La belleza de lo natural

Fotos: Agradecimiento marcas.

El rescate de los procesos nobles, con tiempo, y la factura hecha sin prisa pero sin pausa, con la intención de alejarse de lo desechable y convertirse en un objeto cotidiano perdurable en el tiempo. Aquí dos buenos ejemplos: Panal Lab, un laboratorio de oficios que explora materiales naturales para crear objetos cotidianos, y La Escobillera, que con sus objetos atemporales acompaña sabiamente el diario vivir.




Con piel de abeja

Carla Aravena comenzó a ver frecuentemente en el mercado las telas enceradas, pero encontraba que el precio era muy elevado. Socióloga de profesión, siempre estuvo cerca de las artes y manualidades, así que pensó que podría hacerlas ella: “¿Qué tan difícil podía ser? Solo es una tela cubierta con cera de abejas”, dijo. No fue tan fácil, estuvo meses buscando una fórmula ideal. “Cuando di el primer taller para enseñar a hacer las telas enceradas y se llenó, me di cuenta de que había una necesidad de que este conocimiento estuviera al alcance de más personas y empecé a levantar Panal Lab, a dar talleres, a tomar talleres, a estudiar, a aprender de apicultura, de telas, de cómo teñirlas naturalmente”, explica.

Hoy Panal Lab es un laboratorio de oficios, donde la investigación para explorar materiales naturales que luego crean objetos cotidianos “nace con el interés de aportar a problemáticas medioambientales globales, tanto la reducción de desechos domiciliares como del desperdicio de alimentos”, cuenta Carla.

Un trenzado de distintos saberes y experiencias que quedan en un objeto. Es mezclar el oficio textil, la apicultura y los tintes naturales, para llegar a un objeto utilitario que contribuya a reducir la contaminación y ponga en valor los oficios y el trabajo a mano.

Para esto se promueve un ciclo sustentable donde se confecciona a mano, con fibras vegetales, luego se tiñen a mano con tintes naturales y se cubren con materiales de degradación sustentable. “Busco reducir al mínimo en todos los procesos el nivel de impacto y contaminación, desde la selección de materias primas hasta el uso de transporte eléctrico o en bicicleta para los despachos”, dice Carla.

Las telas enceradas sirven para cubrir y mantener los alimentos frescos por más tiempo, gracias a las propiedades antisépticas de la cera de abejas. Además hay que decir que son reutilizables, lavables y compostables. Su uso en la cocina reduce el desperdicio de comida y el desecho de plásticos para envolver. Pero para llegar a esto el proceso artesanal es largo y lento. “Se empieza con la preparación de las telas para el teñido, dándoles la capacidad de fijar y mantener el color en el tiempo. Luego son teñidas con frutos, cáscaras, semillas, hojas y raíces. Se trabaja la cera de abejas dependiendo de su estado, se limpia con cuchillo y luego se filtra. Una vez obtenida la cera pura y sin sedimentos se mezcla con resina de árbol y aceite de coco, y se impregna en la tela teñida y cortada mediante calor”, explica.

Cada kit para fabricar telas enceradas es distinto al otro y funcionan como ediciones limitadas. “Para eso es necesario tener entre medio periodos de investigación y experimentación. También creo que tener nuevos aprendizajes y conocer otros oficios aportan a llegar a otros lugares y crear cosas nuevas. Estoy trabajando en una fórmula distinta para hacer telas enceradas con ceras vegetales, y constantemente estudiando otras técnicas y materiales para teñir naturalmente”, concluye. @panal.lab

Este espacio es un intercambio de aprendizaje… he aprendido muchísimo de apicultores que toman el taller, de personas del oficio textil. Ahí intento generar comunidad, que las personas que toman los talleres se conozcan, se vinculen, puedan generar redes de colaboración.

dice Carla.

La nobleza es atemporal

Corría 1906 y el aseo se hacía con escobillas, cepillos, hisopos, escobillones y escobas hechos por artesanos que cultivaban la curahuilla, “o personas que compraban las colas de animales, que eran un subproducto, y las utilizaban como materia prima para cepillos”, explica María Paz Zúñiga, dueña hoy de La Escobillera.

Al aumentar la demanda surgió la posibilidad de hacer estos productos a mayor escala acompañados de la nueva tecnología que estaba surgiendo en Estados Unidos y Europa. “Es en ese momento que nace La Escobillera como la primera fábrica que, uniendo el trabajo artesanal y la tecnología, podía hacer una gran variedad de escobillas domésticas y de uso personal con una calidad pareja y dando garantía de calidad de materiales”, explica María Paz.

La historia empezó a correr, y luego de ver cómo el mercado se hacía ávido de productos tecnológicos como aspiradoras, enceradoras, lavadoras y otras máquinas la fábrica debió diversificarse y enfrentar los cambios. “La fábrica derivó en ese momento a la producción de escobillas para uso industrial, diseñadas y fabricadas a medida según las necesidades específicas de cada cliente”, cuenta su dueña.

Cuando en los 90 la competencia con los gigantes de la producción los sacaron del mercado de los cepillos domésticos y el crecimiento vertiginoso de supermercados eligió el plástico por ser más barato, La Escobillera se mantuvo fiel a su origen, haciendo escobillas a la antigua, con madera, fibras naturales y con un fuerte componente artesanal. Eso finalmente fue valorado por la belleza de sus formas, por su atemporalidad y por el trabajo y dedicación que hay en cada cepillo. “Un cepillo hecho por La Escobillera viene con la tradición de 115 años de experiencia, traspasada a través de generaciones de un oficio que se aprende haciendo y que finalmente lleva el sello de cada artesano que es parte de un producto que está destinado a llevar a cabo tareas nobles”, explica María Paz.

Por La Escobillera han pasado generaciones de maestros que fueron revisados tras la intención de hacer un pequeño museo que mostrara desde los cepillos más primitivos hasta las escobillas más sofisticadas para maquinaria que hacen hoy. “Trabajando en eso recordé con nostalgia a tantos artesanos, maestros maquinistas, y a trabajadores que han pasado por la fábrica: el artesano que llegaba cada viernes con sacos de crin perfectamente lavado y peinado, el maestro de la madera que era capaz de contornear la madera a la perfección y podía hacer cualquier modelo que pasara por mi imaginación y los maestros que llevaban a cabo todos nuestros diseños”, recuerda la dueña.

Y como todo vuelve, los cepillos de factura artesanal han sido revalorados por las personas en su uso doméstico. “Se ha visto un interés por volver a lo tradicional de esos productos que evocan tiempos donde la vida transcurría más pausadamente, cuando las cosas duraban por años y se las valoraba si estaban bien hechas”, agrega.

La cuenta en Instagram ha tenido mucho impacto y para María Paz la conclusión es que las personas buscan cosas sencillas “que tienen su belleza en la función, en los materiales nobles, en la factura hecha sin prisa y con la intención de que cumpla con su propósito por largo tiempo. Es así como un cepillo de ropa puede pasar por generaciones”, concluye. @laescobillera

Nuestros cepillos son atemporales porque su diseño está basado en su función y los materiales usados son los más apropiados para cumplir su propósito; es por eso que siempre se verán bien en un lugar tradicional o contemporáneo. La calidad y la utilidad de las escobillas son intrínsecas al producto.

dice María Paz.

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