Fernando Aramburu: “Las víctimas de ETA están muy dolidas viendo cómo salen a la calle los asesinos”
A 10 años de Patria, el escritor publica Maite, una novela ambientada durante el secuestro y asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco en el País Vasco. La historia retrata cómo la violencia terrorista afectaba la vida cotidiana de una sociedad donde imperaba el miedo. En esta entrevista se refiere también a la liberación de exmiembros de ETA condenados por asesinato.
Cuando volvía a casa, al atardecer, encendía la radio y buscaba emisoras en español. Fernando Aramburu se encontraba en Alemania, donde aún reside, y trabajaba como profesor para hijos y nietos de inmigrantes. En el verano de 1997 la noticia que estremecía a España, y especialmente al País Vasco, era el secuestro del concejal Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. Internet aún no estaba tan difundida y los periódicos llegaban con un día de retraso. Por eso el autor de Patria seguía las noticias por la radio.
—Estuve tan alarmado como muchos ciudadanos residentes en mi tierra natal. Tenía muy malos presentimientos desde el principio, por la dinámica con que se llevó a cabo el secuestro y el ultimátum que impuso la banda terrorista, imposible de cumplir —recuerda.
Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular, de 29 años, fue secuestrado el jueves 10 de julio de 1997. El ultimátum era perentorio: el gobierno de José María Aznar tenía 48 horas para trasladar a todos los presos de ETA al País Vasco. El gobierno se negó. Blanco apareció dos días después con dos tiros en la cabeza.
La desazón que recorrió a España revive ahora en Maite, la nueva novela de Fernando Aramburu. Ambientada en julio de 1997, traza una historia familiar, de afectos y pérdidas, y el modo en que la violencia afecta la vida cotidiana en el País Vasco.
Maite, la protagonista, es una mujer culta y sensible, traductora, que no está dispuesta a permanecer de brazos cruzados ante las muertes provocadas por el terrorismo. Aliro, su marido, médico oculista, se indigna contra ETA puertas adentro, pero no se atreve a verbalizarlo fuera de casa. Ella, en cambio, decide unirse a un movimiento por la paz y salir a manifestarse, aun a costa de la hostilidad de los partidarios de ETA.
La historia arranca con la visita de su hermana Elene, quien vive en Estados Unidos y regresa después de 13 años. A la distancia, ella ha mitificado todo lo relacionado con el País Vasco, incluso a ETA. Las hermanas se reúnen para acompañar a su madre, en recuperación tras sufrir un ACV.
Cuando se encuentran, Maite intenta disimular la cicatriz en su frente: no fue producto de un accidente doméstico, como le cuenta a Elene, sino una pedrada recibida en una manifestación pacífica contra el terrorismo de ETA. Mientras levantaban carteles por la paz, “los partidarios de la independencia y de lo que llamaban la lucha armada los increpaban a grito limpio, en euskera y en castellano, tildándolos de fascistas, de asesinos, de españolazos y de todo lo que se les ocurriera, y clamando a veces a coro, con rabia: ‘ETA, mátalos’”.
A 10 años de la publicación de Patria, Maite viene a completar el mosaico narrativo que Aramburu ha elaborado en torno al pasado violento del País Vasco.
—Este retrato social se centra fundamentalmente en gente común. Por eso llamo a la serie Gentes vascas. La idea es contar historias privadas y mostrar, por medio de la narrativa, cómo repercute en los individuos concretos la historia colectiva.
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue un momento de inflexión, dice.
—Este acontecimiento sangriento adoptó con el tiempo un valor simbólico, porque suscitó una protesta multitudinaria. En realidad se trató de la escenificación ralentizada de una ejecución. Muchísimas personas fueron conscientes de la enorme crueldad que se estaba ejerciendo sobre un ciudadano inocente.
Esto es exactamente lo que me interesaba mostrar: cómo se comportaba la gente en el ámbito cotidiano en una sociedad donde continuamente se cometían hechos violentos atroces.
Maite es una persona pacifista en un momento de convulsión por la violencia y tiene la determinación de no quedarse de brazos cruzados, cuando muchos le sugieren que no lo haga. ¿Cómo se vivía esta situación en el País Vasco?
Maite tiene, por un lado, un componente ético, de empatía y, por otro lado, está el miedo. Vive en una sociedad donde impera el miedo, y el miedo genera comportamientos de supervivencia, como puede apreciarse en su marido, que le desaconseja señalarse públicamente. Ella ya lleva una cicatriz en la frente como consecuencia de una pedrada recibida por manifestarse en la vía pública. Esto es exactamente lo que me interesaba mostrar: cómo se comportaba la gente en el ámbito cotidiano en una sociedad donde continuamente se cometían hechos violentos atroces. Maite vive el dilema entre sentirse impulsada a manifestarse contra la violencia y el temor a que le ocurra algo. Esto sucedía a diario en muchas partes de España, y particularmente en el País Vasco, donde el terror perseguía precisamente eso: callar a la gente, someterla o inducirla a abandonar el lugar. Y en los casos más extremos el silenciamiento, el asesinato directo.
Es estremecedor leer hoy esos gritos que la tratan de fascista o incluso “¡ETA, mátalos!”.
Eso es literal, está copiado de la realidad. Era uno de los eslóganes que los partidarios de la organización armada gritaban por las calles. Por supuesto, se odiaba directamente, y odiar supone convertir al odiado en algo despreciable. En política, ser considerado fascista sigue siendo un insulto cargado de asociaciones históricas: guerras mundiales, campos de concentración, maldad pura. Entonces, ejercer la violencia contra la maldad parece tener un componente de dispensa o de disculpa. Los historiadores lo han contado con datos verificables. Mi misión es dejar un testimonio humano con ayuda de la literatura.
Maite es una persona bondadosa. Habla consigo misma, arma mundos imaginarios y de algún modo se conecta con Miguel Ángel Blanco. En su intimidad parece intuir el desenlace. ¿Expresa lo que usted sintió en ese momento?
No directamente, aunque efectivamente yo la pongo a pensar y entonces pienso por ella. Para mí era importante que el personaje no estuviera al servicio del argumento, sino que tuviera un mundo interior rico. Quería hacerlo sin interrumpir la línea narrativa. Por eso ella se acoge a espacios imaginarios, se entrevista a sí misma, y todo esto forma parte de la sustancia de la novela, no está añadido artificialmente. No quería definir al personaje de manera tradicional, sino asignarle constantes que se van alternando: su pulsión por observar el amor, hablar consigo misma, refugiarse en espacios imaginarios donde ejerce la bondad.
No fue el primer asesinato, pero suscitó una protesta multitudinaria, también en el País Vasco. Eso dejó a ETA sin el argumento de que actuaba en nombre del pueblo.
¿Ese temor respecto del destino de Miguel Ángel Blanco era compartido socialmente?
Sí. Basta ver las imágenes de las manifestaciones en España y en el extranjero, la intervención de políticos e incluso del Papa pidiendo su liberación. Había una enorme inquietud.
¿Qué sentido tenía el secuestro? Miguel Ángel Blanco no era empresario ni una figura política relevante.
Leyendo a los expertos, uno constata que la banda estaba muy enojada por la liberación de un funcionario de prisiones que había estado secuestrado muchos meses. Esto fue un golpe duro para la banda, porque mostró las debilidades ostensibles con las que actuaba. Necesitaban hacer algo violento de forma rápida y lo menos arriesgada posible. Contaban con cómplices que informaban sobre posibles objetivos. Entonces repararon en este muchacho, que iba solo en tren, y fue fácil secuestrarlo. Se sabe muy poco de lo que ocurrió después, hasta que apareció en un descampado con dos tiros en la cabeza. Por eso en la novela no se puede narrar más sobre él.
¿Qué repercusiones tuvo este hecho?
Hay consenso en que marcó un antes y un después. No fue el primer asesinato, pero suscitó una protesta multitudinaria, también en el País Vasco. Eso dejó a ETA sin el argumento de que actuaba en nombre del pueblo. Mucha gente perdió el miedo a manifestarse y comprendió que no estaba sola. Desde 1997 hasta 2011, cuando ETA depone las armas, disminuyó considerablemente el número de atentados y aumentó el éxito de las fuerzas de seguridad. Por eso considero ese hecho un punto de inflexión.
Patria y la violencia
La novela se publica cuando se cumplen 10 años de Patria. ¿Qué significó para usted?
Yo escribí Patria sin prever su repercusión. Me dio lectores, dimensión internacional y estabilidad económica, lo que para un escritor significa tiempo para escribir con calma, sin tener que compaginar la creación literaria con actividades paralelas. También tengo una satisfacción personal respecto de mi tierra. No a todos gustó la novela, eso ya lo sabía, especialmente en determinados rincones ideológicos, pero constaté que mi libro servía como base para un diálogo pacífico entre distintos sectores políticos del País Vasco. Me pareció una aportación positiva a algo que podríamos llamar la reanudación de los lazos sociales. No reconciliación, porque me parece un término demasiado fuerte. Pero era grato comprobar cómo a partir de mi libro personas de distintos partidos comenzaban a hablar directamente sobre lo que nos había pasado durante tantas décadas. Y me complacía también comprobar que en líneas generales se consideraba que lo que había pasado no estaba bien.
¿No gustó su condena al terrorismo?
Mi condena al terrorismo es total. Quienes estuvieron cercanos a ese fenómeno o sintieron simpatía por él me reprochan haber adoptado una perspectiva concreta. Patria no pretende ser el libro único. Es una ficción protagonizada por personajes ficticios, en un contexto muy cercano al real. Mi deseo es matizar y atender también a otras experiencias humanas cercanas a la violencia. De ahí la idea de la serie. Yo podría haber escrito Patria 2 y habría hecho caja, aunque habría sido una novela muy mala.
¿Qué le pareció la miniserie de HBO basada en la novela?
Tuve que verla dosificadamente, porque me golpeaba mucho. Había momentos en que parecía que los actores no actuaban, sino que la cámara se había metido de lleno en un acontecimiento cotidiano de mi tierra natal. Era todo tan veraz, tan auténtico: parecía realidad, no ficción. Me dejó una huella profunda.
Dice que no se puede hablar de reconciliación. ¿Por qué?
Me parece una frivolidad cuando todavía hay víctimas de ETA, personas que han perdido un padre, un hermano o una hija, intentar pasar página rápidamente con la palabra reconciliación. La reconciliación implica la reanudación de lazos afectivos que quizá nunca existieron. El consenso para vivir pacíficamente en sociedad, eso sí. La convivencia debe restablecerse y en gran parte se ha restablecido. Pero pensar que ahora todos debamos abrazarnos y besarnos, que es lo que yo entiendo por reconciliación, o sea, volver a la conciliación, me parece un poco exagerado. La reconciliación es algo individual, no algo que puedan teorizar periodistas o escritores.
Hoy, algunos exmiembros de ETA han salido en libertad condicional y han escrito cartas pidiendo perdón. ¿Cree en ellas? En la novela se dice que ETA no tenía compasión.
Que ETA no tenía compasión es un hecho. Nadie pone bombas con un sentimiento compasivo. Se trataba de ganar lo que ellos llamaban un conflicto y hacerlo por cualquier medio. Han matado de todo: niños, mujeres embarazadas, compañeros de militancia. Eso me parece incompatible con la compasión. Ahora hay un movimiento para pasar página y uno de sus componentes es que no haya nadie en la cárcel. Los simpatizantes siguen haciendo esfuerzos por sacar a gente que ha matado. Hemos leído cartas donde reconocen el daño, pero se evita cuidadosamente la palabra arrepentimiento, porque para ETA arrepentirse equivale a traición. Porque el proyecto político continúa. Y las víctimas están muy dolidas viendo cómo, sin informarles o a sus espaldas, salen a la calle los asesinos.
¿ETA se mitificó?
Totalmente. Han jugado a automitificarse por todos los medios posibles: propaganda, imágenes idealizadas de sus miembros en las fachadas de los pueblos. Se los consideraba héroes. Yo siempre he dicho que no actuaban por pura maldad. Y eso es lo terrible del ser humano.
¿Persiste aún el proyecto separatista?
Últimamente la llama del separatismo está un poco baja, en parte porque el nivel de autonomía y autogobierno en el País Vasco es muy alto. Uno pasea hoy por las calles y ya no ve símbolos ni pancartas. Pero en cualquier momento, cuando surge una discrepancia con el gobierno central, la llama vuelve a subir.
¿Ya sin violencia?
Violencia no hay, afortunadamente. Y eso hay que reconocerlo. Es agradable ver que los niños de hoy crecen en ausencia de violencia y pueden jugar tranquilamente en las calles.
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