Cretinismo, fase superior del octubrismo

Foto: Agencia Uno.

La Convención puede fracasar de dos maneras: aprobando un texto electoralmente exitoso, pero que en vez de articular un orden simplemente destruya el existente -una repartija entre piratas- o bien produciendo un texto tan evidentemente defectuoso que no logre apelar siquiera a las más bajas pasiones de los votantes.




La única amenaza real que enfrenta la Convención Constitucional viene desde su extremo izquierdo, inflado por la farsa étnica de los cupos reservados. Esto fue así desde un principio y por eso Jaime Bassa, el sofista menor, intentó evitar el escrutinio serio de sus actividades culpando a toda crítica de “hacerle el juego a la derecha”. Derecha que, en minoría absoluta y partida en dos, pesa poco y nada en la Convención. La forma idiota e idiotizante de lidiar con el problema por parte de Bassa refleja y refuerza exactamente la amenaza que pende sobre el proyecto constitucional: el cretinismo.

La Convención puede fracasar de dos maneras: aprobando un texto electoralmente exitoso, pero que en vez de articular un orden simplemente destruya el existente -una repartija entre piratas- o bien produciendo un texto tan evidentemente defectuoso que no logre apelar siquiera a las más bajas pasiones de los votantes. Todos los actores políticos de tendencia centrista dentro de la instancia han dado una dura batalla por aprobar algo que flote. Se encuentran, como los combatientes de Leningrado, atrapados entre dos barbaries. E incluso varios que no son centristas han terminado preocupados, entendiendo que no servirá de nada tener ambiciones y orgánica política en un mundo donde el poder no se encuentre institucionalmente organizado. El fantasma de la ineficacia -del Estado fallido, en palabras de Mario Waissbluth- aparece en el horizonte. Fantasma que es, al mismo tiempo, el estandarte de los cretinos.

El cretinismo, en su acepción peyorativa, es una disposición vital movida por tres convicciones fundamentales. Las dos primeras son que todo bien es suma cero -es decir, que existe en una cantidad fija, por lo que para obtener algo siempre hay que quitárselo a otro- y que él, el cretino, ha sido injusta, especial e intencionalmente dañado en la asignación de prestigio, poder y/o dinero. El cretino siempre se siente víctima. La tercera viene a explicar las dos anteriores: todo poder es por su naturaleza abusivo, basándose en la fuerza, la propaganda y en el miedo. En otras palabras: no hay autoridades legítimas. La dominación es un asunto mecánico, desvinculado de toda verdad. Aquello “hegemónico” se instaló a la fuerza, y a la fuerza puede ser reemplazado.

Todo cretino con poder es, por supuesto, un tirano. Esto es lógico, pues asume que la autoridad se sostiene en la fuerza y el miedo. Luego, este tipo de personajes hablan como anarquistas hasta que reciben una cuota de mando, y ahí se vuelven déspotas. Odian el orden establecido, pero porque no está establecido en función de ellos.

El octubrismo, sin ir más lejos, es una ideología cretina. Su objetivo sistemático ha sido disolver el orden institucional para permitir el ejercicio de un poder fáctico por parte de pandillas de abusadores, saqueadores, violentistas y narcotraficantes. Todo en nombre de “el pueblo”, y haciendo un uso manipulativo constante de la victimización. “Pobrecitos nosotros, los matones”. Lucy Oporto logra un retrato muy descarnado de este fenómeno en su libro He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza.

La Plaza Italia hoy es un monumento a la medida de esta ideología: un peladero rayado y meado, una tumba profanada y un podio sin nada arriba, salvo los cretinos a medio emborrachar que la escalan para rendirse culto a ellos mismos. Todo el centro de Santiago intentó ser sometido al mismo tratamiento. Pero ese avance del desierto tiene un prólogo institucional: la destrucción, en nombre de la justicia, del Instituto Nacional y otros liceos emblemáticos. Joaquín Trujillo ha señalado correctamente que la izquierda triunfante construyó su poder haciendo pebre muchas instituciones educacionales. Pero lo más interesante del caso es la bajeza de los motivos detrás de esta destrucción: como no todos pueden tener algo tan bueno, como no todos son igual de disciplinados o inteligentes, como el mérito siempre está atado a ciertos elementos de suerte, arrasemos hasta que todo sea ruina y manden las patotas de mediocres enojados que experimentan los logros ajenos como un insulto personal. Ya que Salamanca no presta, que arda Salamanca. Ojalá los periodistas e intelectuales que recién hoy “descubren” que la meritocracia es un mito, tomen nota también de los peligros de la cretinocracia que afila sus dientes, no sea que saltemos de un mito malo a otro peor.

Si alguien necesita inspiración para entender este afán mediocre por destruir y derribar lo que destaque, puede revisar las memorias del compositor ruso Dmitri Shostakovich (al son de su famosa Séptima Sinfonía, ahora trágica y correctamente comprendida), el libro que Julian Huxley (hermano de Aldous) le dedicó a la pseudociencia de T.D. Lysenko (espero que no sea un héroe para la convencional Dorador) o bien la obra Imposturas intelectuales, de Bricmont y Sokal. En todos estos casos se evidencia cómo el saber y el talento genuinos han sido perseguidos y humillados por cretinos con ambición de poder o fama, siempre en nombre de “el pueblo”, el antiimperialismo o anticolonialismo (la última moda en los departamentos académicos dudosos de los centros coloniales donde los descolonizadores del tercer mundo obtienen sus diplomas y su jerigonza) y la justicia social en todas sus formas (ejemplo: Luce Irigaray alegando que E=mc2 era una “ecuación sexuada” por “privilegiar la velocidad de la luz sobre otras velocidades [menos masculinas] que son igualmente necesarias para la vida”).

La Convención Constitucional, entonces, corre el riesgo de ser el epílogo de esta asonada cretina. La mezcla de victimismo plañidero y autoritarismo extremo de la “Lista del pueblo” es un buen ejemplo. Todo el cuento del “negacionismo” era un monstruo con cara de Padre Hurtado y alma de Manuel Contreras. Y ninguno de los cretinos involucrados en tal aberración ha dejado de transmitir en la misma frecuencia después del episodio. Por otro lado, la farsa étnica utilizada para abultar los votos de la extrema izquierda mediante cuotas indígenas ya no resiste mucho más análisis: lo que el Presidente Boric destaca como gran fortaleza de la Convención es exactamente su talón de Aquiles en términos de legitimidad democrática. Los octubristas se apropiaron de la instancia pasando gato por pueblo y haciendo valer el voto de un puñado de personas más que el de varios miles de ciudadanos. Y es evidente que demasiados ahí adentro quieren hacer con las instituciones del país lo mismo que ya hicieron con el Instituto Nacional y la Plaza Italia.

Este buscado epílogo es triste, porque la promesa de la Convención era construir la “casa de todos” y no la covacha rayada y meada de los tarados rabiosos. Había (¿hay todavía?) una oportunidad para corregir problemas e injusticias importantes y profundas. Sentar las bases para un Estado social profesional y mercados abiertos y competitivos que cierren la brecha entre estructura social y estructura institucional, consolidando nuestras clases medias. También para establecer las bases de un pluralismo étnico y religioso honesto, en vez de una sórdida y dudosa repartija identitaria. El mundo empresarial y la derecha, consternados frente al escenario político, estaban llanos a apoyar ese tipo de salidas. Pero nada de esto será posible con una desconstitución orientada a saciar las bajas pasiones de personajes dominados por el deseo de dominar.

Jorge Baradit, autor de una versión cretinista de la historia nacional, ha sido un leal vocero de su causa. Mostró gran orgullo por haberle bloqueado todo a “la derecha” (junto con todas las iniciativas populares) en las comisiones de la Convención. Proclama sin vergüenza que lo que presentarán al plebiscito será una Constitución exclusivamente de izquierda (lo mismo que Bassa). Y hace fiesta con los idiotas que defienden esta exclusión y abuso argumentando que sería una contramano a lo que hizo Pinochet, revelando al identificarse con un dictador las pasiones que los animan.

Este discurso, cuyo fin es simplemente jactarse de abusar del poder, tiene el efecto de liberar de responsabilidad y también de toda lealtad respecto al resultado del trabajo de la Convención a los sectores de la sociedad que no se identifiquen con el octubrismo. Baradit, Bassa y sus amigos, así, se comienzan a instalar como los guaripolas de la campaña del rechazo, o al menos de una nueva Constitución con pies de barro. Son los Jaime Quintana retroexcavando la legitimidad de la Convención. No entienden que la dominación legítima se conquista mediante el consentimiento más amplio posible de los dominados. No entienden que la legitimidad política supone una cierta lealtad común al espacio compartido. No entienden que la colaboración en ese espacio multiplica la riqueza y la prosperidad de los pueblos. No entienden que un orden sostenido en el miedo y la fuerza es la forma más baja y precaria de existencia política. Ellos miran el desierto, observan la destrucción y la inmundicia que van creando, y piensan: “ahí quedaron los fachos, los fachos tienen miedo”. En ese excremento viven y de él se alimentan. Y han dejado en claro que están dispuestos a arruinar y desperdiciar una oportunidad verdaderamente histórica para enderezar las cosas pacíficamente en Chile, con tal de sentirse poderosos poniéndole el pie encima a los demás.

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