Columna de Ascanio Cavallo: Domar al tiranuelo

Uno de los problemas genésicos de la democracia es que no puede ser mejor que la condición humana. Las personas elegidas en competencias democráticas, aun triunfando en el margen o por el arrastre de otros, suelen considerar que importa más cumplir con sus deseos y agendas personales que representar las aspiraciones de quienes los eligieron. Y cuanto más novatos e independientes se presentan, más agudo es el síndrome.



Dentro de siete semanas, el viernes 25 de octubre, los intendentes, alcaldes y funcionarios que quieran competir por los nuevos cargos de gobernadores regionales deben renunciar a sus actuales posiciones. Esa acción inaugura la carrera para el principal torneo electoral regional y comunal. La elección de los nuevos gobernadores, en octubre del 2020, se realiza en conjunto con las municipales -alcaldes y concejales-, que se han convertido en las más predictivas respecto de los siguientes torneos parlamentarios y presidenciales.

Los intendentes actuales, designados por el Presidente Piñera, llevan en teoría una posición de ventaja, y por eso se presume que la mayoría renunciará el 25 de octubre. Su misión es ni más ni menos que asegurar una situación de hegemonía como base para las presidenciales siguientes. El gobierno que asuma en marzo de 2022 tendrá que convivir más de la mitad de su cuatrienio con estas autoridades territoriales. Por el otro lado, las renuncias dan a sus competidores, incluidos los del mismo bando, las señales para decidir cómo y con quién hacerles frente.

La elección de gobernadores modifica en forma sustancial la dinámica política del país.

Lo más obvio es que las regiones adquieren un nuevo peso con autoridades elegidas. En principio, tendrán que convivir con un delegado regional presidencial que retiene las atribuciones sobre el orden interior. Pero la legitimidad electoral será desequilibrante, incluso antes de plantear cualquier contienda. Cosa similar ocurre con el debate sobre las pocas atribuciones que se les han asignado, en especial en presupuestos: la exigencia de facultades más autónomas será su bandera de lucha en los años venideros. Doble contra sencillo.

Menos visible, pero mucho más importante, es el efecto sobre partidos y alianzas políticas. A pesar de haber obtenido la presidencia, Chile Vamos perdió la mayoría de las luchas territoriales en 2017, lo que explica que hoy sea minoría en el Congreso. De 16 regiones, solo ganó con claridad en dos -Maule y La Araucanía- y se acercó a la mayoría en otras dos, Valparaíso y Arica. Magallanes quedó como un caso raro debido al senador Carlos Bianchi, un independiente al que nadie insultaría ubicándolo en la izquierda. Sus votos, igual que los de Gabriel Boric, deciden quién triunfa en esta región con tan intensa inclinación unipersonal.

A pesar de estos números, la ex Nueva Mayoría ha estimado que si no se unen todas las facciones de la oposición, el oficialismo podría alzarse con 10 de las 16 regiones. Tal unidad, desde luego, solo es posible mediante una gigantesca transacción de cupos, con sus respectivas omisiones. Ni hablar de lo que pasará al día siguiente de las elecciones si la unidad se limita solo a esa jornada. Pero para algunos grupos esos resultados pueden ser una prueba de supervivencia, como ocurre en diversos grados con el Frente Amplio, la DC, el PPD y Evópoli. Es improbable que experimentos más recientes, como Ciudadanos o el Partido Republicano, quieran medirse en esta competencia, pero eso no será más que una confirmación de sus limitaciones.

El impacto de mayor profundidad es el que sufrirá el Congreso. Para ser elegido gobernador, un candidato necesita mayoría simple, siempre que tenga más del 40% de los votos (y en segunda vuelta, más del 50%). Esa proporción es mayor que la que tienen casi todos los senadores en sus respectivas regiones. En otras palabras, todo gobernador tendrá mayor respaldo que los senadores de su mismo territorio. En la Región Metropolitana, el gobernador será la segunda mayoría nacional después del Presidente de la República.

Antes de pensar siquiera en el apetito presidencial que esto puede abrir, hay que atender a la resonancia territorial. Hoy, los senadores pueden hacer toda la política de sus regiones, desde la legislación hasta la designación de candidatos a diputados, alcaldes y concejales. Esa influencia omnímoda tendrá ahora una enorme sombra, para no decir un eclipse, solo atenuable si los senadores logran controlar las candidaturas desde su origen.

Uno de los problemas genésicos de la democracia es que no puede ser mejor que la condición humana. Las personas elegidas en competencias democráticas, aun triunfando en el margen o por el arrastre de otros, suelen considerar que importa más cumplir con sus deseos y agendas personales que representar las aspiraciones de quienes los eligieron. Y cuanto más novatos e independientes se presentan, más agudo es el síndrome. Una de las virtudes de los partidos es que dan un signo de identidad a sus militantes, pero ya no es un fenómeno extraño que un representante elegido renuncie a su partido y siga siendo representante, por lo general, de sí mismo. Todos se toman algún analgésico para la conciencia: la consecuencia, la integridad, el honor.

Si no fuera tan frecuente que los demócratas se convierten en monárquicos una vez que son ungidos por los votos, casi no sería necesario construir contrapesos, aun artificiales, en tantas diferentes articulaciones del cuerpo social. Tanta elección sucesiva puede resultar abrumadora, pero es indispensable para aplacar al tiranuelo que late hasta en el candidato menos pintado.

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