Columna de Max Colodro: De las consecuencias

saqueos



A la crisis social y política iniciada el 18 de octubre se agregará ahora el deterioro económico, una secuela obvia y esperada de lo que se ha vivido desde esa fecha, y que en el próximo tiempo vendrá a complicar aún más la búsqueda de soluciones a los problemas que ella puso en evidencia. El desplome del crecimiento observado en octubre augura efectos severos en materia de desempleo y el Banco Central ya proyecta una cifra de dos dígitos, que acompañaría a una baja de la inversión de hasta - 4% durante 2020.

Con todo, quizás más grave que el daño material sea la destrucción de confianza, el abismo de incertidumbre que esta crisis ha instalado en el centro de nuestra convivencia. Sin certezas respecto a las causas principales del malestar social, sin explicaciones concluyentes respecto a los factores que están detrás de esta inédita explosión de violencia y de la masividad de los saqueos, la verdad es que -al menos hasta ahora- son más preguntas que respuestas las que recorren nuestro presente. Las fuerzas políticas y no pocos intelectuales se han apurado en elaborar diagnósticos "a la carta", es decir, según sus preferencias, convicciones e intereses, pero es innegable que en realidad estaremos un largo tiempo buscando las claves de todo lo que ha ocurrido en estas semanas, más aún cuando todavía no se conoce su desenlace.

Lo cierto hoy día es que las secuelas económicas ya empiezan a sentirse y que todas las señales apuntan a un caída importante de la inversión, al aumento del desempleo e, incluso, la posibilidad de una recesión técnica. Así, una de las complejas paradojas de lo que enfrentaremos hacia adelante tiene relación con las expectativas de la gente, con el esfuerzo y el desgaste emocional que este período ha representado, en función de obtener mejoras en las condiciones de vida. En efecto, muchos de los que depositaron sus esperanzas en este movimiento verán como su vida empeora en el corto plazo, con el fantasma de la cesantía acechando o consumándose, con restricciones financieras y un horizonte más incierto.

En rigor, la economía no solo deberá hacerse cargo de reconstruir todo lo que ha sido devastado, incluyendo los empleos que se han perdido y los que se perderán; también vivirá los efectos de la incertidumbre y la desconfianza que fenómenos de esta naturaleza instalan en la toma de decisiones de inversionistas y consumidores. La normalidad de las últimas décadas desapareció y fue reemplazada por una ola de malestar y de protesta, con grados extremos de violencia y destrucción, que han configurado un proceso que todavía no sabemos dónde termina, pero que, entre otras cosas, ya dio origen a un cambio en las reglas del juego que incluye una "hoja en blanco" en materia constitucional. A ello se agregará también el imperativo de una nueva reforma tributaria, que permita hacerse cargo de las demandas y exigencias que la crisis social ha puesto sobre la mesa. Y por si todo esto fuera poco, la economía estará sometida al estrés que supone ajustarse a una reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales, a un aumento de la cotización previsional cercano al 50% y un alza significativa del salario mínimo.

Se ha dicho que esta es la primera crisis económica autoinfligida desde el retorno a la democracia. La "asiática" de 1999 y la "subprime" de 2008 fueron en los hechos secuelas de shocks financieros externos, respecto a los que había poco que hacer salvo tratar de aminorar sus impactos. Ahora, en cambio, las causas están asociadas a decisiones tomadas por nosotros, a las cosas que hemos hecho, defendido y justificado desde el 18 de octubre. Así, en un país donde nos gusta más hablar de derechos que de obligaciones, tendremos ahora la pedagógica exigencia de asumir responsabilidades, de descubrir que las decisiones siempre tienen consecuencias y que, al margen de las distintas justificaciones, no podemos escapar a ellas. Es sin duda la gran enseñanza que la economía nos impondrá en los meses que vienen.

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