Culto

Arturo Navarro: “Editorial Quimantú no es replicable; hoy reinan la competencia y el individualismo”

El sociólogo y periodista publica Un editor en dictadura, un libro de memorias gatillado por la curiosidad de las nuevas generaciones. En esta conversación, repasa su paso por la emblemática editorial de la UP, los riesgos de fundar la revista APSI y el rol de los kioscos.

Foto: Luis Navarro

Sociólogo y periodista, Arturo Navarro Ceardi (75) ha tenido una vida dedicada a la cultura. Trabajó en Quimantú, el célebre proyecto editorial que durante el gobierno de la Unidad Popular puso a disposición de público libros a un precio muy accesible. Tras el golpe de 1973, Navarro fundó la revista APSI; y el suplemento Literatura y Libros del diario La Época. Además, en 2009 recibió el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural y por largo tiempo fue director ejecutivo del Centro Cultural Estación Mapocho.

Por ello, no es de extrañar que con ese camino recorrido, en algún momento Navarro decidiese mirar hacia atrás y escribir unas memorias. Así, le dio forma a su libro Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No (Planeta).

“El libro fue apareciendo en la medida en que numerosos estudiantes me pedían entrevistas para saber más del período histórico entre la Unidad Popular y la pandemia. Me di cuenta de que no les interesaban los grandes hechos que ya conocen, sino la cotidianeidad con que se vivían esos períodos. En eso estaba cuando mi amigo el poeta Pedro Lastra me introdujo en el concepto de ‘reconstrucción memorística”, lo que se hace a través del lenguaje’“, comenta Navarro a Culto.

-El libro comienza antes del golpe, con su experiencia en Quimantú. ¿Qué aprendió allí sobre el poder de los libros para llegar a públicos que tradicionalmente estaban fuera del circuito editorial?

-Aprendí muchísimo. Como llegué muy joven, todo lo preguntaba a los compañeros de las diferentes secciones. Además, Quimantú tenía una gran capacidad de producción que permitía ediciones masivas, inéditas en Chile lo que hacía bajar grandemente el precio de los libros. Solo faltaba el lugar donde esos libros muy baratos se encontraran con su público. Eso fueron los quioscos, verdadera metáfora de la diversidad, la libertad de expresión y la cercanía con los lectores. También ayudaron mucho las ventas directas a organizaciones sociales: sindicatos, juntas de vecinos y otras. No olvidemos que Chile era un país muy organizado y participativo.

-¿Cómo se vivía el día a día en Quimantú?

-El debate era permanente. Cada sección tenía un Comité de Producción donde se evaluaba el trabajo y la suma de Comités elegían a cinco de los diez miembros del Ejecutivo de la empresa. Además de las instancias habituales como el sindicato, los partidos políticos, los comités de Unidad popular y la voz de los trabajadores (casi un millar) que recibían las publicaciones y comentaban habitualmente sobre ellas. La concepción de que era una empresa de los trabajadores, hacía que hubiese una preocupación permanente por lo que se editaba con nuestro sello.

-¿Considera que la idea de Quimantú es replicable en el 2026?

-No es replicable. Se requiere de una sociedad mucho más organizada. Aquella era una sociedad completamente diferente a lo que vivimos hoy donde lo colectivo, lo solidario eran aspectos fundamentales. Hoy reinan la competencia y el individualismo. Vender un libro al precio de una cajetilla de cigarrillos, como lo hacía Quimantú, no lo haría ninguna empresa actual donde el énfasis está en la utilidad económica y no se considera el desarrollo del capital social.

Foto: Luis Navarro

Los movidos 80

-Luego fundó APSI, que nació como una publicación de información internacional y poco a poco consiguió abordar la realidad chilena. ¿Cuál fue el momento en que ustedes sintieron que estaban cruzando una frontera peligrosa?

-El cruce de la frontera fue durante el plebiscito de 1980, al que llamó Pinochet para validar su Constitución. En ese momento, nos jugamos por el proyecto de una Constitución democrática como la que ofrecía el Grupo de los 24 y por una campaña abierta encabezada por Eduardo Frei Montalva. La portada -solitaria en los quioscos en esas circunstancias- fue “Frei, el otro camino”. Era el NO a la Constitución de Pinochet.

-En el libro cuenta cómo funcionó APSI pese a la censura de la Dinacos. ¿Había márgenes reales de negociación o era más una cuestión de cálculo político de la dictadura?

-Los primeros números fueron sometidos a la censura previa, de modo que toda la responsabilidad estaba en el censor. Luego pasamos a un régimen de auto censura, que implicaba ser convocado a Dinacos después de la aparición de cada número. Allí se nos indicaba minuciosamente lo que era tolerable y lo que no. Obviamente, los criterios de la censura variaban según como la dictadura evaluaba las circunstancias políticas. Por ejemplo, para la campaña del NO de 1980, le convenía la existencia de cierta prensa opositora, pues daba “legitimidad” al plebiscito.

-Con hijos y familia, ¿cómo se gestionaba esa tensión entre el compromiso y la vida cotidiana? ¿Hubo momentos en que el miedo sí se instaló?

-Obviamente el miedo estaba presente, pero la irrevocable convicción de que recuperar la libertad de expresión es lo mismo que la democracia hacia encontrar muchos apoyos y buenos compañeros de ruta. El miedo se compensaba con la sensación de formar parte de un gran proceso de restauración democrática que, tarde o temprano, llegaría.

Foto: Luis Navarro

-El titular “Frei, el otro camino” y la cobertura del Caupolicanazo y la campaña del No en 1980 marcaron un antes y un después. ¿Qué significó para el equipo de APSI ver esa portada en los kioscos?

-Fue una portada muy pensada. De hecho no quisimos poner una foto de Frei, sino solo su apellido y su reconocimiento como líder de una causa colectiva, sobre una foto de mucha gente. Quisimos decir que lo relevante era el camino que señalaba y no solo un líder iluminado.

-En 1981 debió dejar la dirección de APSI tras tensiones con representantes de la dictadura. Describe que al salir del Diego Portales “vio todo blanco”. ¿Qué significó emocional y profesionalmente esa salida?

-Fue un parteaguas. En ese momento APSI era mi trabajo, mi compromiso con la democracia, el lugar donde tenía muchos amigos… Me sentí huérfano. Vi un futuro vacío. Profesionalmente me significó cambiar radicalmente. Afortunadamente, pude encontrar trabajo en momentos tan difíciles, en editorial Andina, para encargarme del control de la circulación de una decena de revistas. Entonces aprendí otra parte del mundo editorial: la comercialización. Curiosamente, mi experiencia de Quimantú respecto de la circulación de libros por quioscos me fue de gran utilidad para organizar una colección de libros para regalar con Vanidades, apoyar la circulación de fascículos semanales de algunos socios de Andina y sobre todo para dirigir la circulación en Chile de dos gigantescas colecciones de Editorial Oveja Negra de Colombia: Best Sellers y Grandes Aventuras, de cien títulos cada una.

-Trabajó también en Radio Cooperativa y luego en La Época. ¿Qué diferencias había entre la experiencia de una revista semanal de oposición, la radio y un diario en cuanto a riesgos, alcance y forma de ejercer la libertad de expresión?

-Había poca diferencia. En El Diario de Cooperativa me correspondió ser el conductor y pedí especialmente que los comentarios de cultura -libros, cine, teatro- fueran con los comentaristas presentes, de modo que teníamos conversaciones muy interesantes sobre las novedades del área con José Luis Rosasco, Mariano Silva y diversos actores y actrices. En La Época fui editor de dos suplementos semanales que tenían una lógica muy similar a la de una revista: La Época semanal y Literatura&libros.

-Usted insiste mucho en que no fue una hazaña individual, sino un trabajo colectivo. ¿Qué personas o grupos cree que han quedado injustamente fuera de la memoria de la prensa opositora y de la resistencia cultural durante la dictadura?

-Una de las maravillas de la lucha por la libertad de expresión es que se trata de una causa sencilla de comprender y que despierta adhesión inmediata. Por ende es necesariamente una causa colectiva. Por tanto, la memoria de la prensa opositora y de la resistencia cultural es una reconstrucción en curso que crece día a día. Pienso en el Museo de la Memoria, el Museo de Prensa de la UDP, en exposiciones como El diseño de una revolución en el CCPLM y muchas otras iniciativas. No obstante, no me canso de instar a quienes tienen documentos, recuerdos o simplemente memoria, que conviertan aquello en donaciones y relatos que la sociedad y las nuevas generaciones requieren con urgencia.

Foto: Luis Navarro

La memoria de los papeles

-Una de las cosas más interesantes del libro es que recupera la dimensión material de esa historia: los papeles, las imprentas, los quioscos, las revistas, los ejemplares que circulaban de mano en mano. ¿Por qué cree que esa “infraestructura” de la resistencia ha quedado menos presente en el relato histórico que sus protagonistas políticos?

-Creo que el rol de los políticos es diferente y han contado con mayores facilidades para expresarse debido a la necesaria lógica de las campañas y las elecciones. Por tanto quienes debemos reconstruir la memoria somos los propios protagonistas que vivimos y desarrollamos nuestras tareas gracias a la libertad de expresión: los comunicadores y los creadores. Además, estoy convencido de la necesidad de mostrar lo que fue la cultura y la prensa en tiempos de Allende pues se ha hecho mucho énfasis en los errores y menos en sus virtudes.

-Usted ha donado sus archivos a distintas instituciones. ¿Qué encontró en esos documentos que contradijera o matizara sus propios recuerdos? ¿Hay algo que haya descubierto gracias al archivo y que su memoria había reconstruido de otra manera?

-La verdad es que no. Afortunadamente tenía y aún tengo algunos, documentos muy fidedignos y alineados con la memoria.

Foto: Luis Navarro

-Como alguien que pasó de la editorial estatal de la UP a fundar el primer medio de oposición autorizado y luego dirigir por más de 30 años el Centro Cultural Estación Mapocho, ¿cómo ve el estado actual de la cultura y de los medios en Chile?

-Mis años recientes han estado vinculados a la gestión cultural, por tanto lamento mucho el actual estado de la institucionalidad respectiva que paulatinamente ha ido perdiendo su carácter, diverso, participativo y representativo que se logró con la existencia del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes desde donde colectivamente se formulaban las políticas culturales. Sin duda, es indispensable que la cultura tenga un lugar privilegiado en el presupuesto público junto con políticas que estimulen el aporte privado a la cultura. Respecto de los medios, aprecio en el mundo una crisis que amerita estudios y urgentes medidas para complementar la libertad con el otro aspecto tan deteriorado: la verdad.

El libro Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No , de Arturo Navarro, tendrá su lanzamiento el próximo 30 de septiembre a contar de las 19.00 horas en la librería Nueva Altamira, del Drugstore (Avda. Providencia 2124 Local 64). Entrada liberada. Presenta la periodista Rocío Montes.

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