“ATR perro, cumbia”: Pablo Lescano, el hombre que devolvió la cumbia a la villa

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Pablo Lescano.

Es reputado como el ideólogo de la cumbia villera: el subgénero que instaló las problemáticas del barrio, que le entregó una voz a los más postergados y que, a dos décadas de su irrupción, sigue arrasando. Abandonó la movida tropical clásica, combatió la censura y logró demostrar su estatura musical derribando los prejuicios que rodeaban su propuesta. En las próximas líneas, un poco de Pablo Lescano, el tipo que optó por cantarle a los suyos y supo convertirse en un superventas con los códigos de la calle.



—Si los negros bailan, es porque hago buena música, porque ellos no te bailan cualquier cosa —se felicitaba Pablo Lescano en conversación con Rolling Stone—. Es muy jodido hacer bailar a los negros. Muy jodido. Muchos lo intentan y no les sale.

Era 2001 cuando Lescano recibió a Daniel Riera en su casa de calle French, esquina Rivadavia, justo enfrente del barrio La Esperanza. Como Riera, fueron varios los que para entonces lo perseguían, quizás buscando entender los porqués de esa fama temprana, repentina, in crescendo que lo acompañaba. En vísperas del Corralito, del estallido social, del Racing campeón 35 años después, del cuestionadísimo accionar político y policial de la época, y del escape acaso hollywoodense de Fernando De La Rúa de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero, Pablo Lescano ya se sabía un autor de best sellers. Era el producto de un plan perfecto: edificar sobre un cimiento sólido. Erudito de la cumbia, con una prehistoria que registra pasos desde apenas los 12 años en Sueño de Amar, Capricho de Luna y luego Amar Azul, el tecladista de San Fernando vio lo que otros no —o que no quisieron ver—: la exitosa movida tropical de los noventas, de coreografías, bandas cuidadosamente ataviadas en sus presentaciones y frontman pelilargos, de Commanche, Sombras y Ráfaga, repetía sin variar la fórmula del romance, el sexo y el desamor. Acaso por el prejuicio propio de un género como la cumbia, que durante mucho tiempo fue despreciada, se evitaba hablar en sus canciones de pobreza o marginalidad. Ahí había algo: se estaba pasando por alto el día a día de la villa, que alojaba tal vez su público más objetivo.

Lescano, entonces, decidió romper y componer cumbias contundentes, que retrataran esa cotidianeidad que también propiciaba el fin del menemismo y la inminente crisis social y económica que explotaría pronto en el país trasandino. Se propuso cantarles a los negros cumbieros, a las villas miserias y los barrios más postergados. Delimitar a la yuta y los botones como los traidores, amargos, enemigos. Hablar de delincuencia, cárceles y droga, por supuesto. Su corazonada devino en una clase de subgénero de la cumbia, de otra estética, directa y con una jerga más coloquial, con el fin de describir, de manera precisa y bastante cruda, cómo viven los que más carecen. Cumbia villera, la acuñó la empresa discográfica Leader Music.

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En 1999, Pablo materializó su idea: compuso un par de canciones y fue a mostrárselas a Daniel Lescano —exvocalista de La Charanga, que sólo comparte apellido con el pionero del fenómeno— para convencerlo de que él debía ser la garganta de su nuevo proyecto, Flor de Piedra. "Pablo pensó que mi temperamento y mi look podían servir. Cuando me mostró por primera vez las canciones, acostumbrado a la cumbia romántica, no me gustaron nada", reconoció Dani en Rolling Stone. La premisa del plan lo apartó más aún cuando Pablo lo hizo escuchar "Sos un botón": Daniel, que venía recién saliendo de la cárcel de Caseros, recuerda que lo aterró la idea de cantar cuando escuchó la estrofa "Nunca vi un policía tan amargo como vos". Repasó la anécdota en Clarín: "Me dije: '¡No! Recién salgo de estar preso, la puta madre. ¿Otra vez querés que esté en cana?'". Finalmente, las ganas de volver a escena y la incapacidad de agarrar un buen laburo lo empujaron a aceptar la propuesta de Pablo. Grabaron y vendieron más de 100 mil discos. "Sos un botón" o "Gatillo fácil" se convirtieron en algunos de los emblemas del género. Pero el comienzo no fue nada fácil. Antes del éxito, Pablo Lescano enfrentó la férrea resistencia del medio:

—Cuando armé Flor de Piedra, me trataron de loco, me dijeron que estaba tirando abajo a la cumbia, con lo que nos costó adornarla, ponerle volados —le explicó a Riera—…, nadie me daba bola. Entonces ahorré hasta que pude formar un grupo y grabar una producción independiente. Me pagué el estudio de mi bolsillo, produje a Flor de Piedra y le di el master a un pirata para que lo editara él. Recién cuando vieron que vendía, las compañías se empezaron a calentar.

"Beto" Dujovne, uno de los hombres fuertes de la movida tropical, confirmó en una entrevista con Clarín las dificultades que atravesó inicialmente la cumbia villera para poder insertarse: "No fue fácil que acepten a esos grupos porque había otros, los de cumbia clásica, que no querían compartir escenarios con ellos. Preferían evitar que se mezclaran los públicos. La cumbia villera fue un tabú importante y era difícil vender sus shows al principio".

Abierta la puerta, habiéndose sumado Leader Music, un año más tarde emergió Yerba Brava, acaso el segundo más grande exponente del fenómeno, de la mano de Juan Carlos "Monito" Ponce. Éxitos como "Pibe cantina" y "¿De qué te la das?" consolidaron la propuesta: más tarde se sumaron bandas como Meta Guacha o Supermerk2. Incluso Pablo Lescano, también encargado de armar el repertorio de Amar y Yo y Jimmy y su Combo Negro, ese mismo año decidió agarrar la posta y liderar la movida cantando en su propio grupo: Damas Gratis, alcanzando fama inmediata con "Se te ve la tanga", llenando el Luna Park en 2002, participando en la banda de sonido de El Bonaerense, en la serie televisiva Tumberos y torciéndole la mano a una crítica que aún los rechazaba de plano: prohibieron pasar sus canciones en radio y televisión. "La censura nos está agobiando porque no podemos promocionarnos por los medios y hasta en las radios barriales cortan las malas palabras", decía en 2002 Andrés Grimolizzi, representante de la banda.

—A mí me parece que Damas Gratis y la cumbia villera son a la cumbia lo que el punk es al rock —los intentó definir Ricardo Cejas, guitarrista de la agrupación hasta 2004—. Fijáte: cualquiera puede tocar, no hace falta saber música para tocar esto. Si sonás para la mierda, no importa. Lo esencial es expresarte. Eso es el punk y eso es Damas Gratis.

Hoy, sin embargo, a más de dos décadas de su irrupción, la historia por fin cambió: la cumbia villera que germinó Pablo Lescano en el conurbano bonaerense no reconoce límites de clases sociales, sigue vigente, es sinónimo de éxito en términos comerciales y pareciera no tener techo.

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El escenario lo comparten Pablo Lescano y Johana Rodríguez, cantante de Viru Kumbieron: "Los besos de mi boca no fueron suficiente para que te quedaras conmigo para siempre", comienza el líder de Damas Gratis. Es el turno de Johana, mientras Pablo, de camiseta y gorra negra, la sigue con los ojos y una sonrisa clavada: "No me alcanzó el cariño para verte contento, te amaba como loca y no te diste cuenta", continúa la voz sensación de la cumbia romántica. Ahora Lescano, antes de disparar su inconfundible keytar estampado con una AK-47, se dirige a su público: "ATR perro cumbia cajeteala piola gato", les grita rápido, marcando el inicio del hit "Me vas a extrañar". Los miles de presentes acompañan la frase, que ya se ha vuelto un clásico de sus presentaciones. También la canción, que suma sobre los 255 millones de reproducciones en YouTube al cierre de la nota.

¿Pero qué significa realmente el "ATR perro cumbia cajeteala piola gato"?

Un seguidor de Twitter lo buscó a Lescano para sacarse las dudas y el mentor de la cumbia villera se animó: "Es mucho más complejo el contenido de toda la frase. Es difícil explicártelo con letras", le anunció. "Es un relato que retrata a dos personas y sus estados de ánimo. El 'ATR perro cumbia' sería uno, y el 'Cajeteala piola gato' el otro", continuó el mensaje.

Y como si se tratara de una suerte de yin y yang aplicado, profundizó en su rol improvisado de docente: "Uno está ATR —a todo ritmo— perro cumbia... y el otro está bajón, cajeteándola piola. (Pensativo, mal de amor. Vos sabés, perro, no me hagas renegar)".

Pese a la inesperada aclaración, en Argentina se siguió comentando la clásica arenga. En el canal TN, por ejemplo, el periodista y escritor Mario Mactas intentó explicar el significado de "Cajeteala piola, gato", quizás más difícil de entender que el "ATR".

—Cajeteala piola gato, a veces perro, no es político, es para las personas. Guarda y alambra una especie de secreto, es otro tipo de código. Cajeteala tampoco es obsceno —expuso—, significa algo de código interrelacionado: va dirigido, y él mismo dice que es difícil de explicarlo, que no es del todo inefable, para las parejas, o las personas o las relaciones amorosas en crisis. Que se alejan uno del otro…, y que estás triste, bajoneado. Entonces, bueno, arriba. O arriba no: 'Cajeteala piola, gato', y empieza la canción, pero no es por la euforia del 'ATR'. Es como para, secretamente, echar una mano: bancátela que ya van a pasar los dolores".

En frases como la que popularizó Pablo Lescano se puede observar también otra característica de la cumbia villera: el particular uso de ciertas palabras, creando un código inentendible para muchos. Pero resulta hasta lógico: el subgénero nació con la intención de darle voz a los no podían hacerse escuchar, por lo que no es de extrañar el cruce de estos tejidos villeros, más coloquiales, y el lunfardo, la jerga de los bonaerenses postergados en los albores del siglo XX y que influenció directamente al tango y al rock, entre otros.

Ricardo Terrio, profesor de letras argentino, propone en su ensayo El lunfardo en el rock y la cumbia villera la relación entre esta jerga y la música nacional argentina. Habla de la apropiación de ciertas palabras y entrega algunas claves para poder entenderlas. En "Gatillo fácil" de Flor de Piedra, por ejemplo, explica que se trata de un "manifiesto en contra de la policía, a la que nombra de distintas formas: botón, federico, rati, cana". Enumera términos argentinos tan comunes como "chamuyar", "ortiva", "pancho" y "careta". Y también busca definir algunos de los conceptos que la cumbia villera vincula a la droga: "flashear", consumir alucinógenos; "puntero", vendedor de droga; "raviol", dosis de cocaína.

Sobre la frase en particular de Lescano, Julia Zullo, académica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, le explicó a Clarín: "El comentario es muy interesante: 'Lo difundo, lo uso, pero no te doy la clave para entenderlo'. Sigue siendo en definitiva un uso exclusivo-excluyente. El público queda afuera y eso seduce. De todos modos, entre los jóvenes de clase media circulan "lecturas", interpretaciones más o menos fundamentadas de la expresión. Discuten si una versión es mejor que otra. Los límites entre las variedades de la lengua son porosos, por suerte, porque la sociedad no está compartimentada".

La explicación del líder de Damas Gratis, descifrando el código que tantos se atrevieron a adivinar antes sin éxito, sumó varios cientos de retuits y otros tantos comentarios. Uno de ellos, por qué no, explica el fenómeno y el sentir de los fanáticos de la cumbia villera: “Andá a buscarla a Inglaterra, John Lennon. Más argentino que el dulce de leche”.

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