Lai antü: el eclipse en la costa mapuche

Lluvia de estrellas gemínidas vista desde el Lago Budi, previo al eclipse solar. Foto: Marcos Maldonado / Agencia Uno

Mientras los ojos de miles de personas se concentraron en Villarrica, hacia el territorio lafkenche, al sur del lago Budi, una comunidad abrió las puertas de sus creencias para compartir junto a un puñado de foráneos este evento único.




Kiñe (Uno)

El reciente eclipse de sol que se vislumbró en La Araucanía, cubrió de manera total una franja de 90 kilómetros. Mientras que miles de personas decidieron ir a verlo a la zona lacustre, otros disfrutaron el fenómeno astronómico en la calma de la naturaleza, viendo en directo cómo el día se hacía noche en tierra mapuche.

Privilegiada por su diversa naturaleza, el Lago Budi, distante a 90 kilómetros al suroeste de Temuco, fue un escenario distinto para esperar un acontecimiento que no ocurría en el lugar desde hace más de 800 años.

Conocido por ser un lago de aguas salobres y el único salado de América, por sus costas un centenar de comunidades mapuche lafkenches conviven con el agua, haciéndola parte de sus ritos y costumbres.

Es Llaguepulli, en una especie de península al sur del lago, el lugar que nos abre las puertas 24 horas antes para esperar el eclipse. Acá se respira la brisa constante del Budi y la cotidianidad de sus habitantes, conservando antiguas rucas y hablando el mapuzungun en el diario vivir.

Con una temperatura que bordeó los 18 grados, todo parece en calma. Pablo Calfuqueo, quien oficia como vocero de la comunidad, nos cuenta que desde hace más de 20 años que en el lugar se ha practicado el turismo, respetando principios básicos entre quienes llegan, partiendo por el buen vivir (Küme Mogen), el trabajo mancomunado y sobre todo la responsabilidad ambiental y cultural.

Calfuqueo tiene claro que dentro de la cosmovisión de su pueblo, los eclipses o conocidos en su lengua como Lai antü, no son muy bien recibidos entre quienes habitan el Miñche Mapu, la tierra de abajo. Desde el punto de vista mapuche, estos fenómenos que se manifiestan en el entorno, tienen una forma de indicar que viene algún suceso o evento con consecuencias negativas para las personas y su entorno.

Sin embargo, él realza el valor de las relaciones de horizontalidad dentro de la cultura. Meses antes del evento, discutieron entre toda la comunidad el abrir el espacio para que los foráneos vieran el eclipse a las orillas del Budi. “La gente de Llaguepulli es bien diversa, y estamos dispuestos a compartir nuestros conocimientos y tradiciones, como una forma de relacionarnos y recibir un aprendizaje mutuo. Ese es nuestro ánimo, y estamos abiertos a eso”, cuenta.

Con esa idea en mente, la comunidad tenía todo preparado para que al otro día los visitantes se acercaran a una extensa pampa con vista al lago para celebrar una ceremonia. El lugar no fue elegido al azar, ya que al frente está la isla Cueva de Zorro, una antigua península que producto del gran terremoto de 1960 cambió su estado. En ella, aún hay remanentes de árboles nativos, y una variedad de aves a su alrededor que pueden ser vistas con facilidad como cisnes de cuello negro, bandurrias o liles.

Horas antes del gran eclipse, cuando aún el clima se mantenía en calma, hubo otro fenómeno astronómico que sorprendió a quienes esperaban en la calma del territorio lafkenche. Pasada la medianoche, una lluvia de estrellas de las Gemínidas pudo ser vista junto a las perseidas, evento que se registró por primera vez en 1862 y que ocurre cada diciembre. Una antesala a lo que nos esperaba.

Epu (Dos)

Al despertar, una llovizna sorprende. Las gotas son pequeñas y traspasan la ropa con facilidad, el terreno se vuelve fangoso y se dificulta el caminar. En la pampa donde se espera la ceremonia, Pablo y algunos miembros de la comunidad se mantienen resistiendo a la lluvia que están acostumbrados con unos tersos ponchos de lana. Las nubes entorpecen la espera del gran evento.

Mientras un par de turistas se acercan y resisten el temporal, en un sector una fogata se enciende. Ahí se hará un llellipun (rogativa), al momento que el küyeṉ (Luna) cubra por completo al antü (Sol). Ahí, los lafkenches buscarán rezarle a los espíritus que viven en el Wenu Mapu, la tierra de arriba, donde residen los seres protectores y los espíritus de los antepasados. Quemando hojas de canelo y laurel, que dentro de la cosmovisión son especies que cumplen un rol medicinal, el rito busca entregar buenas energías al sol, que pierde su fuerza cuando la luna lo esconde.

Una mujer mapuche con lentes especiales para apreciar el fenómeno astronómico. Foto: Marcos Maldonado / Agencia Uno

Pese a la llovizna, el fuego resiste. Romina y Jesica Paillán, ambas primas y pertenecientes a la comunidad, se encargan un momento de mantener las brasas para el llellipun. Mientras que Romina arribó al lugar hace un par de meses, Jesica lleva más de 4 años viviendo ahí, luego de dejar Santiago para recuperar sus raíces en la tranquilidad del campo.

A juicio de Jesica, Llaguepulli es un lugar de encuentro. Ante esto dice: “Yo nací en la capital y mis padres son mapuche, pero ellos fueron criados con vergüenza. Antes decían que eran muy discriminados, y nunca sintieron el orgullo de enseñarnos quiénes éramos. La identidad se ha ido encontrando acá, sabiendo quienes eran nuestros antepasados, cómo vivían, cuáles eran sus costumbres”.

A pesar que las nubes impiden ver con facilidad el sol, ambas mujeres deciden no presenciar el momento cumbre del eclipse, respetando los consejos de los más antiguos, sobre todo Romina, quien tiene cerca de 4 meses de embarazo, y las energías del eclipse podrían repercutir en el pequeño, así también con los niños y niñas, pues están creciendo y experimentando cambios en su desarrollo.

“Yo tengo 3 niños e iré a mi casa a cuidarlos. Hay que resguardar a los niños, porque sus energías son más débiles. Hay que tener respeto por lo que decía la gente de antes. Tenían sus creencias y ellos decían que no eran buenas energías las que venían”, sentencia Jesica antes de retirarse cuando el reloj marca las doce.

Küla (Tres)

¿Tuvo conocimientos el pueblo mapuche del cosmos? Bajo esa pregunta, Pablo Calfuqueo comienza a hablar con los presentes. Pasado el mediodía, la lluvia parece cesar, más no las nubes que persisten. No son más de 15 personas quienes están esperando en la pampa y, mientras Pablo relata el conocimiento del universo que le ha sido traspasado a través de la conversación generación tras generación, los turistas a veces se desconcentran cuando logran ver la penumbra que se visualiza cuando el cielo da tregua.

Casi llegando a la hora del eclipse total, todos se acercan a la fogata. Cuando se cumple el minuto exacto para que ocurra el fenómeno, la temperatura desciende un par de grados y todo se oscurece. La única luz es la de la fogata, a la que tanto mapuches como turistas se acercan para quemar una rama de canelo con tal de pedir a sus espíritus que regrese el sol.

Eclipse 2020 en Lago Budi, cercano a la comuna de Puerto Saavedra, durante un día lluvioso y nublado. En la imagen, una rogativa mapuche durante el fenómeno astronómico. FOTO: Marcos Maldonado / Agencia Uno

El silencio prevalece, y solo es interrumpido por el sonido de una pifilka, instrumento ceremonial que, con un son semejante a un silbato, mantiene el ritmo de los latidos del piuke (corazón). Repentinamente, una llovizna más fuerte que la de la mañana comienza a caer frente a los rostros de los presentes, que no dejan de mirar hacia al cielo.

Algunos quedan boquiabiertos ante lo que parecía ser un momento único, mientras que otros aprovechan de mirar hacia la isla que desaparecía entre la niebla. Incluso unos gansos que se ven a lo lejos reaccionaron ante el Lai antü tras volver a sus casas, y el resto de las aves cesaron su canto.

Más de algún visitante llora. Ariel, Gabriel y Mauricio viajaron por largos días desde la quinta región para llegar a Llaguepulli. Al momento del evento, se abrazan sin dejar de mirar al cielo. Cuando el eclipse culmina, los 3 son los más conmovidos del lugar. Secando sus lágrimas, es la mujer quien habla: “Yo creo que el rito provocó algo, nos dimos el espacio de conectarnos con lo nuestro. A todos nos llegó de alguna forma, fue muy fuerte el momento. No esperaba ese golpe emocional”.

Al cumplirse cerca de dos minutos, la oscuridad de a poco comienza a emblanquecer hasta que regresa la luz a la tierra. Algunos siguen mirando hacia el cielo, y la mayoría de los visitantes deciden caminar hacia sus cabañas, lejanas a la pampa. Solo los que pertenecen a la comunidad se quedan.

El eclipse visto desde el lago Budi. FOTO: Marcos Maldona / Agencia Uno

Aún en Llaguepulli siguen sorprendidos ante el fenómeno, y uno de los suyos les recuerda que para que otros mapuche puedan ver algo así pasarán cerca de 300 años. La mayoría concluye que ser testigo del fenómeno los convierte en protectores del conocimiento para las futuras generaciones.

A modo de broma, uno de los presentes dice que todos estarán muertos para cuando el otro eclipse ocurra, a lo que Pablo Calfuqueo responde:

-Lo veremos desde arriba con nuestros antiguos.

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