Una temporada en el infierno
Como periodista de la revista Kerrang! (y más tarde en medios como The Guardian, NME, Q y The Telegraph), Ian Winwood viajó por el mundo entrevistando artistas y documentando sus vidas, éxitos y miserias. En ese descenso al infierno creativo se somete a las mismas rutinas de sus personajes.
“Como un imán, la industria musical atrae a personas con una marcada tendencia a la autodestrucción; además, ofrece un entorno peligroso para quienes, de otro modo, no se atreverían a intentarlo. Es un monstruo perfecto, un círculo vicioso”. La cita es de Ian Winwood en el prefacio de su libro Bodies: Vida y muerte en la música (Liburuak, 2023). Parte crónica personal y parte ensayo, el texto nos sumerge en el falso glamour de la vida del rockstar y ofrece un diagnóstico sombrío e inminente del ecosistema musical: hay una crisis de salud mental y nadie hace nada para solucionarla. Las dos partes del libro funcionan como un viaje emocional y una disección (o quizás autopsia) necesaria de la industria.
Como periodista de la revista Kerrang! (y más tarde en medios como The Guardian, NME, Q y The Telegraph), Winwood viajó por el mundo entrevistando artistas y documentando sus vidas, éxitos y miserias. En ese descenso al infierno creativo se somete a las mismas rutinas de sus personajes: consume droga a destajo, tiene apagones mentales continuos y termina por faltar a sus propios deberes por estar inmerso en esta burbuja narcótica. En el camino va aprendiendo que la interna de los músicos es una bomba de tiempo. A Metallica los entrevista en medio de su colapso emocional que fue documentado de forma quirúrgica en el documental Some Kind of Monster. A Layne Staley, vocalista de Alice in Chains, lo describe como “la primera persona evidentemente dañada” que conoció en la industria. El músico pasó sus últimos años recluido en un sórdido aislamiento y falleció a los 34 años a causa de una sobredosis accidental de cocaína y heroína. El autor va conociendo la fragilidad de sus ídolos pero, pasmado por este trabajo “perfecto” que le tocó, no se percata de que es un cómplice pasivo y un hipócrita que avala las conductas autodestructivas y tóxicas del medio.A través de una línea de tiempo que cruza su autobiografía, Ian Winwood ofrece viñetas de personajes como Chris Cornell (Soundgarden), Scott Weiland (Stone Temple Pilots) y Chester Bennington (Linkin’ Park), todos ángeles caídos en su esplendor y con evidentes patologías psiquiátricas: cuerpos que fueron quedando en el camino. También se sumerge en el día a día de bandas como Biffy Clyro o Frightened Rabbit, sometidos a un régimen de giras y conciertos en vivo que termina con agotamientos crónicos y adicciones fomentadas por los “rock docs”, médicos del ambiente que los llenan de drogas prescritas para que soporten los intensos calendarios de viajes y el aislamiento de sus familias.
Bodies ofrece pocos casos de redención (Duff McKagan, de Guns N’ Roses, es uno de ellos) y muchas alarmas sobre los trágicos desenlaces que provoca la cultura del exceso y la normalización de esta olla de grillos que hunde a los artistas en la depresión y en los pensamientos suicidas. En palabras de la psicóloga Charlie Howard, citada por Winwood en varios pasajes del libro “la mente creativa es inherentemente vulnerable y la industria actúa como un acelerador. Con la soledad de las giras prolongadas, el acceso a las drogas y la presión extrema sería un milagro que los artistas no se vieran afectados por este mundo extraordinariamente hostil”.
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