Del conteo de papers al impacto real de la investigación
Esta semana se inauguró en París la Conferencia CoARA 2026, cita anual de la coalición internacional que agrupa a más de 800 universidades, agencias y organismos de ciencia comprometidos con reformar cómo evaluamos la investigación. El tema de este año, “comunidades fortalecidas impulsando un cambio sistémico en la evaluación de la investigación”, resume una pregunta que hasta hace poco parecía técnica y hoy es central para la ciencia mundial: ¿basta con contar publicaciones o considerar la revista en que aparecen para determinar el verdadero valor del conocimiento generado?
Ya en 2012, un grupo de editores y científicos reunidos en San Francisco firmó la declaración DORA, que pedía dejar de usar el factor de impacto de las revistas como sustituto de la calidad de un artículo individual. Diez años después, esa crítica derivó en CoARA, iniciativa que fue más allá y definió como objetivo el rediseño de los comités de evaluación, concursos de financiamiento y procesos de promoción académica.
El giro no es cosmético. Durante décadas, el mandato de “publicar o perecer” incentivó una carrera por la cantidad, que hoy pasa la cuenta. Miles de artículos se retractan cada año y prolifera la industria de las “fábricas de papers”, las que venden autorías y estudios fabricados para investigadores presionados por publicar. Cada vez que estos casos se hacen públicos, la confianza de las personas en la ciencia se debilita, justo cuando más necesitamos de ella para enfrentar problemas como el cambio climático o las pandemias.
Chile no está al margen de este debate. La Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) fue el primer organismo nacional de ciencia y tecnología de Latinoamérica en sumarse a la coalición y solo dos universidades chilenas han adherido a CoARA, siendo Universidad de Las Américas la única en adherir simultáneamente a esta coalición y DORA.
Estos son avances tempranos, pero aislados. La mayoría de nuestras instituciones de educación superior y fondos concursables todavía premian prioritariamente el número de publicaciones en revistas indexadas y el nombre de la revista, sin mirar su calidad, pertinencia o impacto real.
Reformar la evaluación no significa abandonar el rigor ni la revisión por pares, sino ampliar la mirada. Reconocer que un académico que abre sus datos, forma a una nueva generación de investigadores o traspasa conocimiento a la industria también está haciendo ciencia de excelencia, aunque no acumule numerosos papers como su vecino de laboratorio. Mientras el mundo avanza en esta discusión desde Francia, es hora de que otras universidades y ANID la impulsen también en Chile, con el fin de tener criterios de evaluación que reconozcan la diversidad y la riqueza de la actividad científica en el país.
El desafío es avanzar hacia sistemas de evaluación que sean capaces de distinguir entre productividad e impacto real, superando la dependencia excesiva de métricas cuantitativas, como el número de publicaciones o las citaciones. Esto implica reconocer que la generación de conocimiento se expresa además en su capacidad para influir en políticas públicas, aportar soluciones a problemas sociales, fortalecer los vínculos con el entorno, formar nuevas generaciones de investigadores y promover una ciencia más abierta y accesible. En este contexto, resulta fundamental incorporar criterios que valoren la diversidad de contribuciones académicas y su alcance más allá del ámbito estrictamente disciplinar. Así, la evaluación dejará de premiar principalmente indicadores y comenzará a reconocer de manera más justa y equilibrada las contribuciones efectivas que la investigación realiza al desarrollo científico, social y cultural de los países y el mundo.
*Vicerrector de Investigación y Postgrado
Universidad de Las Américas
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