolescente, de una fuga (habida cuenta de las distorsiones de su cuadro familiar), de una genuina vocación religiosa, un arrebato místico o incluso de un cuadro de enajenación mental, como acabo de leer en el comentario de la cinta suscrito por un resuelto y obstinado crítico español. Ocurre, por lo demás, que tal vez ni siquiera en estos dilemas esté lo más importante de la película. Los domingos es una obra enteramente jugada a la observación y a los detalles. Ahí está su riqueza: en las miradas, por ejemplo, entre la protagonista y el compañero que la atrae; en los esfuerzos de contención y en las explosiones de carácter de esa tía de la muchacha (¡gran actuación de Patricia López Amatz!) quien, queriéndola, sin duda, piensa que su sobrina está siendo secuestrada por una secta de fanáticos. También está jugada al recogimiento y la espiritualidad. Todo esto es lo que puede leerse bajo distintos prismas. Lo que difícilmente podrá discutirse es que Alauda Ruiz de Azúa, mujer joven y talentosa, es una realizadora con un pulso admirable y un sentido de la composición del plano cuya elegancia es poco frecuente en el cine de estos tiempos. Los domingos es su tercer largometraje y ganó, entre otros reconocimientos, el gran premio del Festival de San Sebastián.
Sin palabras. “Es un país que relativamente no tiene idioma, pero fabrica una forma muy curiosa de lenguajes artificiales en que la forma y la entonación tienen casi tanta importancia como las palabras”. Lo dijo Raúl Ruiz, y Vicente Undurraga rescata su observación en las páginas iniciales de su libro No hay tiempo para todo (Ediciones UACH, 2026, 210 pp.) cuando se refiere a los misteriosos atajos del habla nacional. Undurraga es editor de poesía de Penguin Random House y su libro lleva como subtítulo Leer, escribir y recordar. La afirmación de Ruiz, en cualquier caso, es muy cierta: no somos un pueblo muy ortodoxo en el manejo idiomático. Hablamos mal, pronunciamos pésimo, inventamos palabras que no están en el diccionario, decimos una cosa por otra y a menudo tenemos que entender precisamente todo lo contrario de lo que estamos diciendo literalmente. Pero, vaya, todas estas argucias y deslealtades para con la Academia son las que hacen que nuestro manejo del idioma -unido de silencios, entonaciones, gestos y sobreentendidos- sea una mina de oro para lingüistas y filólogos. No lo sabrá Nicanor Parra, es lo primero que a uno se le viene a la mente. Ruiz y Undurraga, por ejemplo, llaman la atención sobre la expresión “ssshhh”. No figura en el diccionario, pero si figurara daría para interminables disquisiciones semánticas y para una buena introducción a la psicopatología chilena. “Ssshhh -dice Ruiz- es la expresión más sintética de escepticismo” que él conoce. “Cuando alguien llega tarde a la oficina o alardea por cierto logro o adquisición, el resto dice “¡ssshhh!” y siembra la duda, pone distancia, saña y cizaña”, dice Undurraga. Torvos, malpensados, deslenguados, pero sin decir palabra. Así somos. ¡Felices Fiestas Patrias!
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