Tercera PM
Presenta:
Cristóbal Palma

Cristóbal Palma

Fotógrafo

La Tercera PM

Las tiranías ya no son como las de antes


Que existe una gran variedad de grupos oprimidos en Chile, de eso no hay duda y está ampliamente documentado. La lista es larga: minorías sexuales; minorías étnicas; de género, etc., Y en general toda esa masa de individuos que lleva generaciones al margen cultural y material del poder. Todas estas personas que (uno asume) tienen altamente restringida la posibilidad de expresar sus ideas y más aun de participar en el debate público. Pero hay un grupo al que quizás como sociedad aun no estamos tomando suficientemente en cuenta. Es una minoría relativamente nueva, a la que al parecer diariamente se le está limitando más y más el ya reducido espacio que tienen para formular, debatir y expresar lo que piensa (o al menos eso nos están diciendo cada vez que pueden). Me refiero a los librepensadores de este país.

Y ustedes se preguntarán qué forma tiene esta nueva opresión. El concepto recurrente (acuñado por ellos mismos) es el de “la tiranía de lo políticamente correcto”. ¿Qué tipo de tiranía es esta? Bueno, esta es una tiranía particular, distinta de la que conocimos en nuestra historia reciente. Esta nueva tiranía pareciera ser menos proactiva, entonces no mata, no tortura, no hace desaparecer cuerpos ni exilia. Tampoco cierra medios de comunicación o interviene universidades. Esta nueva tiranía, 2.0 llamémosla, tiene menos herramientas. De hecho, su principal y casi exclusivo medio de ataque es a través de las redes sociales.

Uno ingenuamente podría pensar que en la actualidad existen otras situaciones que potencialmente son más limitantes a la hora de poder expresar tus ideas que el hecho de ser troleado por millenials (como que te disparen en la nuca mientras manejas un tractor), pero los librepensadores tienen la capacidad de abstraerse de la coyuntura para concentrarse en lo que realmente les importa: ellos mismos.

¿Y cómo identificar a los miembros de este nuevo grupo oprimido? Es fácil, son capaces de introducir “epistemología” a cualquier conversación así como quien comenta el pronóstico del tiempo. Gastan horas debatiendo cuestiones esenciales como si el Estado tiene el derecho o no a obligarle al ciclista a usar casco. O sea, son de los pocos individuos que aun se atreven a pensar críticamente. Son los pocos que no se suman al pensamiento de las masas sino que valientemente lo cuestionan.

Pero esa heroica actitud tiene sus consecuencias. Y es que “las corrientes totalitarias” (como las llamó una destacada columnista) están día a día empecinadas en quitarles los pocos espacios que los librepensadores aun tienen para poder ejercer su misión en esta tierra, por lo que se hace cada vez más difícil poder escuchar sus voces disidentes. ¿Y cómo nos enteramos de la progresiva amenaza a la libertad de expresión de esta gente? Quizás ahí está la paradoja, porque nos enteramos a través de sus innumerables columnas de opinión en los principales medios nacionales. O tal vez en alguno de los programas de TV en donde son panelistas estables o recurrentes invitados. También están sus programas en la radio. O puede que sea en algún seminarios de los centros de pensamiento donde los acogen. O a través de alguna publicación de las universidades (privadas) en que trabajan. Son en estos limitados espacios que logran, no me pregunten cómo, de alguna manera hacer oír su voz.

Es tan crítica la situación, tan limitado el acceso a plataformas de difusión o discusión que tienen los librepensadores, que el ala más radical se vio en la necesidad de crear su propia revista que bajo la idea de “hacer frente al ataque a la libertad de expresión” (nos dice su editorial), intenta “poder generar debate en un mundo donde ya no se puede debatir” (nos dice en otra sección). Y basta repasar su índice para darse cuenta de lo imprescindible de este nuevo espacio. Sino de qué otra manera nos podríamos enterar de lo que piensa gente como Bellolio, Gumucio, Kaiser, Gallagher, J.M. Vial, Edwards, L. Montes, etc, que imaginamos escribieron sus textos desde la clandestinidad. Y que el look indie de la publicación no nos engañe y lleve a pensar que este medio pueda correr la suerte que la mayoría de las publicaciones realmente independiente corre. Por suerte su financiamiento está asegurado. Y que alguien encuentre una persona más indicada que Nicolás Ibáñez para financiar esta cruzada en pos de la libre expresión. Bueno, ellos al menos no pudieron.

Porque al igual como uno imagina sucede con la mayoría de las minorías oprimidas de este mundo, esta minoría también cuenta con el apoyo irrestricto del dinero. No olvidemos que si algo tienen en común las limitadas plataformas con que cuentan (medios de comunicación, centros de pensamiento, universidades) es que todos estos están controlados por los grandes grupos económicos de este país. Y, como sabemos, si hay algo que define a un libre pensador es su independencia con respecto al poder. Es desde estos reducidos espacios de lucha que logran desafiar al poder de verdad. No a ese 0,001% de la población que controla el 20% de la riqueza, a los medios de comunicación, políticos, etc. sino al poder de esa gran masa que pasa metida posteando en Facebook y Twitter. Porque sabemos que ahí es donde está realmente el poder en este país y los que deciden qué cosas sí se pueden hablar y qué cosas no.

La intuición nos dice que tal vez deben haber otros grupos que sufren aun mayores barreras sociales o materiales para elaborar y comunicar ideas. Gente que no tiene el derecho adquirido de acceder a posiciones de influencia que sí tienen la mayoría de estos librepensadores simplemente por su cuna. Pero no podemos estar más equivocados. Si bien la marginalidad material y cultural que históricamente padece la mayor parte de la población limita en alguna medida su capacidad de formular y difundir ideas, eso no es nada comparado a lo que padecen los librepensadores. Debe ser devastador que de un día para otro y sin previo aviso, se pierda eso que uno tanto valoraba: el respeto. O sea la capacidad de decir lo que se piensa sin ser cuestionado constantemente por gente claramente menos preparada y menos sofisticada. Gente que no logró (probablemente por el poco esfuerzo de sus padres) estudiar en sus mismos colegios que ellos o acceder a los mismos postgrados, etc. Se los digo de primera fuente. En el colegio no copié más porque era flojo hasta para copiar. En mi corto paso por la universidad pontificia me fue muy regular. Sin embargo, igual terminé estudiando en una universidad en el exterior, mi trabajo es valorado, y ahora incluso tengo la posibilidad de escribir mi propia columna de opinión en un diario de circulación nacional. Porque como dice la versión chilena del dicho, y bien lo saben los librepensadores: “lo que natura non da, tu posición de privilegio si presta”.

En fin. Quizás los alegatos que le escuchamos al librepensador a diario no es otra cosa que una gran tomadura de pelo. Una performance artística de corte conceptual de quienes entienden que a veces el absurdo, lo que no hace sentido a primera vista, puede ser la manera más directa de llegar a la verdad. Porque cuesta pensar en algo que pueda ser más absurdo que un grupo de gente extremadamente privilegiada, con un acceso infinito a espacios para pensar y difundir sus ideas, haciendo una pataleta constante acerca de cómo en este mundo ya no se puede decir lo que uno piensa.

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