TikTok me hace daño: encierro y trastornos alimenticios en pandemia

El aislamiento, la soledad y el uso excesivo de redes sociales están teniendo un efecto que muchos psiquiatras han empezado a ver en sus consultas: jóvenes que llegan con trastornos alimenticios gatillados, en parte, por los videos y modas que siguen en TikTok. Le pasó a Jéssica en Puerto Montt. Pero también a miles de otras en el mundo.




Jéssica (20) está consciente de que cada vez que está con su celular, entra en una rutina que le hace daño. Todos los días, acostada en su cama, abre su cuenta de TikTok -una red social que permite crear y ver videos de personas de todo el mundo- y puede pasar horas conectada. El algoritmo de la aplicación siempre la lleva al mismo tipo de videos: chicas de su edad, muy delgadas -según cuenta-, bailando coreografías con la canción de moda. Si desliza hacia abajo le aparece el siguiente video. Muchas veces lo que le aparecía era un tutorial de dieta para no engordar en cuarentena. Luego, una modelo que lleva más de cuatro días en ayuno. Y si sigue hacia abajo, más chicas de su edad que hacen el desafío que es tendencia: quarantine glow up: mostrar el antes y después de ellas en esta cuarentena. El después que muestran es un cambio abrupto. Aparecen más delgadas, maquilladas y con ropa nueva.

Y Jéssica no se ve así. Por eso es que ese contenido la hace llorar. Aún así no puede dejarlo. Ver TikToks en su teléfono se ha convertido en la única rutina que tiene para sobrellevar el encierro.

Los videos no son algo azaroso. Jéssica es estudiante de Trabajo Social, vive en Puerto Montt y desde los 13 años lleva luchando contra la bulimia. Todo empezó cuando en el colegio sus compañeros la molestaban porque su cuerpo se fue desarrollando primero que el de sus amigas. Eso le generó un trauma con la alimentación y el peso que incluso la llevó a una hospitalización a los 15 años. Con el tiempo, ha aprendido a manejar su enfermedad con altos y bajos. El problema es que los bajos se dan cada vez que le toca pasar por momentos complejos. Ahí es cuando su trastorno se activa y los pensamientos se vuelven difíciles de controlar.

Para el verano de 2020 había logrado cierta estabilidad. Después de rendir la PSU, quedó seleccionada en la carrera que quería estudiar, pudo pasar sus vacaciones en la casa de sus tíos, que era lo que más le gustaba, había recién entablado una relación de pareja y se estaba alimentando bien. Pero eso cambió con la pandemia.

En su casa viven su mamá, su abuela y su hermano de seis años. Por eso es que con las cuarentenas el cuidado al contagio fue estricto. Y a Jéssica eso le empezó a afectar. Sobre todo porque en su familia no saben que tiene bulimia. Su mamá piensa que solo son desórdenes alimenticios. “Cuando uno tiene esto, trata de hacer otras cosas para no pensar en la comida. De alguna manera buscas distracciones, sales de tu casa y lo puedes superar. Pero cuando estás encerrada y no tienes nada que hacer, los pensamientos empiezan a ser obsesivos”, dice ella.

Perder lo que era su vida normal hizo que empezara a recluirse en su pieza y que su único medio de comunicación con el resto fuera su teléfono: lo ocupaba para estudiar, para hablar con su pareja y para distraerse de la realidad en redes sociales. Esa soledad también la llevó a otras cosas: en abril le llegó un enlace para unirse a un grupo de WhatsApp llamado Beauty Queen, en el que había chicas chilenas y extranjeras que sufrían lo mismo que ella. Ya había estado en ellos antes y sabía las condiciones. Para ser admitida por la administradora, tenía que decir su peso corporal, enviar fotos de su cuerpo y responder una pregunta: si era princesa Ana o Mía. Ana es la abreviación de anorexia, y Mia, de bulimia. Lo que ahí se habla, Jéssica lo describe así: “La administradora te da algunas instrucciones, consejos para disimular que somos princesa Mia”.

Influencers peligrosos

Katerina Sommer, una psiquiatra infanto-juvenil especialista en trastorno de la conducta alimentaria, sabía que la pandemia generaría todas las condiciones para que los pacientes que sufrían de anorexia y bulimia se agravaran. Lo empezó a notar este año, pero además vio que nuevos pacientes estaban llegando por primera vez a verla. “Al menos en mi consulta los casos han aumentado un 50%. Pero lo que se ha visto en otros servicios es cerca de un 20 o 30 por ciento, lo cual es significativo”, explica.

El aislamiento y la ausencia de actividades propositivas que ayudaban a sus pacientes a aliviar la angustia y ansiedad son una de las razones principales de este incremento. Pero con la cuarentena, pasó otra cosa: “La comida tomó un eje mucho más central. Comemos para distraernos, comemos para entretenernos, comemos para manejar y regular las emociones negativas”, explica Sommer. Eso hizo que tanto en los medios como en las conversaciones familiares, el cuerpo poscuarentena se volviera un tema. Y el cómo cuidarse y alimentarse de manera saludable empezó a calar hondo en aquellas personas más vulnerables a los trastornos de la conducta alimentaria. Para ellos, este era el caldo de cultivo perfecto para que se gatillara su diagnóstico. Así lo sintió Jéssica en su casa: “Como estoy encerrada, veo todos los días el refrigerador. Entonces estoy todo el rato preguntándome, ¿qué voy a comer? ¿Como o no como?”.

Esa disyuntiva crecía aún más cuando entraba en TikTok e Instagram, donde veía cómo todos sus contenidos giraban en torno a lo mismo. Pero no era solo eso, sino también la cantidad de tiempo que le dedicaba a ese consumo. Jéssica reconoce que si antes estaba entre dos y tres horas revisando sus redes, ahora puede llegar a pasar más de cinco deslizando la pantalla hacia abajo, viendo los interminables videos de TikTok. Y ese es justamente el problema. Sommer lo ha visto en sus pacientes e incluso les ha tenido que prohibir el uso de estas aplicaciones por un tiempo: “Las redes sociales no son algo nuevo. Lo que pasó ahora es que todo el mundo se centró mucho más en ellas. Las personas se distraen subiendo historias y sacándose fotos. Pero además están muy preocupados de cómo salen, tienden a ocupar ciertos filtros y a compararse mucho con el resto”, dice Sommer.

En ese consumo, Jéssica empezó a interactuar con cuentas de mujeres influencers que fomentaban tener cuerpos perfectos, mostraban lo que comían e, incluso, contaban sus experiencias con trastornos alimenticios. Una de esas que seguía, subió un video advirtiendo algo: “Tengo muchos comentarios de niñas preguntándome por rutinas, de niñas que me dicen que ya no tienen hambre. Todos mis dúos (las reacciones a sus videos) son de niñas comiendo o llorando. Pero la verdad es que yo estoy operada, yo como mucho, no tienen por qué preguntarme ni pedirme rutinas, ni qué como en un día, porque no me cuido. Este cuerpo es real, pero está ayudado”.

Advertencias como esas abren un debate respecto de la responsabilidad que existe de parte de quienes crean este tipo de contenidos. Sobre todo porque estos han ido evolucionando hacia nuevas formas de interacción. “El impacto de TikTok en Chile no es menor. Con más de tres millones de cuentas, las personas consumen contenido según lo que va apareciendo en la plataforma, a través de su algoritmo. Mientras más te gustan ciertos contenidos, los verás más. Al ver videos de dietas y consejos de salud de gente no autorizada médicamente para darlos, lo único que haces es crear una burbuja que te puede terminar afectando”, explica Manu Chatlani, director ejecutivo de la agencia digital Jelly.

De las cosas más graves que le ha tocado ver a la psicóloga de la Unidad de Salud Adolescente del Hospital Sótero del Río, Camila Ercoli, han sido los desafíos tipo blog que muchos adolescentes hacen en TikTok: mostrar lo que comen en un día, muchas veces a base de no más de mil calorías consumidas en total. Esto coincide con el diagnóstico de Chatlani: “Las redes están llenas de expertos que son jóvenes o adultos sin especialización, que dan consejos sobre estilos de vida saludables y proponen dietas. Los adolescentes usan esa información de internet como una referencia en la que pueden basar la alimentación, y eso es grave”, advierte Ercoli.

En ese sentido es que el académico de Comunicaciones UC, Daniel Halpern, cree que debería existir un cierto cuidado. “No es culpa de quien emite esta información, porque esa persona supone que se está dirigiendo a gente adulta que tiene cierto criterio. Pero sí se les podría pedir que traten de ser más responsables, pues la forma con que ellos están enfrentando esta dieta o forma de vida puede ser dañina para otros”.

El problema es cómo se transmite esa advertencia. Cada vez que Jéssica escuchaba testimonios de personas que contaban en redes su experiencia con trastornos alimenticios, le traía malos recuerdos y la angustiaba. Eso, sumado a la presión que había en el grupo de WhatsApp por bajar de peso y cumplir con los ejercicios que la mayoría de las veces eran excesivos, la llevaron a un punto en el que no aguantó más.

En mayo del año pasado, Jéssica salió de su pieza a decir que no se sentía bien. “Me empecé a asustar, porque estaba mareada, con mucho frío, más pálida de lo normal y mi periodo no me había llegado”. Nada de esto lo habían notado antes en su casa. Su mamá no solo estaba más preocupada de su hijo pequeño y de su madre, Jéssica también había hecho esfuerzos por disimular su malestar: frente a la baja de peso, se ponía ropa holgada e iba al baño a horas en que nadie estuviera pendiente.

Ese día su mamá la llevó a una posta cercana a su casa. Pero, tras verla mal, la derivaron a la Clínica Universitaria de Puerto Montt para que la hospitalizaran. El diagnóstico era evidente: déficit de vitaminas a causa de mala alimentación.

Ansiosos y encerrados

El aumento de adolescentes con Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) durante la pandemia en Chile no es un hecho aislado. En EE.UU. las tasas de hospitalización de estos pacientes en el hospital Boston Children’s, por ejemplo, aumentaron más del triple durante la pandemia. “Hace dos semanas fue el congreso mundial del TCA y el aumento de casos y la gravedad de estos es un fenómeno transversal. Ya es historia frecuente que hay una adolescente que al principio subió de peso, que después empezó a tratar de comer más saludable, a hacer rutinas de ejercicios con TikTok y se les va de las manos”, dice Valerie Jeanneret, psiquiatra infanto-juvenil de la Unidad de Trastornos de Conducta Alimentaria de la Clínica Alemana.

Pero existe una reflexión más profunda: “La pandemia le hizo un jaque mate al control, y pone en relevancia la realidad de la incertidumbre. Y no hay nada más amenazante para una persona con TCA que la incertidumbre. Entonces, sus diagnósticos se exacerban, porque la alimentación es lo único que pueden seguir controlando”, sostiene Claudia Montebruno, psicóloga y directora clínica del Centro de cuidados y atención diurna de desórdenes alimenticios, Cadda.

Si hay algo que ha ayudado durante este tiempo, agrega Jeanneret, es que al estar los padres más tiempo en la casa se dan cuenta de lo que les pasa a sus hijos. Por eso están consultando más. Aunque quizás no con la premura que se debiera: “Muchas veces los papás las traen cuando ya están graves, y eso posiblemente es porque ellos también han estado ocupados con la pandemia”, advierte.

Quizás por eso, la mamá de Jéssica tardó tanto en darse cuenta de lo que le ocurría a su hija. Después de darle el alta tras una semana hospitalizada, empezó a estar más pendiente: comenzó a regular los horarios de comida, administrar sus porciones, agendó una hora con un psiquiatra y se preocupó de estar más presente en los momentos en que su hija se encerraba en su pieza. Eso a Jéssica no le incomodaba. Sobre todo porque después de estar por segunda vez internada, entendió que tenía que hacer algo.

Desde el año pasado que permanece en tratamiento y reconoce que ha podido avanzar en algunas cosas: “El psiquiatra me aconsejó que me alejara de las redes, he dejado de estar tan activa y, si me conecto, trato de que sean cosas que no me hagan recordar la bulimia”, dice. Eso la ha ayudado a sentirse mejor. Lo ha notado en su rutina. “Cuando no piensas en eso cambia tu manera de escribir, tu manera de vestir, dejas de ponerte ropa tan holgada, te maquillas, te pones linda y hasta escuchas otro tipo de música”.

Salirse del grupo de WhatsApp Beauty Queen también ayudó. Aunque no fue por decisión propia. “Es muy común que en estos grupos entre gente infiltrada que comienza a insultar a las chicas. Cuando eso pasa, todas se comienzan a salir, la administradora lo elimina y hace otro”, cuenta Jéssica.

Algo así le pasó hace unos meses: a su celular le llegó otro enlace en el que la invitaban a unirse al grupo nuevo que se había creado. Esta vez era uno con nombre diferente, y las condiciones que se pedían para estar ahí no eran tantas.

Jéssica, entonces, hizo algo que no había podido hacer antes. Eliminó el mensaje.

¿Dónde y a quién recurrir si veo a mi hijo con desórdenes alimentarios?

- Fono programa SaludableMente: 600 360 7777

- Solicitando atención psicológica y/o nutricional a través de videollamada desde el computador, tablet o celular en hospitaldigital.gob.cl

- Fono Salud Responde de Minsal: 600 360 7777 (opción 1)

- Centro Cadda: cuidados y atención diurna para desórdenes alimentarios: +56 9 7534 0658/ +56 9 73791522

- Centro Aida: atención interdisciplinaria para desórdenes alimentarios: +569 93598394 (solo WhatsApp)

- Línea Libre para niños, niñas y adolescentes. Fundación para la Confianza e Injuv. Orientación también descargando la app o visitando www.linealibre.cl: 1515

- WhatsApp de Apoyo Emocional. Fundación de las Familias y Primera Dama. Atención en línea de sicólogos a través de WhatsApp: +569 3710 0023

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