Sustentabilidad

Sonner: el emprendimiento que mejora la acústica dándole además una segunda vida a los textiles

Sonner transforma prendas dadas de baja en paneles para mejorar la acústica de oficinas, restaurantes, estudios y salas. Su cofundador, Cristián Marín, cuenta cómo surgió la idea, su desarrollo y las posibilidades de escalar una solución que puede mejorar la audición en las conversaciones.

Los paneles acústicos Sonner están creados a partir de textiles en desuso y pensados para mejorar la calidad acústica de un espacio interior.

Sonner es un emprendimiento chileno que transforma textiles en desuso en paneles acústicos para mejorar las condiciones de distintos espacios interiores. La iniciativa recupera ropa y uniformes dados de baja y los convierte en revestimientos, nubes y bafles acústicos para oficinas, restaurantes, estudios de grabación, colegios y otros lugares donde el ruido y la reverberación afectan la experiencia de quienes los habitan.

La idea comenzó a tomar forma hace cinco años, cuando su cofundador Cristián Marín trabajaba en Marca País y participaba en iniciativas para posicionar a Chile en distintos ámbitos, entre ellos la sustentabilidad. En paralelo, observaba la problemática de los residuos textiles en el norte del país. A eso se sumaba una inquietud personal, ya que, como músico aficionado y baterista, el ruido y la acústica eran parte de su vida cotidiana.

“Chile venía organizando esta famosa COP 25, cumbre climática que iban a ir todas las autoridades del mundo y en paralelo veíamos temas como, por ejemplo, el desierto en el norte, con el basural de ropa que tenemos”, recordaba en una nueva entrevista en Hub Sustentabilidad de Radio Duna.

Así, junto a sus socios, empezaron a preguntarse qué otras propiedades podían aprovecharse de los textiles. Exploraron su capacidad de aislación térmica hasta descubrir que también podían funcionar como absorbentes acústicos. “Nos dimos cuenta que la ropa es un gran absorbente acústico. Las ondas acústicas entran en la fibra y la fibra la almacena, igual como lo que hace el algodón en el arbusto”, explicó Marín.

Los primeros prototipos se hicieron de manera prácticamente artesanal y fueron sometidos luego a pruebas de laboratorio. Después, los resultados los llevaron a profundizar en la idea. Según Marín, los ensayos mostraron propiedades acústicas competitivas con otros productos disponibles en el mercado, abriendo una oportunidad que combinaba dos problemas: la generación de residuos textiles y la exposición al ruido en distintos espacios.

“Ahí nos recontra convencimos de que aquí había una súper oportunidad de, por un lado, disminuir lo que se estaba generando en la segunda industria más contaminante del mundo y, por otro lado, prevenir o mejorar condiciones de acústica de muchas personas que están sujetas a alto nivel o exposición al ruido constantemente”, explicó.

El residuo como solución acústica

Pero el modelo de Sonner no consiste solo en fabricar paneles con ropa descartada, sino que además trabaja bajo una lógica de venta consultiva, donde primero identifica las características acústicas de cada espacio y luego propone una solución. “Cada cliente tiene un dolor y nosotros vamos, diagnosticamos, le hacemos un estudio con elementos profesionales para saber qué tanto ruido tiene y qué tanta reverberancia tiene”, expuso.

A partir de ese diagnóstico, los textiles pueden convertirse en distintos tipos de soluciones como revestimientos de muro, elementos suspendidos en el cielo conocidos como “nubes” o bafles acústicos colgantes, que también pueden incorporarse como parte del diseño interior.

También explicó que la aplicación puede ir desde oficinas y estudios de grabación hasta restaurantes, donde las conversaciones, la música y el ruido de platos pueden generar altos niveles de reverberación. De este modo, han desarrollado soluciones para empresas que buscan abordar simultáneamente sus problemas acústicos y sus residuos.

Uno de los casos que destaca Marín es el trabajo con Ripley. “Nosotros tomamos los uniformes que ellos dan de baja de sus trabajadores, lo incorporamos en nuestro sistema de producción y los entregamos de vuelta a paneles acústicos para sus mismas oficinas”. De esta manera, dijo, “eliminando un residuo que ellos están generando, mejoramos las condiciones laborales de los trabajadores de la empresa”.

El emprendimiento distingue así entre dos tipos de clientes: quienes tienen una necesidad concreta de tratamiento acústico y aquellas empresas que, además, buscan avanzar en reutilización y revalorización de materiales.

Escalar una solución que partió de forma artesanal

Luego de cinco años de desarrollo Sonner está transitando desde una producción semiartesanal hacia procesos con mayor apoyo de maquinaria. “Todos nosotros partimos súper, súper como artesanos, por así decirlo, haciendo el producto nosotros mismos. Luego escalamos un proceso como semiartesanal, como también mucha manualidad, mucho corte o procesos más básicos”, explicó.

Hoy cuentan, por ejemplo, con una cámara de secado con deshidratadores, uno de los puntos más críticos del proceso productivo. Esa evolución les ha permitido aumentar considerablemente su capacidad. “Hace dos meses éramos capaces de producir 150 metros cuadrados, ahora vamos como en 400 y tanto. Nosotros esperamos de aquí al fin de octubre superar los 500”.

La meta, sin embargo, es seguir creciendo. Según el cofundador de Sonner, el potencial de escalamiento dependerá tanto de la demanda como de la incorporación de nuevos procesos y maquinaria.

“La gracia de todo esto es que es súper escalable”, sostuvo. “Esperamos con un poquito de apoyo, obviamente de la mano de la demanda, ser capaces de multiplicar por varios números esa capacidad”.

Abrirse a colegios y espacios cotidianos

Uno de los ámbitos donde Marín ve mayor potencial es en lugares donde la acústica tiene un impacto directo en la experiencia de las personas, como colegios. La empresa ya tuvo una experiencia en una sala de música de un establecimiento educacional de La Pintana, donde pudieron comparar las condiciones del espacio antes y después de la intervención. “El nivel de contaminación acústica dentro de una sala de clases es una cosa terrible”, dijo, destacando además que esto abre una discusión sobre las condiciones en que niños y niñas deben aprender.

“¿Cómo le podemos pedir a un niño a lo mejor que se concentre al 100% de sus capacidades, cuando las condiciones en las cuales está estudiando no son ni cerca ni abajo?”, expuso.

De este modo, graficó que, según las mediciones realizadas por la empresa, intervenir entre un 20% y 30% del espacio puede generar mejoras relevantes en las condiciones acústicas. “Nosotros calculamos que solo acustizando un 20 o 30% del espacio ya puede llegar a una mejor acústica desde un 40 a un 50%. Entonces, imagínate, con poquito espacio lograr un resultado muy importante”.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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