El sur y norte global bajo fenómenos extremos: las huellas que está dejando la crisis climática
Incendios forestales de gran magnitud en el sur global y frío polar con tormentas de nieve en Estados Unidos y Europa marcan un enero de contrastes extremos. Expertos de CONAF, del Observatorio Climático de la USS y del Chile California Council indican que estos fenómenos responden a un clima cada vez más inestable y destacan la urgencia de avanzar en prevención, gestión del riesgo y resiliencia territorial.
Mientras países del sur enfrentan olas de calor extremo e incendios forestales, el hemisferio norte atraviesa un invierno marcado por frío polar, tormentas de nieve y la paralización parcial de grandes ciudades. Escenarios que, según expertos del clima y medios internacionales, demuestran un sistema climático cada vez más volátil, con impactos directos no solo en el medio ambiente, sino también en la economía, la infraestructura y la vida cotidiana de millones de personas.
En los últimos días, medios de todas partes del mundo, desde La Tercera hasta Euronews, han dado cuenta de incendios que han arrasado con miles de hectáreas de territorio en Australia y la Patagonia argentina, así como aeropuertos en Estados Unidos y Europa que han cancelado cientos de vuelos por condiciones meteorológicas extremas.
Calor extremo e incendios en el sur global
En el hemisferio sur, la primera mitad de enero ha estado marcada por incendios forestales en zonas de alto valor ecológico. En el estado de Victoria, Australia, el fuego ha consumido más de 300.000 hectáreas en medio de temperaturas que han superado los 40 °C, lo que llevó a las autoridades a declarar estado de desastre, según cuenta La Tercera. En paralelo, esta semana en la Patagonia argentina, especialmente en la provincia de Chubut, los incendios han afectado más de 15 mil hectáreas de vegetación nativa, con columnas de humo que incluso han sido detectadas a gran distancia.
Desde la Corporación Nacional Forestal (CONAF), el jefe del Departamento de Investigación y Desarrollo, Jorge Saavedra Saldías, explica que estos eventos responden a un patrón que se repite cada vez con mayor claridad. “Estamos observando olas de calor más frecuentes e intensas, mayor sequedad atmosférica y ventanas meteorológicas que favorecen incendios de alta energía, rápida propagación y elevada simultaneidad”, señala.
Saavedra advierte que, bajo estas condiciones, los incendios “liberan grandes cantidades de energía y comienzan a interactuar con la atmósfera”, lo que aumenta la incertidumbre y reduce los márgenes de control". Según cuenta, este comportamiento extremo ya se ha presentado tanto en la región como en Australia, donde episodios como el Black Summer de 2019–2020 demostraron que incluso sistemas de respuesta altamente robustos pueden verse sobrepasados cuando confluyen calor extremo, sequía prolongada y múltiples focos simultáneos.
Desde el Observatorio Climático de la Universidad San Sebastián (USS), su directora Paula Santibáñez, explica que el denominador común entre los incendios de la Patagonia, Australia y Chile no es solo el aumento de temperaturas, sino una combinación de factores que facilitan la ignición y propagación del fuego. “Máximas muy altas, humedad relativa baja, vientos que aceleran el frente de fuego y un paisaje con combustibles finos cada vez más secos por el déficit hídrico acumulado”, detalla.
Frío polar y tormentas de nieve en el hemisferio norte
Para quienes están viviendo el invierno, varios países del norte sufren el extremo opuesto. Diversos medios internacionales como Euronews, han publicado las tormentas de de nieve y el frío polar que viven ciudades de Estados Unidos y Europa, que “atraviesa una de las semanas invernales más difíciles de los últimos años”, según cuentan.
Estos fenómenos han causado la cancelación de vuelos en épocas festivas y la suspensión de actividades turísticas y económicas, en ciudades como Nueva York, Washington, París, Berlín o Frankfurt.
El estado de California, por ejemplo, enfrenta actualmente bajas temperaturas invernales, a un año de haber vivido el megaincendio que consumió varias zonas de la ciudad de Los Ángeles.
Santibáñez explica que esta aparente paradoja no contradice el calentamiento global. “El planeta no solo está más caliente, sino que la atmósfera está más cargada de energía. (...) La nueva normalidad no es solo un aumento del promedio, sino una mayor probabilidad de episodios extremos y disruptivos”, explica.
Aunque el frío extremo no genera el mismo daño ambiental directo que los incendios, sus impactos económicos y sociales son relevantes. El transporte, la logística y los servicios se ven paralizados, aumenta la demanda energética y se encarece la operación de ciudades y empresas. Al mismo tiempo, el calor extremo tensiona redes eléctricas y sanitarias, golpea la productividad y multiplica las emergencias asociadas al fuego.
California y Chile: espejos climáticos para la prevención
En este escenario, California aparece como un caso relevante para Chile. Desde el Chile California Council, su co-presidenta Tatiana Molina señala que lo que ocurre en ese estado confirma que el riesgo climático dejó de ser estacional. Según contaron expertos en la 2ª Misión Chile–California sobre Prevención, Gestión y Nuevas Tecnologías ante Incendios Forestales, organizada por el Consejo, “ya no se trata de una temporada de incendios, sino de un año de incendios, con amenazas que se dan durante todo el año, impulsadas por sequías prolongadas, olas de calor, vientos extremos y factores humanos”, explica.
El contraste entre incendios severos y tormentas invernales intensas, agrega Molina, es coherente con un clima cada vez más volátil y menos predecible. Para el Consejo, California es un espejo cercano de cómo el cambio climático tensiona simultáneamente infraestructura, ecosistemas y comunidades, una realidad de la que Chile no está exento.
Los principales aprendizajes que ha dejado la experiencia californiana, según Molina, es reforzar la necesidad de prevenir y gestionar el riesgo de manera permanente junto con fortalecer la capacidad de respuesta. Esto implica reducir la vegetación muerta acumulada, planificación territorial y estándares de construcción adecuados, especialmente en la interfaz urbano–rural.
Un segundo eje clave es la corresponsabilidad. “La resiliencia no depende solo del Estado. En California hay un fuerte énfasis en la preparación comunitaria, la educación preventiva y la coordinación con actores privados y locales”, señala. Tercero, como elemento clave, es desarrollo de tecnologías de anticipación y respuesta, como sistemas de detección temprana apoyados por inteligencia artificial, monitoreo satelital y modelamiento del comportamiento del fuego, herramientas que resultan altamente aplicables al contexto chileno, la tecnología puede impactar de forma sustancial nuestra resiliencia.
Desde el Observatorio Climático de la USS, Santibáñez indica que, aunque su trabajo se centra en Chile, sus datos y análisis permiten comprender fenómenos globales comparables, gracias a información de alta resolución y a indicadores de riesgo que pueden aplicarse en distintos territorios. “El objetivo es pasar de la reacción ante la emergencia a una gestión preventiva, con umbrales claros, alertas tempranas y planificación territorial que asuma que los extremos ya forman parte del escenario de referencia”, concluye.
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