Dunkerque: la historia de un escape milagroso que salvó a Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial

Imagen de Dunkirk, de Christopher Nolan

Hacia junio de 1940, un cuerpo de expedición británico fatigado y acorralado, logró escapar desde la costa francesa tras resistir un feroz embate de los alemanes. La historia, llevada al cine por Christopher Nolan -y disponible en Netflix-, fue uno de los episodios críticos de la Segunda Guerra Mundial, y entregó a los aliados un primer relato heroico, frente a una seguidilla de desastres en los campos de batalla.



Es probable que cada uno de los soldados británicos que marchó a pie hacia las playas de Dunkerque en el verano boreal de 1940, viera caer desde el cielo los enormes cilindros metálicos que les arrojaban los bombarderos alemanes cuando pasaban a baja altura. Por su silbido seco y agudo, muchos pensaron que se trataba de alguna bomba como las que caían a menudo. Pero no era el caso.

Al caer, los cilindros explotaban y soltaban su contenido. Hojas. Eran hojas impresas con un mapa de la zona, en el que se podía ver a las tropas de la Fuerza Expedicionaria de SM británica, rodeadas por los alemanes."¡Soldados británicos! ¡Miren este mapa, que muestra vuestra verdadera situación! Vuestras tropas están completamente rodeadas. ¡Dejen de luchar! ¡Depongan las armas!", instaba un pequeño texto, en inglés y francés, escrito en un costado.

No iban a deponer las armas, pero tampoco se iban a quedar mucho tiempo más allí. Serán evacuados días más tarde desde Dunkerque en una operación militar de gran escala, que rescató los restos de una expedición que debía ser corta y victoriosa, pero que regresaba a casa, derrotada y al borde del colapso. Se le llamó la Operación Dínamo, pero Winston Churchill, el célebre primer ministro inglés, prefirió describirla en su alocución ante la Cámara de los Comunes como un “milagro de liberación”.

La trampa de los alemanes

A las cinco de la tarde del 27 de mayo de 1940, el Rey Leopoldo III envió a un emisario al puesto de mando de los alemanes. Tras enterarse de la derrota total de sus tropas en los duros combates del río Lys, había decidido ejecutar una decisión que había tomado hace algunos días; la rendición incondicional de Bélgica a los invasores. Para él, todo había terminado.

Desde que las tropas de la Wehrmacht cruzaron la frontera belga, pasaron solo diecisiete días. Y aunque intentaron resistir, a Leopoldo le quedó claro, casi desde el primer momento, que nada podría hacer ante la brutal maquinaria de guerra que coordinaba al ejército, los tanques y la aviación con una eficacia quirúrgica. A eso le llamaban Blitzkrieg (o “guerra relámpago” en español), y con ella se habían dejado caer sobre Polonia y los países nórdicos, sorprendiendo a Europa.

“La terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial había llevado, tanto a alemanes como a franceses, a tomar sus propias medidas para evitar que un enfrentamiento en el oeste desembocase de nuevo en una sangrienta guerra de trincheras”, explica Jesís Hernández en su libro Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial (Ediciones Nowtilus, 2009). Por eso, los germanos comprendieron que “el mejor remedio para evitar el estancamiento del frente era la movilidad”.

El mismo día que los paracaidistas alemanes se lanzaron sobre la fortaleza belga de Eben Emael para comenzar la invasión (el 10 de mayo), también se rompieron los fuegos sobre Luxemburgo y Holanda (que incluyó un bombardeo brutal sobre Rotterdam). La idea del alto mando de Hitler era avanzar lo más rápido posible hacia la frontera francesa y conquistar París con un solo gran movimiento. Lo que no habían conseguido en 1914, por estancarse precisamente en Bélgica.

Además, los alemanes querían evitar el desgaste de enfrentar la Línea Maginot, una serie de fortificaciones defensivas construidas por los franceses en su frontera, aterrados por la experiencia de la Gran Guerra. Con 400 kilómetros de largo, se extendía desde Suiza hasta Luxemburgo. “Era un sofisticado sistema de fortificaciones compuesto de búnkeres de cemento y acero, unidos por una red de túneles que incluso contaba con un pequeño tren subterráneo, capaz de trasladar las tropas de un punto a otro de la línea”, explica Hernández.

El tren subterráneo de la Línea Maginot Foto por Keystone/Getty Images

Mientras la aviación dejaba caer sus bombas, el ejército y la Gestapo ocupaban los Países Bajos e imponían una severa restricción de movimientos a la población judía. Así lo vivió en Amsterdam la familia de la niña Ana Frank, quien no pudo asistir más al cine y debió matricularse en una escuela segregada. Dos años más tarde, comenzó a escribir su célebre diario en que detalló sus vivencias en la clandestinidad.

Por su lado, el gobierno de Bélgica se exilió en Francia, pero Leopoldo se negó a asilarse pese a las ofertas que le hicieron llegar y la insistencia de sus ministros. El monarca solicitó ayuda a los británicos y a los franceses para resistir a los alemanes. Estos decidieron unirse y atacar. Pensaron que bastaba con tomar la iniciativa, emplear una táctica móvil con sus tanques y así los germanos se irían derrotados. Pero mientras avanzaban sin oposición por los devastados campos belgas, el alto mando alemán preparaba su próximo y sorpresivo movimiento.

La Línea Maginot no era del todo inexpugnable. No solo no cubría la frontera con Bélgica, sino que además dejaba sin protección una espesa zona de bosques, conocida como las Ardenas. Un territorio montañoso y de escasa población, debido a su clima frío y la poca utilidad agrícola de sus tierras. El generalato francés, consideró que lo difícil del terreno lo volvía una barrera natural infranqueable, pero se equivocaron. Con sus tanques y vehículos blindados los alemanes atravesaron la frontera, y tomaron rumbo oeste hacia el canal de la Mancha. Solo un par de días después, los comandantes de las tropas francesas y el cuerpo expedicionario británico, comprendieron que habían caído en una trampa.

Ataques sobre la playa

El mismo día en que el Rey Leopoldo anunció a los alemanes su intención de capitular, los aliados se organizaban para preparar un perímetro defensivo alrededor de la ciudad de Dunkerque, el punto hasta donde se habían replegado los británicos, y algunos franceses, para ser evacuados de regreso a las islas.

Para los franceses la situación era desesperada. Fueron empujados hacia la costa por la ofensiva que salió con furia desde las Ardenas. Peor aún, como habían dispuesto a todos sus efectivos en la frontera y el resto fue a Bélgica, los altos mandos se encontraron con que no tenían más tropas de reserva. Así se lo hizo saber el general Gamelain en una descarnada carta a Churchill. No había más hombres para detener el avance de Hitler.

Winston Churchill

Mientras, los británicos arrancaron desde Bélgica perseguidos por la Wehrmacht. Estos los sorprendieron con su tranco arrollador desde los Países Bajos. En pocos días, con sus panzer y aviones, las fuerzas del III Reich apretaron la gran tenaza con la que encerraron a los aliados en dos frentes. La victoria estaba asegurada.

Pero una vez que las tropas cruzaron la frontera y enfilaron hacia la cercana ciudad francesa de Dunkerque, Hitler ordenó a los panzer abandonar la persecución. Una decisión insólita que hasta hoy genera debate. El Führer sólo consintió en que algunas tropas atacaran los puntos estratégicos, pero no cedió en que el peso de la destrucción de los británicos se lo llevaría la Luftwaffe, la fuerza aérea dirigida por el segundo hombre más poderoso del Reich, Hermann Göring.

Como sea, los británicos tuvieron que soportar el ataque de las tropas alemanas que intentaron impedir su escape. En ese punto parte la trama de la película Dunkerque, de Cristopher Nolan. Tras cruzar el perímetro defensivo de la ciudad, el soldado Tommy (Fionn Whitehead), baja hasta la playa para esperar la evacuación y allí vive el feroz bombardeo de los Stukas, que sobrevolaban la playa para atacar a los indefensos y exhaustos reclutas.

Diseñado en 1935 por Hermann Pohlmann, el Stuka debutó en combate durante la Guerra Civil Española, como integrante de la Legión Cóndor, la división enviada por Hitler como apoyo para las fuerzas sublevadas, de Francisco Franco. Era un avión que atacaba en picada y que incluso, para infundir terror, activaba una escandalosa bocina. Sin embargo, esta se deshabilitó tiempo después porque los ingenieros alemanes notaron que volvía más complejo el sistema de armamento, además avisaba al enemigo de su presencia y por si fuera poco, los mismos pilotos se quejaron de que el sonido era insoportable.

En Dunkerque, los aviones se lanzaban a toda carrera. “Los primeros ataques aéreos habían causado el pánico entre los soldados, pero al comprobar que, en ocasiones, el único efecto de las explosiones era un repentino e inofensivo surtidor de arena, poco a poco fueron perdiendo el miedo”, explica Hernández.

De todas formas, los ataques nunca fueron olvidados por los sobrevivientes. “Hay sangre y carne por todas partes; cuerpos mutilados que diez segundos antes eran hombres a los que conocía personalmente, amontonados en grotescos guiñapos a mi alrededor (...) Consigo subir con dificultad hasta donde está tumbado el artillero, con el cuello y el vientre desgarrados y una mano volada. Todavía respira y gime débilmente”, cuenta un subteniente en el libro Las voces olvidadas de Dunkerque.

El 26 de mayo desde un puesto de comando en Dover, se ordenó el inicio de la llamada Operación Dínamo. Un esfuerzo del almirantazgo que incluyó a los transportes de la marina y algunos buques mercantes. En su filme, Nolan además agrega pequeñas embarcaciones civiles, pero hay quienes cuestionan que realmente eso haya ocurrido. Como sea, los barcos se mantenían en altamar y con lo que tenían, resistieron los embates de los alemanes. Algunos lograron el regreso, otros fueron hundidos.

Pocos días antes, Churchill había autorizado la operación, tras rechazar la oferta del Duce, Benito Mussolini, de mediar como intermediario en las negociaciones de paz con los alemanes. Aunque algunos ministros le recomendaron hacerlo, considerando que podían obtener condiciones ventajosas, el premier aseguró que aún no habían sido derrotados y ceder significaba, en la práctica, quedar a merced de Hitler.

Mientras eran atacados, los soldados británicos se preguntaban dónde estaban los aviones de la Royal Air Force. La respuesta, según el libro Dunkirk, de Joshua Levin (HarperCollins, 2017) es que algunas divisiones estaban estacionadas en los aeródromos franceses, pues los habían destinado allí para apoyar a sus aliados. El resto, se quedaría en las islas británicas a la espera del inminente ataque alemán.

Imagen de Dunkirk, de Christopher Nolan

En principio, a los jóvenes pilotos les costó enfrentar con éxito a sus rivales, por la densa niebla de la zona y porque no contaban con experiencia en combate, al contrario de los alemanes, fogueados durante la Guerra Civil Española, donde pulieron sus tácticas. Pronto comprendieron que las reglas de la RAF estaban obsoletas y decidieron copiar las formaciones y la manera de atacar de la Luftwaffe. Ahí se hicieron más competitivos y consiguieron repeler la amenaza.

Con el paso de los días, los británicos lograron lo impensado. Las cifras varían, pero al menos hasta el 2 de junio, se estima que se evacuaron a casi 230.000 efectivos, y un poco más de 100.000 franceses. Churchill, quien asumió como Primer Ministro el mismo día en que los alemanes invadieron los Países Bajos, habló ante la Cámara de los Comunes para dar a conocer los detalles de lo ocurrido y por sobre todo, tratar de involucrar a la nación en el conflicto. “Continuaremos hasta el final -señaló el 4 de junio-. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste”.

De alguna forma, el premier comprendió que la acción de los británicos en Dunkerque, serviría para la fortalecer la moral de las tropas, quienes hasta ese momento solo habían conocido derrotas. “Aunque en realidad la campaña del cuerpo expedicionario británico en el continente había sido un sonado desastre, el éxito de la evacuación permitió albergar la esperanza de que algún día los Aliados pudieran enfrentarse a la Wehrmacht con garantías de victoria”, detalla Hernández.

Pocos días después, el 10 de junio, los blindados de Hitler cruzaron el Sena y se pusieron a un tiro de piedra de Paris. Los franceses formaron un nuevo gobierno, a la cabeza del mariscal Petain, el héroe de Verdún en la guerra anterior, que en esa coyuntura cooperó con los vencedores. Con su desarrollado sentido del espectáculo, el Führer les hizo firmar el armisticio en el mismo vagón donde lo habían hecho los alemanes en 1918. Comenzaban los días oscuros para los aliados.

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