Distancia de rescate: Samanta Schweblin y el terror de la zona de sacrificio

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La primera novela de la escritora trasandina, publicada en 2014, ya está disponible en su adaptación al cine a través de la plataforma Netflix. ¿Cuáles son las claves de una novela extraordinaria? Schweblin pasó de ser cuentista a novelista con un relato que cruza los sobrenatural con el problema real de las consecuencias del uso de los pesticidas en el campo.



Una madre agoniza con una extraña fiebre en la cama de un hospital de un abandonado pueblo de provincia, al parecer está intoxicada y su muerte parece irremediable. De cerca oye la voz de un niño, David, quien no podría ser David. Con su compañía intentará reconstruir los hechos que la terminaron llevando al hospital y de alguna forma le permita entender lo que pasó.

Ese relato con el que Amanda, la joven de la cama, quiere tener claro lo que pasó es el que guía la novela Distancia de rescate, escrita por la argentina Samanta Schweblin. Hoy, la novela no solo se puede encontrar en las librerías, sino a través de la pantalla. Sí, porque este miércoles se estrena en Netflix una película basada en la novela. Fever dream, es su nombre en inglés.

Publicada en 2014, fue la primera novela de Schweblin, quien venía de desarrollar una interesante trayectoria como cuentista, puesto que ya había publicado dos libros de relatos: El núcleo del disturbio (2002) y Pájaros en la boca (2009), por este último, había obtenido el prestigioso Premio Casa de las Américas. Además, había recibido el Premio Juan Rulfo por el cuento Un hombre sin suerte, acaso su mejor relato. Por eso, no es de extrañar que esta novela partió originalmente siendo un cuento más.

“Empezó como un cuento que no funcionaba, un cuento con muchos problemas -comentó la misma Schweblin en una entrevista con Revista Leemas de Gandhi-. A pesar de que los personajes eran los que yo quería y en apariencia todo funcionaba, había algo que no me cerraba. Y claro, a mi cabeza de cuentista le tomó un tiempo darse cuenta que el problema era que esa historia no se podía contar en 10 páginas, necesitaba 120 páginas más. Una vez que me di cuenta de eso, la escritura fue bastante rápida, gran parte del texto ya estaba en mi cabeza”.

Distancia de rescate es el concepto -o más bien una obsesión- que acuña Amanda, la protagonista, respecto al tiempo y distancia que la separa de Nina, su hija, y que en rigor, es lo que tardaría en correr hacia la chica y salvarla en caso de un peligro inminente. Ese hilo invisible es el que cruza toda la novela.

“Tiene mucho que ver con el hilo umbilical, que es un hilo real, físico, que une dos cuerpos y que en un momento se corta...me parece que se puede cortar físicamente pero queda algo ahí, tirante, invisible entre una madre y un hijo. Es un hilo que me gusta pensarlo como los de las cañas de pescar, que son transparentes, livianos, que mal enroscados podrían matar, es un hilo peligroso...es una alarma que se enciende en esas madres. Ese hilo tensa y cuando pasa algo, tira”, agregó Schweblin en la misma entrevista.

Lo fantástico y lo ecológico

Schweblin es considerada uno de los nombres clave de la nueva literatura argentina, junto con Ariana Harwicz, María Gainza, Martín Kohan, Selva Almada, Federico Falco, Gabriela Cabezón Cámara, Luciano Lamberti o Mariana Enriquez. Se le suele también etiquetar dentro de grupo de escritores que están desarrollando un acercamiento a lo fantástico e incluso al terror, tras décadas de reinado de lo realista.

Pero, ¿es Distancia de rescate una novela de terror? Si se piensa tradicionalmente, no, porque no hay monstruos que asesinen o devoren. Sí hay elementos sobrenaturales, como el hecho de que David pierde la mitad de su alma. Pero en rigor, hay algo, un “más allá”, que a la manera de los buenos escritores (el iceberg del que hablaba Hemingway) no se nombra pero se toca de manera soterrada.

“No es una novela de terror, para nada -dice Schweblin en la entrevista-, pero me parece que hay muchos elementos, por ejemplo, esta cantidad enorme de niños con malformaciones en un pueblo lleno de abortos espontáneos, donde los caballos caen desmayados porque sí, donde los patos se mueren, que pareciera que son elementos arbitrarios del género fantástico, y no está mal que alguien que está fuera del tema los lea así, ¡pero lo terrible es que en realidad eso pasa! Esas son las consecuencias de los pesticidas en el campo argentino”.

Ese punto, lo ecológico, es el que le da finalmente el carácter tan particular a la novela. Que el agua del río donde bebe David, y que desencadena una serie de hechos, esté envenenada tiene que ver justamente con las consecuencias de los cultivos. “Al emparentar sutilmente las plantaciones de soja transgénica con el temor a la deformación, física y moral, de la propia descendencia, Schweblin trasciende dos posibles lecturas de su novela (la maternal y la ecológica) y desmonta el concepto de naturaleza. La ‘distancia de rescate’ se transforma en el vulnerable espacio del cuidado del humanismo burgués, una familiaridad con el mundo ya perdida”, señaló el crítico literario de Babelia Carlos Pardo, en 2015. Al final el monstruo que daña a la gente no es un vampiro o un dragón, sino la contaminación.

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Complejo y asfixiante

Publicada originalmente por la mexicana editorial Almadía, fue rápidamente traducida al inglés con el nombre Fever Dream. En el idioma anglo, obtuvo el Premio Shirley Jackson a la mejor novela corta en 2018, y fue una de las seis nominadas al prestigioso International Booker Prize, en su edición de 2017. La traducción corrió por cuenta de Megan McDowell, y la tarea no fue menor, puesto que la novela no tiene una escritura sencilla. Sobre todo al comienzo, hay un cruce de voces que obliga al lector a estar particularmente atento.

“Es un libro complejo, sí, pero también es un libro escrito con mucho cuidado y extrema sensibilidad, y una prosa tan meticulosa suele prestarse para la traducción -dice McDowell a Culto-. Samanta sabe bien cómo crear una sensación de inquietud en el lector, ya en el comienzo del relato hay mucha tensión y no la suelta hasta el final. No hay momentos flojos en el libro, y ese era el reto de la traducción también, mantener esa atmósfera de suspenso”.

El escritor nacional Diego Zúñiga también comparte su parecer sobre la novela. “De Distancia de rescate recuerdo, sobre todo, lo asfixiante de su lectura. Quizá resulta imposible desligar el libro del momento en que lo leí, una noche de insomnio, donde toda esa pesadilla que Samanta Schweblin construye con un talento descomunal probablemente se confundió también con mi propia vigilia. Me genera mucha curiosidad saber cómo esa tensión narrativa tan bien trabajada por Samanta –donde el lenguaje tiene una preponderancia innegable— se despliega ahora en lo audiovisual”, señala el autor de Niños héroes a Culto.

“Samanta Schweblin me parece una narradora impresionante -agrega el iquiqueño-. Todos los años vuelvo a sus cuentos y los comparto en mis talleres para discutir sobre lo que significa narrar”.

Hoy, la novela se encuentra bajo la etiqueta Literatura Random House, su directora editorial en Chile, Melanie Josch, aún la tiene en la retina. “Recuerdo haber leído Distancia de rescate con el corazón en la mano y casi hipnóticamente -dice a Culto-. Bien se ha dicho que la autora logra retratar con acierto la relación entre madres e hijos, ese miedo constante a que pueda ocurrirles algo, como si la tragedia estuviera siempre a la vuelta de la esquina. Samantha nos lleva en esta novela -y en otros de sus libros- a los límites del terror sicológico”.

“En eso me parece una escritura maestra, capaz de invitar al lector a observar sus miedos más profundos, más difíciles de desentrañar -agrega-. Y a la vez nos obliga a pensar en la crisis ecológica, pues la novela se sitúa en un medio ambiente tóxico, allí donde la vida ya no es sostenible. Podría ser una ‘zona de sacrificio’, ese horrible término que lastimosamente se usa hoy en Chile”.

La película Distancia de rescate es protagonizada por Dolores Fonzi y María Valverde, dirigida por la cineasta peruana Claudia Llosa, quien también elaboró el guión junto a Schweblin. Parte del filme fue rodado en el sur de Chile, en los alrededores de los lagos Villarrica y Llanquihue.

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