Culto

Los Testamentos: Una seguidora fiel

Ante todo, Los testamentos, la nueva serie de Disney+, es una seguidora fiel. Se debe a su antecesora, se alimenta de su génesis y la prolonga con precisión casi quirúrgica, sin desviarse demasiado del camino ya trazado.

Los Testamentos: Una seguidora fiel

¿Qué pasa después del final? Una pregunta paradójica e inevitable. Lo cierto es que el cine y las series suelen dejarnos ahí, en ese umbral incierto, como parte de un acuerdo tácito con el espectador: aceptar que el relato quedará inconcluso. Una dimensión suspendida, que quizás sigue corriendo en paralelo, pero a la que no tenemos acceso. Que se diluye una vez que se acaban los créditos finales y empieza el primer capítulo de la siguiente serie.

En este universo de incertidumbre, aparecen las queridas secuelas. Ese consuelo narrativo que, de vez en cuando, nos saca de la ignorancia y nos regala una ilusión de continuidad, permitiéndonos creer que la vida siempre sigue, al menos en la ficción. Los Testamentos, la nueva serie de Disney+, dirigida por Mike Barker, se instala en ese lugar. Basada en la novela de Margaret Atwood de 2019, la historia se sitúa años después de El cuento de la criada, de la misma autora, mostrando una nueva generación de mujeres criadas bajo el yugo de Gilead: una teocracia donde los derechos han sido abolidos y la fertilidad se ha convertido en moneda de control.

Esta vez, la historia se articula a través de tres voces: Agnes, la hija arrebatada a June (Elisabeth Moss), interpretada por Chase Infinity; Daisy, una joven que creció en Canadá y es reclutada como “chica perla” y la implacable Tía Lydia, figura ya conocida, que aquí despliega un inesperado desarrollo moral. El vínculo entre las tres se convierte en el motor que impulsa una resistencia que ya no es solo íntima, sino también política.

Históricamente, la ciencia ficción ha sido un territorio fértil para explorar los derechos y las luchas de los marginados. En ese sentido, el universo de Atwood sigue siendo una de las distopías más factibles de nuestro tiempo. No se siente como un futuro lejano, sino como un presente posible, o incluso una dimensión atemporal, donde conviven costumbres e ideas arcaicas, estética futurista y problemáticas contemporáneas. Quizás, sea porque tanto la novela como su adaptación televisiva se sostienen sobre un mismo axioma: no hay nada en la ficción que no tenga un precedente en la historia de la humanidad. Se sabe que toda tiranía, suele contener en sí misma las semillas de su propia caída. Así, en Los testamentos, el orden establecido de Gilead muestra finalmente signos de desgaste, fisuras internas y una leve apertura que hace tambalear las bases del sistema.

Ante todo, Los testamentos es una seguidora fiel. Se debe a su antecesora, se alimenta de su génesis y la prolonga con precisión casi quirúrgica, sin desviarse demasiado del camino ya trazado. Esa continuidad se refleja en su pulcritud visual: la simetría de los espacios, los pasillos de mármol, las jóvenes vestidas de violeta avanzando entre la esperanza y el miedo. Pero lo que antes resultaba impactante, aquí por momentos se diluye. La belleza se vuelve rutina, la contención emocional roza la apatía y la sensación de encierro pierde parte de su filo, al volverse predecible.

Entonces, ¿dónde está el aporte? En algo tan simple, como la posibilidad de saber qué pasó. Además, en sus protagonistas, que se mueven hacia el inevitable “coming of age”, ese tránsito entre la inocencia y la adultez propio de la adolescencia, donde confluyen lo lúdico de la juventud y lo amargo del despertar.

Puede que la serie no logre desprenderse del todo de su propia fórmula, ni alcanzar el impacto de su predecesora. Pero en esa reiteración también hay sentido. Los Testamentos no busca reinventar el relato, sino que insistir en él. Hasta que ese trasfondo, y su lucha, se hagan realidad. En ésta y en todas las dimensiones.

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