Columna de Héctor Soto: “El nuevo ciclo”



No solo es legítima, sino también inevitable la comparación entre el regreso a la democracia en marzo de 1990 y la instalación hoy día de la Convención Constituyente. Han pasado 32 años y la sensación de mucha gente es que, de nuevo, el país se está refundando. Bien puede ser una percepción hipertrofiada. Pero también podría ser que por esta vez esa intuición no ande descaminada.

En la vida de un país, 32 años, como en el tango, no es nada. Sin embargo, vaya que ha pasado agua bajo los puentes. No hay quién no lo sepa: el país ingenuo y pobretón de esos años, inseguro de sí mismo y sacrificado que fuimos alguna vez, abrió paso a una sociedad bastante más diversificada, exigente, consumista y altanera. En cosa de una o dos generaciones, las condiciones de vida cambiaron sustancialmente. Mejoramos en muchos planos y no tiene mucho sentido invocar los datos de ingreso per cápita, de expectativas de vida, de educación, de consumo calórico o de electrodomésticos para demostrarlo. En otros ámbitos, fuimos decididamente para atrás: la enseñanza en las escuelas es de peor calidad, los niveles de confianza interpersonal son más bajos, la marginalidad se hizo más dura, la vida en las ciudades más peligrosa y la crianza de los hijos, entre otras variables, más cara y difícil.

La gran diferencia, en todo caso, entre el Chile de comienzos de los 90 y el actual es de orden anímico-político. En 1990, el país salió a reencontrarse con gran entusiasmo y fe en los cauces del sistema democrático. Era, es cierto, un sistema político todavía imperfecto, con senadores designados, con tutelaje militar y varias otras restricciones. Pero existía la confianza en que la democracia iba a liberar energías y potencialidades que durante la dictadura se habían frustrado o reprimido injustamente.

En el Chile de hoy, en cambio, la apuesta por la democracia es mucho menos resuelta. Aunque duela, es la verdad. La confianza que existió hace tres décadas en cuanto a esta forma de gobierno -la vieja democracia representativa, liberal, burguesa, que ha acompañado casi siempre al país en su historia- a estas alturas está disminuida por varios conceptos. La modernización que el sistema generó es ninguneada por amplios sectores. A partir de la repulsión que les inspira, por un lado, el capitalismo. El rencor contra las élites, por el otro, puso en entredicho la democracia representativa. Son muchos los teóricos de la política que en estos momentos se están quebrando la cabeza por dar con formas de democracia directa que permitan a los ciudadanos estar decidiendo 24/7 los dilemas gubernativos. Y son muchos más los que sueñan -Dios nos libre, porque no hay peor pesadilla- con la república asambleísta, donde cada estamento, cada barrio, cada gremio, cada comunidad se autoconvoca para tomar el destino de la nación por las astas para dar cabal cumplimiento, se supone, a la voluntad del pueblo.

En realidad, para sondear el desafecto con la democracia no es necesario ir tan lejos. No solo el llamado estallido de octubre de 2019 está muy fresco en la memoria. También lo está la extraña compulsión que tuvo la izquierda para jugársela por derribar al gobierno, no obstante el contundente mandato ciudadano que esta administración recibió a fines del 2017. Bastaron unas pocas semanas para que el sector pusiera en el congelador sus presuntamente inconmovibles lealtades democráticas. Porque se disiparon de un día para otro, al calor de la fiebre subversiva de la primera línea y del imaginario colectivista que acompañó a esas jornadas. Hay mucha gente -parlamentarios, dirigentes políticos, periodistas, líderes sociales- que en algún momento debería responder por estas deserciones.

Es cierto que también hay decepciones en la derecha con la democracia. Sin embargo, políticamente pesan bastante menos. Se traducen cuando más en un cierto malestar asociado al relativismo moral, a la sensación de caos, de impunidad y de pérdida de valores cívicos del Chile de los últimos dos años. Pero esta es la derecha que cree que bastaría solo un poco de mano dura para resolver el problema.

También es interesante mirar el cuadro desde otras perspectivas. A pesar de los temores que inspiró la transición política en sus inicios, quizás sea difícil encontrar en nuestra historia reciente una década más optimista que los 90. El desarrollo y el bienestar general parecían a la vuelta de la esquina. Ahora, lo que está a la vuelta de la esquina -de cualquiera- es una protesta. Y basta salir un rato a la calle para comprobar, entre mascarillas malhumoradas y miradas torvas- que el optimismo en el Chile actual no es precisamente una moneda muy corriente.

¡Qué importa!, dirán algunos. Sin embargo, el optimismo es un insumo político indispensable, en especial en las fases en que una sociedad comienza a levantar algo o está dando inicio a un nuevo ciclo. No solo en esta dimensión el país de hoy se queda corto. Si es verdad, como lo piensa mucha gente, que la alegría en los años de la transición nunca llegó, bueno, la situación actual es peor, porque en este contexto no se divisa cómo, por qué, por dónde o para cuándo podría venir. Así y todo, igual seguimos esperándola.

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