Envejecimiento y obesidad: una conexión que no deberíamos ignorar


El anhelo de mantenerse eternamente joven es tan antiguo como la humanidad. A lo largo de la historia, hombres y mujeres de todas las condiciones, credos y culturas han llegado a cruzar los límites más insospechados -a veces cercanos a lo absurdo-, en la lucha contra el paso del tiempo. Si bien en el envejecimiento se puede disfrutar de toda una vida de aprendizaje y experiencia, el deterioro y la fragilidad que con frecuencia lo acompañan, no nos resultan indiferentes y cuesta aceptarlos como realidades inherentes al ser humano.

Desde una perspectiva biológica, el envejecimiento es un proceso normal y natural. Se caracteriza por la pérdida progresiva de capacidades que finalmente llevan a la enfermedad y muerte. La naturaleza ha evolucionado hacia un programa biológico que asegura un óptimo de capacidades que permite la reproducción de las especies. Pero como resultado de este proceso, existe una acumulación de daño que contribuye a la degradación de nuestras funciones corporales y la capacidad de adaptarnos al medio externo.

Hasta la segunda mitad del siglo XX, este medio externo se caracterizó por un acceso más bien controlado a los nutrientes por parte de los seres humanos. Sin embargo, desde la década de los 70, progresivamente estamos experimentando un fenómeno de malnutrición por exceso. La obesidad y el envejecimiento convergen sobre mecanismos celulares y moleculares que sugieren que están causalmente relacionados.

En Chile, tres de cada cuatro adultos y uno de cada dos niños y adolescentes tienen sobrepeso u obesidad, un dato que no debe pasar desapercibido. No es casual que a medida que se incrementa el número de personas con exceso de peso, aumente la prevalencia de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, las cardiopatías isquémicas, los accidentes cerebrovasculares y otras con consecuencias más dramáticas como el cáncer y el alzheimer. Identificadas alguna vez como enfermedades propias de personas en edad avanzada, hoy es perfectamente habitual hacer el diagnóstico en quienes apenas han cruzado la frontera de los 40 años. Al descuidar nuestros estilos de vida, al relativizar la importancia de la nutrición, y al rendirnos al sedentarismo estamos desencadenando anticipadamente el proceso de envejecimiento.

Si el envejecimiento y la obesidad son dos procesos relacionados, ¿es posible ver el vaso medio lleno? Creemos que sí, porque en la medida que haya evidencias más robustas de que la obesidad acelera el envejecimiento, el efecto persuasivo de asociar la malnutrición por exceso a la pérdida de salud y el riesgo de enfermedades crónicas, podría generar un cambio cultural y de hábitos que sea beneficioso para los chilenos.

Las grandes semejanzas entre los mecanismos moleculares que se vuelven disfuncionales con la obesidad, y que se asemejan a lo que ocurre durante el envejecimiento, también ponen de relieve las diferencias entre edad cronológica y edad biológica. Si aceptamos que la obesidad puede acelerar el envejecimiento, el número de años transcurrido desde nuestro nacimiento puede no coincidir con nuestra edad determinada por el grado de deterioro de nuestras células y órganos.

Hoy la ciencia permite medir esa brecha a partir de una muestra de sangre u orina, en la que se miden cambios en los patrones de metilación del ADN, o bien las características y variaciones de niveles de proteínas o marcadores de inflamación. Estos modelos, que no por casualidad han sido bautizados como relojes, han observado que un Índice de Masa Corporal (IMC) aumentado, incrementa nuestra edad biológica al punto de situarla por encima de la edad que revela nuestro carnet de identidad. Chile, en consecuencia, podría estar mucho más envejecido de lo que pensamos, cualitativa y cuantitativamente.

Superado el shock inicial, una cosa que salta a la vista es que el proceso de envejecimiento ya no puede ser entendido sólo desde una perspectiva cronológica ni tan siquiera desde una óptica sociodemográfica. Para quienes han crecido en un ambiente obesogénico, la entrada a la vejez podría empezar mucho antes de los 65 años o de la edad de jubilación, y eso podría tener que llevar a replantearse el foco de las estrategias que promueven el envejecimiento saludable.

Para 2035 se espera que el 19% de los chilenos tenga más de 65 años, pero a juzgar por las estadísticas de salud de nuestra población, el porcentaje de personas biológicamente envejecidas en Chile estará muy por encima de esa cifra. Y aunque una vida más larga representa oportunidades importantes para las personas y las sociedades, el alcance de estas oportunidades depende significativamente de un factor: los años de vida saludable.

El envejecimiento saludable abarca todo el ciclo de vida y es relevante para todos, no sólo para aquéllos que actualmente se encuentran en una edad avanzada o se aproximan a ella. Por eso, el desafío de agregar años saludables a la vida humana también debe enfocarse en aquéllos en riesgo de envejecimiento acelerado inducido por la obesidad, independientemente de su edad.

Hacer que el envejecimiento saludable sea una realidad para todos requiere urgentemente mejorar nuestro conocimiento de cómo la exposición a la obesidad en etapas cruciales del desarrollo, como la infancia, la niñez, la adolescencia y la adultez emergente, acelera el proceso de envejecimiento, poniendo en riesgo la salud y el bienestar a largo plazo de una gran mayoría. Como investigadores, estamos determinados a descifrar cómo la obesidad contribuye al proceso de envejecimiento de los chilenos, como un primer paso para diseñar mejores políticas públicas que ayuden a maximizar las capacidades de cada persona y permitan alcanzar una vida más plena.

*María Paulina Correa, directora del Anillo de Investigación en Envejecimiento Acelerado Inducido por Obesidad (ObAGE)

**Christian Gonzalez-Billault, director del Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo (Gero); e investigador de ObAGE

***Felipe Salech, médico internista geriatra e investigador de ObAGE y Gero.

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