El día en que una bomba en una maleta casi mata a Hitler

El 20 de julio de 1944, una bomba colocada en una maleta por el coronel Claus von Stauffenberg debía matar al mismísimo Führer Adolf Hitler. Sin embargo, fracasó y sus cabecillas debieron enfrentar una fuerte represión.



Tan rápido como puso la maleta en el piso, Claus von Stauffenberg salió corriendo de la habitación. En su fuero interno, el joven coronel estaba convencido de que el plan resultaría, y que en breves minutos el objetivo de matar a Adolf Hitler se cumpliría. Corría el 20 de julio de 1944.

No fue en Berlín, sino en Gierłoż, una pequeña aldea que hoy se ubica en el norte de Polonia y que por esos días de mediados de 1944 pertenecía al reich alemán. Allí se ubicaba el Führerhauptquartier Wolfsschanze, o mejor conocido como La guarida del lobo, uno de los cuarteles que solía ocupar Adolf Hitler, rodeado de la tupida vegetación de los bosques de la Europa profunda. Es que la naturaleza le llamaba la atención a Hitler, de hecho, entre sus cuarteles había uno ubicado en los Alpes, también con denominación animalesca: el Kehlsteinhaus, el Nido del Águila, pensado como un lugar de descanso y para recibir a dignatarios y/o diplomáticos extranjeros visitantes.

Hitler con visitas en la Guarida del lobo.

Fue en esa guarida donde el lobo casi pierde la vida. No era la primera vez que se intentaba atentar contra la vida de Adolf Hitler. Ya en 1939 se había salvado de una bomba de relojería instalada en el estrado donde el Führer hablaría en la cervecería Bürgerbräukeller, pero como se presentó antes y habló menos de lo presupuestado, el artefacto estalló tras su partida. Otros intentos se dieron en 1943 e inicios de 1944.

A mediados de 1944, fue von Stauffenberg quien empezó a cranear un plan. Nuevamente una bomba, la idea era aprovechar su lugar como parte del alto mando de la Wehrmacht, el Ejército alemán, y poner un artefacto explosivo cerca de Hitler.

El coronel Claus von Stauffenberg.

Von Stauffenberg era parte de un grupo de civiles, militares, oficiales de la SS y policías descontentos por el curso que estaban tomando la guerra y el régimen, y que pensaban que lo mejor era sacar a Hitler del poder. Para 1944, y pese a los rápidos éxitos iniciales de los nazis (que incluyeron la toma de París) los aliados estaban cosechando importantes victorias. El 6 de junio se había producido el desembarco de Normandía, que significó el inicio de fin de la ocupación nazi en Francia. Además, desde 1943 ya se encontraban en Italia y habían tomado el control de Roma obligando al dictador Benito Mussolini a huir al norte donde fundó la República de Saló, en rigor, un estado títere de Alemania.

Desde el frente oriental, las noticias no eran mejores. Una ofensiva soviética estaba avanzando a pasos agigantados tras el fracaso de la invasión alemana de la URSS, en 1941. De hecho, el 22 de junio comenzaron la Operación Bagration, destinada a expulsar a los alemanes de sus territorios e incluso más allá de sus fronteras, ya que también comenzaron a ingresar a la Prusia Oriental. En simple, la situación alemana se estaba deteriorando a pasos agigantados.

Con 36 años Von Stauffenberg -quien había perdido su ojo izquierdo en la campaña africana de 1940 a 1943- vio en una reunión realizada en La guarida del lobo el momento propicio. De resultar el atentado, la idea era que asumiera un nuevo poder ejecutivo conformado por una junta liderada por el general Ludwig Beck, un reconocido opositor a Hitler; Carl Friedrich Goerdeler, como canciller; y Wilhelm Leuschner, como vicecanciller.

El golpe

Así, el 20 de julio de 1944 Von Stauffenberg llegó como siempre a una reunión en la Guarida del lobo, programada para las 11.30 AM. Según las indicaciones de Hitler, sería un encuentro breve, ya que se esperaba la visita de Mussolini para la tarde. En su maletín, el joven oficial llevaba una bomba, y lo ubicó bajo la mesa de mapas a escasos centímetros del führer.

Sin embargo, al rato Von Stauffenberg salió de la sala pocos minutos después del inicio de la reunión, reclamando una llamada telefónica urgente. Segundos antes de que la bomba explotase, uno de los asistentes a la reunión, el oficial Heinz Brandt, apartó unos centímetros el maletín, colocándolo tras una gruesa pata de madera molesto porque dificultaba ver los mapas. El detalle resultaría crucial.

A las 12:42 estalló la bomba. Pese a que hirió de gravedad a un par de oficiales, incluyendo a Heinz Brandt, Hitler apenas resultó con heridas menores. El atentado había fracasado.

Las ruinas en la Guarida del lobo, tras el atentado a Hitler.

En Berlín, el grupo de conjurados intentó un golpe para derroca a Hitler, pero la confusión y la noticia de que el Führer había sobrevivido al atentado echaron por tierra el plan. Más tarde, el líder recibió a Mussolini, a quien le mostró las ruinas del lugar.

Mientras el Duce y el Führer conversaban, la represión se desataba. “Los principales implicados, incluido Stauffenberg, serían detenidos y fusilados antes de que acabase la jornada. A partir de ese momento se desató una brutal represión que alcanzó a unas cinco mil personas, descabezando así cualquier tipo de oposición al régimen”, indica Jesús Hernández Martínez en su Breve historia de Hitler.

Mussolini y Hitler viendo las ruinas en la Guarida del lobo, tras el atentado en 1944.

Entre los que fueron alcanzados por el brazo largo de la represión nazi estuvo el mismísimo mariscal Erwin Rommel, “el Zorro del desierto”. Su rol en la conspiración nunca ha sido de todo claro, aunque según Hernández Martínez, su papel fue “tangencial”. Sin embargo, eso les importó un carajo a los leales a Hitler, y ante la amenaza de un juicio público y arresto de su familia, prefirió suicidarse ingiriendo veneno, el 14 de octubre de 1944. El resto, fueron ejecutados por ahorcamiento.

Hitler sobrevivió, pero no tanto. La situación de la guerra era ya irreversible, y los aliados comenzaron a cercar Berlín. Por eso, y ya viéndose perdido, el Führer se suicidó en su bunker, el 30 de abril de 1945.

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