Alfredo Joignant: “Los grupos sociales dominados no se van a cuadrar con una izquierda buena onda y cosmopolita”

El cientista político advierte que mientras la izquierda se entrampa en luchas particularistas, “se está articulando, subterráneamente, una extrema derecha que descansa en un universal: la chilenidad”.




El cientista político y militante del PS percibe inminente la articulación de una extrema derecha en Chile en torno a la identidad nacional, mientras la izquierda se muestra incapaz de trascender los particularismos y “apelar a un denominador común”. Desde esa tensión analiza los escenarios del gobierno de Boric y de la Convención Constituyente, en un mundo que cede terreno a las democracias autoritarias y donde “todas las sociedades se han vuelto chúcaras”.

Ronda en el aire la sensación de que la izquierda, si no atina pronto, se puede farrear algo grande. Lo que no está muy claro es qué sería atinar.

Voy a darle una respuesta radical a esa pregunta, pero creo que cualquier respuesta tendría que partir asumiendo dos cosas: 1) que el gobierno de Boric es un experimento a nivel mundial, y 2) que estamos experimentando porque las nuevas izquierdas, hasta acá, han fracasado en el mundo. Esa es la pura realidad: Syriza en Grecia, Podemos en España, la Francia Insumisa de Mélenchon, el laborismo de Corbyn, nada de eso ha cuajado. Y lo bonito de este experimento es que Gabriel Boric conoce esas experiencias, ha sabido leerlas, por eso es promisorio. Entonces, de frentón a tu pregunta: para que este experimento chileno funcione, ¿qué se necesita? Voy a ser brutal: que la izquierda someta las políticas de la identidad a un principio universal. Es decir, se necesita que este gobierno, pero también los partidos que lo integran, entiendan que las políticas de la identidad son particularismos. Y que importa mucho reconocerlos y cuidarlos, eso no está en duda, pero se tienen que subordinar a un principio de universalidad.

Si es que ese principio existe…

Y esa es la pregunta de la que no hemos querido hacernos cargo. Sabemos que ya no puede ser la clase obrera, porque se ha achicado y está destinada a seguirse achicando. Pero las izquierdas han asumido que eso las excusa, de algún modo, de entregar una alternativa de universalidad para estos tiempos. Y las consecuencias de esto están empezando a ser dramáticas.

¿Qué consecuencias?

Que la respuesta principal a lo que todo el mundo está experimentando, que es la crisis del neoliberalismo, está viniendo de la extrema derecha. ¿Por qué? Porque están respondiendo con un universal: la nación, la identidad común. En cambio las izquierdas, ante la debacle socialdemócrata de los 90, que aún se prolonga, ¿cómo han respondido? Intuitivamente, a tientas, refugiándose en identidades subordinadas y abusadas de todo tipo. Así han logrado reconfigurarse hasta ahora.

Por lo mismo, no parece ser el momento de soltar esas banderas.

¡Obvio que no! O sea, la igualdad de las mujeres, el reconocimiento del mundo LGBTQ, de los pueblos originarios, son luchas irrenunciables, eso es evidente. Pero lo que estamos viendo en todas partes es que eso no basta, porque te vuelves incapaz de apelar a un denominador común. Y tengo la impresión de que en Chile se está articulando, subterráneamente, una extrema derecha que descansa en un universal: la chilenidad. Algo de eso vimos con el notable desempeño electoral de Kast, pero todavía en una versión muy primigenia. Con todo lo que ha pasado ahora, especialmente en la Convención pero también con la entrada del nuevo gobierno, me temo que están todos los elementos para que se imponga un universal hostil a los particularismos de las izquierdas. ¿Qué elementos están sobre la mesa? Orden público, inseguridad económica y migración. ¡Los mismos que han marcado el espacio europeo hace 30 años! Y que ya eclosionaron completamente en clave de extrema derecha. Chile está entrando en eso y quizás era inevitable que ocurriera.

¿Por qué?

Porque estamos viviendo, con el rezago propio de nuestro nivel de desarrollo, los efectos de fragmentación que produce la globalización. Es a eso que hay que darle una respuesta. Hace un par de semanas, Fukuyama sacó un artículo muy interesante en Foreign Affairs. Él tiene mala fama porque representó el triunfalismo liberal de los 90, pero es un tipo inteligente, yo lo leo con interés. Y ahora está empeñado en rescatar a la democracia liberal, que hoy no está en crisis frente a las dictaduras sino ante las democracias iliberales: Orbán en Hungría, Kaczynski en Polonia, el propio Putin en Rusia…

Kovind en la India…

¡La India, tremendo! ¿Y cómo rescatar a la democracia liberal? El artículo de Fukuyama se titula así: “El liberalismo necesita a la nación”. En el fondo, está buscando un universal y no está encontrando otro que ir a disputarle la nación a la extrema derecha. Así de crítica es esta conversación. O sea, elaborar un principio de identificación universal ya no cumple una función sólo creativa para las izquierdas: es cada día más una función defensiva, casi de sobrevivencia frente al asalto de la extrema derecha que apela a la nación. Y lo que me parece imperdonable es que nuestras izquierdas, teniendo a la vista lo que han vivido las izquierdas del norte en los últimos 20-25 años, no saquen lecciones.

¿Por qué dirías que no las han sacado?

Porque están repitiendo el patrón de la socialdemocracia europea y de algunas izquierdas jóvenes de allá: abandonar su base social, trabajadora, embarcarse en las políticas de identidad y empezar a transformarse en partidos de clase media educada. Al PC lo dejo un poco aparte porque aún tiene esa inercia popular, pero en socialistas y frenteamplistas es impresionante. Hablan en difícil, métale neologismos, métale heterogeneidad identitaria, de todo menos universalidad. Si no se toma nota de eso, yo me atrevo a augurar que este ciclo no va a terminar bien. Porque al final, en un mundo tan fragmentado, es súper papaya reivindicar a grupos que están luchando por su propia emancipación. ¿Pero qué es lo común en todo esto? La extrema derecha, en su simplismo, incluso en su primitivismo intelectual, está dando una respuesta.

Pero lo opuesto a ese nacionalismo, y que a la vez sea universal, sería ese proletariado mundial que Žižek busca hace años y no encuentra en ninguna parte.

Porque eso no existe, no hay un proletariado mundial. Los grupos sociales dominados o subordinados son muy heterogéneos, a veces hasta contrapuestos. Y no se van a cuadrar con una izquierdas buena onda y cosmopolita. Hay que ser un poquito más realistas. Mira, la socialdemocracia de posguerra descansó en tres y sólo tres derechos sociales, cada uno de ellos de goce universal: educación, salud y pensiones. Eso era el Estado benefactor y ahí estaba lo universal. Yo creo que ahí sigue estando la posibilidad. Y si me apuras mucho diría que, al menos en esta fase, hay que transformar en nuevo universal a los asalariados.

Ahí caben el gerente de una empresa y el portero, sería abandonar del todo la lucha de clases.

Ah, por supuesto que hay que abandonar la lucha de clases como motor principal de la historia. De que hay luchas de clases, las hay, pero hoy son muy descentralizadas, están muy fragmentadas. De hecho, esa misma definición de asalariados habría que expandirla, de partida, a quienes trabajan a cuenta propia.

¿Y ese no termina siendo el mismo público al que le hablaba de la Concertación?

El de la Concertación era más blando: “la gente”, así de blando. Por algo ha habido una resurrección del término “pueblo”. Y nótese esta sutileza: tanto la nueva izquierda populista como la extrema derecha europeas hablan del pueblo en singular. Cuando las izquierdas chilenas hablan de “los pueblos”, no es una trivialidad, están reconociendo a pueblos que existen. Pero ese relato particularista rivaliza, queramos o no, con la dimensión universal que da sustento a los derechos sociales. Yo creo que el presidente Boric intuye este problema, lo huele, pero el que lo tiene clarísimo es Daniel Jadue. Por eso insiste en hablar del pueblo, no se enreda en “los pueblos”. Cuando un líder les habla a varios pueblos, es inevitable la pregunta: ya, ¿y qué legitima lo que vale para todos? Eso es lo que estamos viendo, de manera fascinante como debate y como problema de trasfondo, en la discusión constituyente.

En los últimos meses se te ha visto muy crítico de la Convención. ¿A partir de qué momento te empezaste a preocupar?

A mí me apasiona este cambio constitucional, eso que quede claro. Pero al mismo tiempo sé –y no porque sea choro, sino porque los cientistas políticos disponemos de evidencia− que hay cosas que no funcionan bien. La combinación de presidencialismo con monocameralismo, o con un bicameralismo tremendamente asimétrico, es una muy mala combinación. Y se han compartido datos de todo tipo para advertirlo. Mi colega Sergio Toro, de la Universidad de Concepción, lleva meses tratando de explicar esto y nadie lo pesca. Entonces, cuando veo que la comisión de Sistema Político ignora eso, pongo una nota de alarma. Incluso el último acuerdo de esa comisión, provocado en buena hora por los convencionales socialistas, nos seguía exponiendo a un escenario muy peligroso.

¿Por qué?

Porque el día que un presidente de vocación autoritaria tuviera una mayoría afín en esa cámara dominante, no iba a haber suficiente contrapoder. Y si eso pasa, vamos derechito a las democracias iliberales. Eso es Bukele en El Salvador. No quiero ni hablar de Venezuela porque no tiene nada que ver con esto. La derecha está un delirio de que la Convención es una asamblea llena de chavistas y eso no resiste análisis, esto es mucho más sofisticado. Pero eso no me impide ver la probabilidad teórica de un Bukele o de un Ortega en Chile, por debilidad de los contrapesos. Sin embargo, ahora que el pleno –cosa que nadie tenía en sus cálculos− eliminó el inciso que le permitía a la Cámara de Diputados pasar por encima de la Regional en caso de discrepancia, el riesgo se moderó enormemente. El único problema que se podría suscitar es que se intente reponer eso a través de alguna artimaña, alegando de nuevo que una oligarquía habría gobernado 200 años de historia desde el Senado… A mí ese argumento me parece francamente demencial.

Pero la izquierda siempre tuvo en su retina histórica esa visión del Senado oligarca. El mismo Allende, en el plebiscito que el Golpe le impidió anunciar, iba a proponer su reemplazo por una Cámara de los Trabajadores. ¿Dirías que aquí ha pesado una lealtad malentendida con esa historia?

Creo que hay una combinación de cosas. Por un lado, hay un intento de justificar este diseño del poder legislativo alegando razones de izquierda allendista. Pero semanas antes del Golpe, ¿quiénes firmaron lo que técnicamente fue un golpe de fuerza constitucional? La Cámara de Diputados. ¿Quién no lo firmó? El Senado. ¡Nadie dice eso! Pero ya, está bien, concedamos que hay romanticismo en la eliminación del Senado, perfecto. Pero también ha habido una especie de experimentación académica en esto. Y a mí me gusta mucho el experimento Boric, pero cuando el mundo ya está experimentando crisis de la democracia, guerra, fenómenos inflacionarios, en lo personal no estoy para experimentar constitucionalmente. Y eso no me hace momio.

Defensor del statu quo es lo menos que te han dicho.

Sí, pero es una crítica ciega y sorda. Porque la verdadera transformación parte por reconocer los límites a los que uno se enfrenta. ¡Y la lógica de un régimen político hay que tomársela muy en serio! El presidencialismo se inventó en Estados Unidos, en la Convención de Filadelfia. Me dirán “ah, pero los padres fundadores eran todos esclavistas”. Ya, sí, pero al mismo tiempo imaginaron una organización del poder político intelectualmente revolucionaria, basada en algo parecido a la desconfianza entre poderes; o sea, la antítesis del principio de confianza del parlamentarismo. ¿Y en qué se traduce eso? En los pesos y contrapesos entre poderes, donde la segunda cámara siempre se definió como una pieza clave, esto está en El federalista. Y no es que el Senado cumpla esa función porque tenga una esencia particular. Se trata simplemente de duplicar los obstáculos que tendrá ese presidente fuerte para devenir autoritario si así lo pretende. Cuando uno renuncia a eso, está desconociendo la lógica del régimen presidencial.

¿Y no es plausible el argumento de que es indispensable hacer más expedita la tramitación de leyes?

Si ese fuera el problema, es más fácil cambiar las normas de tramitación. A ver, conservar el presidencialismo no era necesariamente mi posición, pero se decidió así. Ese crack de la política chilena que es Marcos Barraza, porque es un crack, un artista, le propuso a Cristián Monckeberg conservar el régimen y se concordó eso. Yo tengo poca sintonía intelectual con Barraza, pero no puedo dejar de admirar que con siete convencionales comunistas hayan logrado generar un tercio de bloqueo. Y con ese tercio, no pocas veces, arrastrar a otras fuerzas para formar los dos tercios. Esa cuestión, perdóname, es de alta política, una pega de lujo. Y frente a eso, ¿quién ha reaccionado? Los convencionales socialistas.

Ahí tu orgullo.

Sí, porque creo que lograron moderar la radicalidad sin renunciar a su identidad de izquierda. Quizás no con el nivel de diseño político del PC, pero sí con claridad sobre los efectos que malos diseños constitucionales pueden arrojar. Y el actor que ha desteñido completamente, errático, poco claro, es el Frente Amplio. En última instancia, acá ha habido una disputa entre las dos almas de la izquierda clásica: socialistas y comunistas. ¿Y sabes qué? Ha sido una bonita disputa. Sobre la cual, además, creo que sus actores no tienen total conciencia. Mientras que los actores con pretensión a la trascendencia, por decirlo así, no han sido finalmente grandes actores. No le estoy restando méritos al Frente Amplio −si bien su naturaleza errática es muy impactante−, pero creo que no es un actor dirimente en última instancia.

Aunque la disputa haya sido bonita, parece que el PS va a pagar un costo alto dentro de la izquierda.

Opino todo lo contrario. Puede que paguen un costo en el microclima de la Convención, de hecho han sido funados, pero hay otro mundo que parte el 5 de julio. Y ese mundo, que es un mundo real, estoy dispuesto a apostar que va a premiar que los socialistas tomaron conciencia de la radicalidad de lo que está en juego.

¿Pero no es incómodo para el PS asumir que, a la hora de la verdad, tiene poca sintonía con los movimientos sociales que llegaron a la Convención?

No hablaría de los “movimientos sociales” así tan en general. Pero sí es verdad que los socialistas, en sus votaciones en el pleno, han tendido a verse en posiciones dicotómicas con el mundo de ese tercio más radical. Y la pregunta que se pueden estar haciendo es hasta dónde ellos, que sólo son 16 convencionales, pueden romper puentes con esas izquierdas −con las cuales parece evidente que hay pocas cosas en común, salvo emociones− si el resto de las izquierdas prefiere seguir priorizando esos vínculos.

¿Crees que el PS se demoró en dar ese paso, o que el Frente Amplio vaciló en darlo, por el complejo de “terminar votando con la derecha”?

Así es, ese es el problema. Y porque la derecha jugó mal sus cartas en la Convención, desde el inicio. Incluso desde antes, porque se desmovilizó electoralmente. O sea, pensar que la derecha representa el 22% de los votos es absurdo. ¡Es ridículo, pero qué les pasa en la cabeza! Pero la derecha hizo todo para alcanzar ese resultado. Y como no logró ni de cerca el tercio de bloqueo, llegó fracturada internamente a la Convención. Yo de verdad creo que existe una derecha constructiva, la que encarna Hernán Larraín. Pero a esa derecha, lo esencial de la Convención, especialmente el tercio liderado por el PC, la ninguneó, nunca los pescó. Y le tengo un cariño enorme a Claudio Fuentes, pero cuando él hace demostraciones de que no pocos artículos han sido aprobados por la derecha, yo replico que esos artículos no definen lo esencial de la nueva Constitución. Por lo tanto ahí, lamentablemente, todas las izquierdas han estado al debe.

Pero aprobar las normas por dos tercios fue lo que acordaron todos.

Y las elecciones arrojaron las mayorías que arrojaron, está claro. O sea, aquí no ha faltado legitimidad democrática. Pero ha faltado la lucidez histórica y cultural de comprender que la derecha jamás se va a reconocer en esta nueva Constitución. Y no sopesar eso, a sabiendas de que la derecha ha alcanzado históricamente el 40% de los votos en elecciones generales, me resulta, de verdad, in-en-ten-di-ble. La derecha, sin binominal, es hoy el 40% de la Cámara y la mitad del Senado.

En razón de lo mismo, parte la derecha ha decretado que la Convención, aun si gana el Apruebo, ya fracasó.

Pero ahí la derecha comete un error, porque todavía quedan dos meses de Convención. Y al empezar a decir eso, al mostrarse otra vez en lógica de bloqueo, más bien refuerza a la Convención. Pero ellos verán qué hacen con eso.

¿Y tú podrías terminar votando Rechazo?

Nooo, imposible, demasiado difícil… Pero sí creo que a mucha gente se le va a plantear un problema más emocional que racional, digamos. En los años 70, Sartre escribió un artículo increíble que se llamaba “Elecciones, trampa para huevones”, donde se manda esta frase para el bronce: “En la oscuridad de la cámara secreta se pueden fraguar todas las traiciones”. Yo no voy a traicionar, pero no puedo descartar traiciones por parte de otros a la hora de los quiubos. Y no va a haber socialistas a gran escala que voten Rechazo, pero en el secreto del voto, es probable que los más descontentos con el proceso se refugien en el voto nulo. No creo que sean muchos, en todo caso.

Con Fernando Atria escribiste un libro que marcó un pequeño hito intelectual en este proceso [El otro modelo], pero algunas de tus críticas actuales bien podrían concernirle. ¿Te representa el rol que ha jugado en la Convención?

Con Fernando, a quien le tengo mucho respeto y un inmenso cariño, tengo una distancia sideral en el plano constitucional. Sideral. Y a estas alturas, creo que es recíproco. Para ser más explícito: estamos evitando conversar el tema. Los cinco autores de El otro modelo tenemos un WhatsApp común y yo ya me estoy corriendo de estas conversaciones y Fernando también. Y me parece bien, porque hay momentos en que es importante cuidar la amistad.

Igual tuvieron un encontrón en Twitter por el famoso artículo 63 que, según tú, homologaba a los independientes con los partidos, y según él, no innovaba respecto de la Constitución actual.

Pero si ese era el problema: no innovaba respecto de la Constitución pinochetista. Seguía siendo una Constitución que sospecha de los partidos. Y que consagraba esa sospecha al llamarles “organizaciones políticas” en vez de partidos, en lo cual sí innovaba. En cambio, que se haya caído ese artículo es un gran avance respecto de la Constitución del 80.

Por omisión, digamos.

Claro, que eso salga de la Constitución es súper bueno. Ahora repusieron el artículo a través de la comisión de Sistemas de Justicia, una artimaña sobre cuya legalidad tengo dudas. Pero si el pleno ya lo rechazó, no tiene ningún sentido que ahora lo apruebe.

¿Crees que hay que aferrarse a la ortodoxia e impedir que los movimientos sociales irrumpan como tales en el Congreso?

Sigo pensando que la irrupción en política de los movimientos sociales es sana y necesaria. Y que aceptar, para las elecciones de convencionales, que personas individuales se agruparan en listas, fue una necesidad histórica. Pero convertir esa excepción en norma sería poner la democracia en juego, es así de simple. Porque los movimientos sociales son portadores de causas únicas, mientras que los partidos políticos son el único actor que cumple la función –bien, regular o mal− de agregar demandas disímiles y transformarlas en programas de gobierno. Y si son más ambiciosos, en proyectos políticos de largo plazo. Entonces, al hablar de esta cosa floppy llamada “organizaciones políticas”, dejas de cerrar una puerta que nos puede conducir a una democracia corporativa. Y agregaría algo más: en la Cámara de Diputados actual, sin que haya imperado esa norma excepcional, tenemos 18 o 21 partidos representados, según cómo los cuentes. ¡Una cuestión completamente descuadrada! Ya es ingobernable, atomización absoluta. Yo soy muy partidario de fijar un umbral de acceso, pero un umbral exigente: si una fuerza colectiva, llámese partido o lista, no alcanza el 5% de los votos a escala nacional, no entra a la Cámara.

¿Con salvedades regionales?

No, soy totalmente contrario a los partidos regionales. Porque la fragmentación política en Chile no es sólo ideológica, también es espacial. Y es imposible contrarrestarla con más de 20 partidos en la Cámara, así que en esto soy radical. La solución drástica es un sistema uninominal a una vuelta, como el británico, que es brutal. Una elección así nos dejaría con 6 o 7 partidos en el parlamento. Pero como eso es inviable en Chile, porque ya hay un multipartidismo atomizado, tenemos que buscar una solución propia. Y el 5% es un umbral bastante convencional en Europa. Menos que eso, casi no sirve.

Esto va a seguir regulado por ley, porque en la comisión de Sistema Político se rechazaron las indicaciones que fijaban umbrales.

Sí, lamentable. Porque tú puedes decir “hoy esa norma también está en la ley”, pero la realidad ya desbordó a la norma, no podemos mantener lo que hay. De hecho, a mí no me gusta definir el sistema electoral en la Constitución. Pero esos 21 partidos ya están ahí, ¿y cómo van a votar una ley que los perjudica a ellos mismos? Por eso había que dar esa pelea en la Convención.

El equipo conductor

Más allá de los tropiezos propios de la instalación, ¿ves bien equipado al gobierno para lo que viene o echas de menos algo?

A escala del presidente, lo veo completamente bien equipado. Y si uno evalúa puesto por puesto los nombramientos de ministros, subsecretarios y jefes de servicios importantes, este es un gobierno con un muy buen elenco. El problema está en el equipo conductor, porque no está afiatado. Y para ser franco, no sé si ese afiatamiento del equipo político, que todo el mundo espera, sea posible sin la centroizquierda. Con lo cual estoy diciendo que probablemente falta un actor en el equipo político.

¿Por qué sería tan necesario?

Giorgio Jackson dijo hace un mes algo muy cierto, pero cuya complejidad pocos han dimensionado: aquí tenemos un gobierno con dos coaliciones y eso es inédito. Y son dos coaliciones que llegan con historias distintas, con visiones de futuro no idénticas, donde el elemento unificador es un programa que les hace sentido a todos. Pero la ejecución de ese programa otra cosa y hay que tomarse muy en serio esta rareza, que participa de la naturaleza experimental de este gobierno. En Portugal, que es el otro experimento de izquierda interesante, el PS gobernó desde 2015 en alianza con un bloque tipo Apruebo Dignidad, pero que no integraba el gobierno, apoyaba desde el parlamento. Eso se rompió en 2021 y ahora el PS gobierna solo, pero funcionó bien seis años. Aquí es todo el revés: predomina el bloque más joven que está a la izquierda del PS, aliada con la centroizquierda clásica que participa del gobierno mismo. Como experimento es espectacular, pero hay que tomárselo en serio.

Según las encuestas de abril, el grupo etario más reactivo, que se pasó más rápido de votar por Boric a reprobarlo y del Apruebo al Rechazo, son los treintañeros. Para un gobierno tan generacional, es complicado.

Ahí hay un serio problema. Porque lo que yo leo detrás de eso, como fenómeno de los tiempos, es la configuración de un pueblo chúcaro. Pero no es sólo el pueblo de Chile. Todas las sociedades se han vuelto chúcaras y eso hace súper difícil la tarea de gobernar democráticamente.

Si a todos los gobiernos les pasa lo mismo, se dice cada vez más, es porque la sociedad entró en una dinámica de fragmentación e inmediatismo que en realidad la vuelve ingobernable.

Bueno, de ahí este auge de democracias iliberales y presidentes autoritarios que a mí me tiene tan preocupado. Y cuando dices fragmentación e inmediatismo, agrego un tercer elemento: ira popular. El piedrazo a Gabriel Boric, los tomatazos a Macron y la bofetada que se comió hace tres años, el escupitajo que tuvo que soportar Bachelet en su segunda campaña, no son simples desvaríos individuales. Aquí hay mucha ira. Y es muy difícil conciliar la comprensión intelectual de la ira con su gestión política, extremadamente difícil.

¿Y esa ira contra la política también es contra el modelo? Volvió la tesis de que la izquierda forzó esa interpretación.

No, creo que los dos elementos están metidos. El estallido social fue eso: una dimensión antipolítica muy profunda −que, ojo, también involucra al PC− y una escalada de acción colectiva contra el modelo. O sea, que la gente está hasta la tusa con el modelo neoliberal, me parece evidente. La verdadera pregunta es si existe suficiente política para una salida del neoliberalismo. No del capitalismo, porque eso ni sabemos qué significa. Pero del neoliberalismo creo que se puede salir.

¿Eso sí sabemos qué significa?

Para mí, significa volver decididamente a la visión de la socialdemocracia clásica: educación, salud y previsión como derechos sociales que, más allá de quien los provea, no son mercancías, no son un derecho que se compra. Por lo tanto, no tengo ningún problema en decirlo así: del neoliberalismo se sale volviendo al pasado.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.