Una batalla en las calles de Santiago: la historia secreta del Motín de Figueroa

El teniente coronel español, Tomás de Figueroa.

El 1 de abril de 1811 un coronel español lideró un alzamiento para impedir la elección de diputados del primer congreso y que se disolviera la Primera Junta Nacional de Gobierno. Sin embargo, las cosas tomaron un cariz inesperado, incluyendo una curiosa batalla en la Plaza de Armas. Esta es la historia de uno de los hechos poco recordados de la historia de Chile.



No obedecieron las órdenes. La idea era que los soldados del regimiento de Dragones, asentados en el cuartel de San Pablo (hoy, el sector ubicado en calle San Pablo entre Teatinos y Amunátegui), se ubicaran en la plazuela que seguía al edificio del Consulado para resguardar el orden público. Ese 1 de abril de 1811 era especial, puesto que en Santiago se realizarían las elecciones para definir a los diputados que representarían a Santiago en el primer Congreso Nacional.

Pero estos Dragones no quisieron saber ni de elecciones ni nada. Se negaron a obedecer al comandante del regimiento, el teniente coronel Juan Miguel Benavente. Los soldados le preguntaron desafiantes: “¿Por quién vamos a pelear hoy?”. El oficial contestó que iban “a sostener la causa de la patria y de rey Fernando”. La respuesta no les gustó y se declararon en rebeldía.

En abril de 1811, el poder ejecutivo se encontraba bajo la Primera Junta Nacional de Gobierno, formada el 18 de septiembre de 1810 con el fin de cuidar el poder del rey Fernando VII, preso por Napoleón. En ese momento, la presidencia la tenía el anciano Mateo de Toro y Zambrano, pero tras fallecer en febrero de 1811, la conducción la asumió uno de los vocales, Juan Martínez de Rozas. Un hombre audaz y partidario de la independencia.

Juan Martínez de Rozas.

Decidido a todo, Martínez de Rozas tuvo la idea de acelerar la convocatoria de un Congreso Nacional. Si bien la idea se venía discutiendo desde 1810, Rozas estaba decidido a llevarla a cabo. “Martínez fue el impulsor de la creación del Congreso -explicó a Culto el historiador Cristián Guerrero Lira, académico de la U. de Chile-. Cuando se formó la Junta gubernativa del reino se pensó en hacerla más amplia y representativa de los distintos centros poblados de Chile. Mal que mal solo representaba a los vecinos de Santiago que le habían dado vida y no se podía ignorar a los del resto del país. En ese tránsito de una suerte de Junta más amplia a la idea de convocar a un Congreso, Martínez jugó un rol determinante, venciendo las resistencias del resto de los miembros de la Junta”.

Con ese fin, se convocaron a elecciones en las provincias de país para el 1 de abril de 1811. Es ahí cuando nos encontramos a los amotinados del cuartel de San Pablo. Simpatizantes de la corona española, amenazaron con sus fusiles a Benavente. Ahí tomó la palabra el cabo Eduardo Molina “prorrumpiendo en palabras sediciosas en que declaraba que ni él ni sus compañeros reconocían otro jefe que el teniente coronel Tomás de Figueroa”, anota Diego Barros Arana en su Historia general de Chile.

“¡Muera la Junta!”

Oriundo de Málaga, Tomás de Figueroa y Caravaca ya contaba casi 64 años, una edad muy avanzada para la época, aunque todavía se encontraba sirviendo en el Ejército. La noticia de que los amotinados lo querían como líder no tardó en llegarle, por lo que se presentó en el Cuartel de San Pablo en medio de los vítores de los soldados que gritaban “¡Viva el rey!”, “¡Muera la junta!”.

El objetivo era claro. Dar un golpe de fuerza que demoliera a la Junta de gobierno, suspendiera las elecciones de diputados y se restaurara el orden colonial. Para ello, junto a los 250 hombres que se le pusieron a sus órdenes, se dirigió a la plazoleta frente al edificio del Consulado (ubicado donde hoy se encuentran los tribunales, en la intersección de las actuales calles Compañía y Bandera). Faltaba poco para las 9 de la mañana. Ahí se encontró con una sorpresa: en el lugar no había nadie.

Edificio del Tribunal del Consulado.

Contrariado, Figueroa ordenó a sus hombres que se dirigieran a la Plaza de Armas de Santiago. Ahí, dejó formada a la tropa y él ingresó al Palacio de la Real Audiencia -el tribunal de Justicia de la época- para obtener el apoyo de los oidores. Mal que mal, era la única institución colonial designada por el rey que permanecía funcionando. Los miembros de la Real Audiencia -señala Barros Arana- le dieron su apoyo, pero le recomendaron que evitara el derramamiento de sangre.

Contento por el éxito de su gestión, Figueroa volvió a la Plaza para reunirse con la tropa. Hasta esos entonces, nadie le había salido al camino, y pensaba que en solo unas horas ya tendría restaurado el orden monárquico anterior a la Junta de Gobierno. Pero en esos momentos, del lado de los patriotas ya se estaban moviendo.

Tras la llegada de Figueroa, los comandantes Benavente y Vial fueron prestos a la casa de Fernando Márquez de la Plata, donde se encontraba reunida la Junta de Gobierno, para informar de lo acontecido. Apenas llegaron las noticias de que Figueroa había llegado a la Plaza, Martínez de Rozas ordenó que se dirigieran de inmediato a sofocar la sublevación. Para ello, contarían con la ayuda del batallón de Granaderos junto a sus cañones. Vial quedó a la cabeza.

Plaza de Armas de Santiago en el siglo XIX.

La tensión iba en aumento. Con 500 hombres y cañones, Vial se dirigió a la Plaza de Armas, a la que ingresó por el costado sur, donde apostó los cañones. Al otro lado, al costado norte, lo esperaba Figueroa. Entretanto, y como si fuera un duelo en el viejo oeste, los comerciantes del sector cerraban las puertas de sus negocios para prevenir saqueos.

Cerca de las 10 de la mañana, Figueroa y Vial comenzaron un intercambio de palabras desde un sector de la plaza al otro. El español le ordenó que se pudiera bajo su mando, pero Vial se negó argumentando que solo respondía a la Junta. En ese instante, Figueroa se dio media vuelta y ordenó descarga de fusilería. Vial hizo lo propio, pero además que se dispararan los cañones.

Entonces ocurrió. Apenas efectuada la primera descarga de artillería, los hombres que acompañaban a Figueroa se dispersaron presa del pánico. El anciano teniente coronel, viéndose abandonado, emprendió la huída mientras gritaba “¡Soy perdido, me han engañado!”.

Las horas finales

Apareció en la plaza el mismísimo Juan Martínez de Rozas para supervisar los hechos. Después de ir a encarar a los oidores de la Real Audiencia acusándolos de haber instigado la sublevación (poco después se disolvería), ordenó la captura de Figueroa. Como hombre de acción, él mismo se puso a recorrer las calles de Santiago, y voz en cuello ofrecía una recompensa de 500 pesos de oro para quien lo atrapara. Pronto, llegó el dato de que el español -tras abandonar la chaqueta de su uniforme y sus armas- se había intentado refugiar en el Convento de las Clarisas, donde halló las puertas cerradas. Ante esto, se dirigió al Convento de Santo Domingo. Hasta ahí llegó Rozas, quien mandó a cercar todas las entradas y salidas del recinto. Pero no lo encontraron.

Y cuando Rozas ya se retiraba, un muchacho se le acercó diciendo que sabía dónde estaba Figueroa. Según él, había que ir al huerto que tenía el padre González. Y efectivamente ahí lo hallaron, escondido bajo una parra, cubierto con sus hojas. Al mediodía, Figueroa ya se encontraba en la cárcel pública, engrillado. Pocas horas después se le hizo declarar en el juicio en su contra. Terminó hacia las 10 de la noche.

Fray Camilo Henríquez

En realidad, su sentencia estaba casi decidida de antemano. De hecho, el mismo Martínez de Rozas empujó para que se le condenara a muerte y la sentencia se ejecutara esa misma noche. A las 12 de la noche, se le leyó la sentencia en la estrechez de su celda, en el papel quedó estipulado que se le fusilaría en las próximas 4 horas y se le permitiría elegir un confesor. Figueroa, resignado, eligió a un cura español conocido por sus ideas monárquicas. Sin embargo, solo se le permitió confesarse con Fray Camilo Henríquez. El coronel se resistió, pero viéndose perdido, simplemente se desahogó.

Cinco minutos para las 4 de la mañana, 12 fusileros terminaron con la vida de Tomás de Figueroa. Su cadáver, puesto en la misma silla donde recibió las descargas, fue exhibido en el pórtico de la cárcel pública. Luego, fue arrojado sin mayores preámbulos en el Enterratorio de la Caridad, lugar donde solían ser abandonados los presos ajusticiados por delitos comunes (aún no existía el Cementerio General). Así terminó el motín. Las elecciones para diputados se postergaron para el 6 de mayo y el flamante Primer Congreso Nacional se abrió el 4 de julio de 1811.

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