Chile y Argentina en la literatura: un terreno de relaciones fluidas y sin rivalidad

En general, entre las escritoras y escritores de ambos lados de la Cordillera ha existido siempre una relación cordial, de lecturas mutuas y hasta de influencias. Casos como los de María Luisa Bombal, Manuel Rojas o Elvira Hernández dan cuenta de esa situación. Actualmente, entre las editoriales hay tal grado de hermandad que se publican autoras y autores indistintamente de un lado y otro. A diferencia del fútbol y la cancha, cuando se trata de libros, no existen fricciones ni partidos de dientes apretados.



A diferencia del mundo musical, donde han habido sonoros choques entre artistas chilenos y argentinos (cómo olvidar la tensa relación a distancia entre Los Prisioneros y Soda Stereo durante los ’80, por ejemplo), en el plano literario, la cosa no ha tomado ribetes de conflicto. Por el contrario.

“La relación entre escritores argentinos y chilenos data de mucho tiempo. No es una cosa de ahora, donde se ve que hay una relación fluida”, señala a Culto el escritor chileno Gonzalo León, un especialista en la materia, quien además reside en Buenos Aires hace más de 10 años.

“Habitualmente es una relación sana -añade León-. Está imbuida de conflictos, encuentros, simpatías, antipatías, eso es lo normal de una relación. Y me parece que es lo que ha sucedido entre escritores chilenos y argentinos”.

León, señala que entre ambos mundos escriturales hay lecturas entrelazadas.”Hay argentinos, que en menor medida leen a chilenos; y chilenos, que en mayor medida leen a argentinos”, apunta.

Rojas, Borges, Bombal

Para remontarse al origen de estas relaciones, León se va a las décadas de 1920 y 1930. Ahí, hay tres nombres claves: los chilenos Manuel Rojas (aunque nacido en Buenos Aires) y María Luisa Bombal; más el argentino Jorge Luis Borges. “Se codearon y fluyeron a dos mundos totalmente distintos de la literatura argentina, que no es la de hoy”, dice.

León señala que en la década del ’20, hay una relación que tiene algún tinte de rivalidad, pero fue netamente literaria: “Manuel Rojas, influye y es considerado uno de los fundadores del Grupo de Boedo, es decir, un realismo social, comprometido, antivanguardias. Este grupo se oponía al Grupo Florida, donde estaba el vanguardista Borges”.

manuel rojas
Manuel Rojas.

Distinto fue el caso de María Luisa Bombal, quien llegó a vivir a Buenos Aires en 1933. “Eso fue cuando Rojas ya había regresado a Chile. La Bombal se vincula con el grupo opuesto al que se vinculó Rojas, los que quedaban del Grupo Florida. Era el grupo Sur”, dice León. Acá habían nombres como el mismo Borges, Oliverio Girondo, Adolfo Bioy Casares y Victoria Ocampo.

De hecho, Bombal se hizo reconocida en el ambiente cultural argentino debido a que fue la editorial de la revista Sur la que publicó sus novelas La última niebla (1935) y La amortajada (1938). “El grupo Sur era el heredero del grupo Florida, como un vanguardismo más disfrazado, otra mirada”, dice León.

El mismo Borges en su minuto opinó -antes de su publicación- que la novela La amortajada no funcionaría. “Me dijo que era una novela imposible de escribir, porque se mezclaba lo realista con lo sobrenatural”, contó años más tarde la misma Bombal en su Testimonio autobiográfico, que se encuentra en el volumen Obras completas (Zig-Zag, 2016). El resto es historia conocida: Borges falló medio a medio en su pronóstico, pero terminó reconociéndolo.

Tanto fue su cercanía, que en 1976, una información reproducida en la prensa chilena señaló que el autor de El Aleph solicitó al régimen militar una pensión de gracia para Bombal. Ésta lo desmintió tajante: “Jamás he pedido un centavo del gobierno de Chile”, y señaló que en rigor se trató de una confusión, puesto que a lo que ella aspiraba era al Premio Nacional de Literatura. Curiosamente, el régimen militar le concedió a la autora una pensión de gracia, en 1978, aunque nunca obtuvo el ansiado Premio Nacional.

María Luisa Bombal y Jorge Luis Borges, en la última visita del trasandino a Chile, en 1976.

Otros ejemplos: Elvira Hernández y Pedro Lemebel

Las relaciones literarias chileno-argentinas también tienen otros episodios. La poeta Elvira Hernández, por ejemplo, publicó en Argentina su libro La bandera de Chile, en 1991, que en nuestro país había circulado 10 años antes de manera clandestina en base a rústicas hojas mimeografiadas.

“Elvira Hernández vivió en Argentina, publicó en una editorial importante de poesía, Editorial Libros de Tierra Firme. Era la editorial donde a fines de los ’80 y principios de los ’90, los poetas estaban ahí publicando”, cuenta León.

Elvira Hernández.

Gonzalo León añade otro dato: a principios de los ’90 se realizó un encuentro entre escritores chilenos y argentinos. “Ahí se produce el encuentro entre Néstor Osvaldo Perlongher y Pedro Lemebel”, señala León. Ambos, eran referentes del movimiento homosexual en sus respectivos países.

El caso de José Donoso

“También hay inserciones algo más complejas”, dice León, y recuerda el caso de José Donoso, quien se fue a vivir a Buenos Aires entre 1958 y 1960. “Por lo que sale en sus diarios, Donoso no tuvo una buena inserción en Argentina, a diferencia de Rojas, Bombal o la Elvira Hernández. No necesariamente un escritor chileno en Argentina va a tener una buena comunicación. Él lo pasó mejor en Estados Unidos”, añade el autor de Espejo Converso (2021).

Aunque tratándose de José Donoso, un novelista con un carácter bastante atormentado, la lectura de Gonzalo León es una, y válida. Pero también hay otras. Cecilia García-Huidobro, quien ha estudiado la obra del autor de El obsceno pájaro de la noche tiene otra opinión sobre su paso por Argentina.

“Donoso era un tipo complejo, y nada era sencillo para él. Si uno lee su diario desconectándose de quién lo dice y cómo es el resto de su experiencia existencial, suena como que lo está pasando mal en Buenos Aires, pero en otros momentos de su vida, uno se encuentra con algo similar. Yo no estoy tan de acuerdo que lo de Argentina haya sido una experiencia particularmente compleja para él”, señala García-Huidobro.

Para completar el cuadro, la académica de la UDP agrega: “Por supuesto, tuvo momentos de mucha angustia, de muchas dudas. Le pasaba que sentía que no era acogido, o que alguien en la calle no lo saludó y él hace una hiperlectura sobre eso. Su desasosiego era literario, él era alguien que necesitaba publicar, necesitaba encontrar ese mundo que quería relatar, y eso le pasaba en cualquier parte”.

José Donoso.

Te llevo para que me lleves

Las buenas relaciones literarias chileno-argentinas han llegado también -hasta hoy- a la edición de libros. Ya citábamos que Bombal publicó en la editorial Sur, y Elvira Hernández en Libros de Tierra Firme. Pero hay más casos de chilenas y chilenos publicando en Argentina; y aún más, de argentinas y argentinos publicando en Chile.

Por ejemplo, Diamela Eltit publicó recientemente vía Ampersand el libro El ojo en la mira; Alejandra Costamagna, publicó Imposible salir de la tierra en el sello Añosluz. O el caso de la editorial Mansalva, que ha publicado a varios chilenos: Roberto Merino (En busca del loro atrofiado), Claudio Bertoni (El cansador intrabajable), Sebastián Olivero (Un año en el budismo tibetano) y el mismo Gonzalo León (Serrano).

En Chile, las editoriales nacionales también han publicado a autoras y autores trasandinos. Marina Mariasch publicó El matrimonio, vía Los libros de la mujer rota; María Moreno, Contramarcha, en Alquimia Ediciones; la editorial Calabaza del diablo publicó la antología Volveré y seré la misma, Panorama de nuevas narradoras argentinas, además del libro Durazno reverdeciente, de Fernanda Laguna; Montacerdos publicó libros de Federico Falco (Flores nuevas), María Moreno (A tontas y a locas), Selva Almada (El viento que arrasa) y Mariana Enriquez (Cuando hablábamos con los muertos y Alguien camina sobre tu tumba).

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