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La casa en el bosque: El poema de Smiljan Radic a Vilches

Después del terremoto de 2010, el arquitecto construyó una casa de descanso en un sector montañoso del Maule que llamó la atención del pueblo: no se parecía a nada que hubiera ahí y ni siquiera los trabajadores de la obra entendían el proyecto. La residencia, que Radic bautizó como la Casa para el Poema del Ángulo Recto, terminó convirtiéndose en un lugar de peregrinación para turistas y académicos que buscan observar la obra que lanzó al último ganador del Pritzker a la fama.

Smiljan Radic conoció Vilches a través de Marcela Correa mucho antes de visitarlo. La escultora, con quien se casó en 1996, siempre ha estado ligada a ese lugar: su familia, que vivía en Talca, tenía allí un terreno de media hectárea con una casa sencilla. “Era una casita”, dice. Ella recuerda Vilches como un sitio especial, aunque cambiante: “De repente se llenaba de gente, pero después muchas cabañas quedaban vacías, abandonadas”, porque muchos terminaban yéndose a destinos más turísticos, costeros y menos aislados.

Vilches, en la comuna de San Clemente, es una localidad precordillerana del Maule, con alrededor de dos mil habitantes. Quienes la conocen la describen como un lugar discreto en las rutas turísticas de Chile. Más asociada al turismo de montaña, a comunidades agrícolas y a pequeñas cabañas que funcionan como segundas viviendas en la cordillera, durante años convivió también con cierto abandono.

Al comienzo de su relación, durante un viaje a India, Correa le hablaba a Radic de Vilches como un lugar donde podrían levantar una segunda vivienda y crear juntos. Él, en cambio, lo veía como “un lugar horrible del interior”. Hasta que a finales de los 80 fue a visitarlo. Ahí algo cambió. “Cuando finalmente llegué al lugar, me impactó mucho”, dijo Radic en una entrevista con el estudio de arquitectura español Arquitectura G en 2014. Le impresionó la fuerza del paisaje, los cerros de basalto y la sensación de distancia. Entonces casi no había árboles: fueron plantándolos junto a la familia de su esposa y, después, vino el primer proyecto.

Fotografía de Smiljan Radic publicada en Flat Magazine, 2026

Lo primero fue la Casa Chica, construida en 1996: un refugio de 30 metros cuadrados construido con piezas de piedra y fierro. “Yo fui como su primera clienta”, dice Correa. “Les pedimos permiso a mis hermanas y nos pusimos a hacer una casa”. Allí nacieron sus dos hijos y, eventualmente, eso se convirtió en un problema: tantas personas no cabían en esa pequeña construcción.

Seis años después vino la Casa A, una intervención sobre una antigua vivienda de madera de la familia Correa. La reformaron, levantaron dos terrazas y añadieron una plataforma en el techo. El 27 de febrero de 2010, con el terremoto, la casa colapsó. La pérdida fue material, pero también simbólica. “El costo sentimental fue muy fuerte”, dijo Radic años después. “Barrimos los restos de la casa en dos semanas”.

Aunque no tenían previsto volver a construir allí, la caída de la casa abrió la necesidad de una nueva vivienda.

Para entonces, Radic ya era una promesa sólida de la arquitectura chilena. Desde los años 90 venía circulando en revistas como Casabella y Quaderns, y su obra empezaba a leerse como parte de una generación que se despegó de la arquitectura más convencional. Teodoro Fernández, uno de sus profesores en la UC, recuerda que desde joven destacaba “por talento, por ganas, por ser cuestionador de las cosas obvias”, dice el arquitecto y profesor.

Quienes han trabajado con él coinciden. Pedro Bartolomé, ingeniero que colabora con Radic desde hace más de 15 años, lo resume así: “Él parte con una idea muy clara y trabaja en torno a esa idea”. Correa usa otra palabra: convicción. “Visita mucho los lugares, los camina y, en ese minuto, entiende cómo tiene que ser esa construcción”, dice.

Esta vez, esa convicción tomó la forma de una casa cerrada, como una especie de cueva. En 2011, inspirado en una litografía de Le Corbusier, Radic imaginó una construcción que funcionara como refugio: un volumen extraño, opaco y silencioso, muy distinto a cualquier casa de Vilches. La llamó Casa para el Poema del Ángulo Recto.

Una rareza en el bosque

La nueva residencia se levantó un poco más abajo de la loma donde estaba la antigua vivienda familiar. La construcción duró cerca de un año y medio y, a diferencia de lo que suele ocurrir con arquitectos, Radic estuvo encima de la obra todo el tiempo. Mientras Correa permanecía en Santiago con sus hijos, él iba y venía entre Vilches y la capital para supervisar una construcción hecha con trabajadores de la zona —de Talca y San Clemente— que no tenían experiencia en una obra de este tipo.

Foto por Cristobal Palma

“Los maestros no estaban capacitados para interpretar con claridad todo a partir de los planos. Claro que tuvo que estar encima participando en todo”, recuerda Bartolomé. Y agrega: “He trabajado con muchos arquitectos y son pocos los que manejan la estructura como la maneja él”.

El proceso fue lento y artesanal. No hubo grúas y los camiones hormigoneros tenían dificultades para entrar al terreno. Patricio Mardones, colega de Radic en Fundación Frágil, recuerda que el arquitecto llegó a hacer plantillas 1:1 en papel para preparar moldajes y traducir mejor la forma de la casa a los trabajadores de la obra. “Fue una manera de acelerar el proceso”, dice.

El proyecto llamaba la atención incluso antes de estar terminado. Pedro Canales, dueño de una hostería ubicada a unos dos kilómetros de la casa, recuerda que entre los vecinos se comentaba que se estaba construyendo algo “extraño”: “Eso era lo primero que decía la gente. No se sabía bien cómo iba a ser”, cuenta. La arquitecta talquina Josefa Gálvez, quien años más tarde sería alumna de Radic en la UC, tenía una sensación similar: “Se rumoreaba. Se decía que había un arquitecto importante que había venido a hacer una casa acá”.

Cuando terminaron la obra, se destinó para lo que siempre fue pensada: un proyecto de familia. “Es un refugio”, define Correa. Una casa “unifamiliar” para disfrutar principalmente en los veranos, de cerca de 120 metros cuadrados, por fuera de hormigón pintado de negro, y por dentro de madera, donde –comenta Marcela Correa– se percibe un distintivo olor a cedro. La luz entra desde arriba por dos lucarnas y un patio interior donde dejaron un roble. No existen piezas y cuenta con solo una gran ventana

Aunque, dada su particularidad, la casa dejaría de ser únicamente de interés de sus propietarios.

Unos años antes, Radic ya brillaba en el radar internacional. En 2007, la revista 2G —una de las publicaciones más influyentes de arquitectura— le dedicó una monografía. Allí aparecían obras como la Casa de Cobre, en Talca; el Restaurante Mestizo, en Vitacura, y el Barrio Cívico, en Concepción.

El arquitecto catalán Moisés Puente, editor de la revista, recuerda ese momento como uno de consolidación: “Era una joven promesa. La obra más famosa era el Restaurante Mestizo. Y el pistolazo fue la 2G”, dice.

Años después, en 2013, la casa de Vilches apareció en la portada de El Croquis: otro medio de arquitectura de prestigio internacional. Su edición 167 dedicó una monografía a Radic y eligió precisamente la nueva casa de Vilches como imagen de portada. Para Juan Paulo Alarcón, director de Arquitectura de la UNAB, el gesto fue decisivo: “La Casa para el Poema del Ángulo Recto pasa a ser cúlmine en ese sentido”, dice. “Es tan importante como para que sea portada de la revista más importante de arquitectura del mundo”.

El arquitecto Smiljan Radic LUCAS ALVARADO

Algo similar había ocurrido con otra casa diseñada por el arquitecto para su familia: la Casa Habitación en Chiloé, de 1997, la cual ya figuraba en revistas especializadas. Sin embargo, no produjo el furor que alcanzó la obra de Vilches. Distintos expertos señalan que se debe a la particularidad de la casa Para el Poema del Ángulo Recto, que era mucho más arriesgada, o “irracional”, como describen. Radic incluso menciona que la diferencia recae en eso: “La casa era lo suficientemente rara para despertar ese interés”, dice hoy.

Arquitectos y académicos de distintas partes del mundo comenzaron a querer conocerla.

Con el tiempo, recibir visitas de figuras reconocidas de la arquitectura se volvió parte de la rutina doméstica de la familia. Marcela Correa, por ejemplo, recuerda que desarrollaron una especie de ritual previo: “Teníamos un protocolo”, dice. “Borrábamos las cosas humanas repartidas en la casa”.

Para ellos es mostrar al mundo una de sus obras, sin embargo, nunca exponer su vida familiar. “Smiljan nunca ha mostrado una escena familiar, ni a nuestros hijos”, asegura la artista. Reconoce que, aunque es paradójico, lo que exponen, “al final, es solo una casa”.

Guardaban ropa, despejaban espacios y ordenaban antes de mostrarla a colegas y referentes de la arquitectura contemporánea, como Kazuyo Sejima, Ryue Nishizawa –ambos también ganadores del Pritzker– y Christian Kerez.

Los nuevos visitantes

Con el tiempo, la casa empezó a atraer a más personas, principalmente profesores y estudiantes de Arquitectura. Era una forma de “turismo académico”. Así lo plantea Mario Bueno, arquitecto de la Municipalidad de San Clemente, quien ha visto cómo la obra comenzó a circular entre quienes querían aprender mirándola. “Muchas veces en la arquitectura la forma de aprender es ver”, dice. Para él, la presencia de Radic “abrió camino acá a la arquitectura en Talca”.

Ese interés fue creciendo de boca en boca. “Se rumoreaba un poco así como: ‘No, si hay arquitectos que vienen a hacer sus casas acá’”, recuerda de sus años como estudiante Josefa Gálvez. En una zona donde históricamente predominaban casas rurales y construcciones de montaña más tradicionales, la aparición de una obra de autor en medio del paisaje comenzó a instalar otra forma de mirar Vilches.

Uno de los que siguieron esa pista fue Nicolás Ahumada, arquitecto y hoy gestor académico en la Universidad de Talca. Cuando estaba en tercer año, junto a compañeros de carrera, supo de la existencia de la casa y empezó a preguntar a quien se cruzara en frente por la ubicación de esta. “Hay una suerte de mito de la casa y dónde está”, recuerda. No lograron dar con la dirección entonces. Recién el año pasado, ya trabajando en la universidad, pudo acercarse de otra manera, cuando llevó a estudiantes de primer año a conocer el lugar, gestionado por la casa de estudios.

Pedro Canales, dueño del hostal y spa vecino de Radic, recuerda que desde hace 10 años que aloja a arquitectos de todo el mundo que llegan a conocerla. Incluso, en una ocasión, un turista inglés apareció en su complejo turístico, en pleno invierno, con la sola intención de fotografiar la casa. “Que vengan personas del antiguo continente a este lugar apartado del mundo a fotografiar una casa… eso daba para levantarlo como hito”, dice.

Casa de madera en Vilches

Con los años, sin embargo, ese interés dejó de ser especializado solamente. Canales cuenta que hoy “viene mucha gente preguntando por la casa”, turistas corrientes y curiosos. Y, en algunos casos, la curiosidad fue más allá: “Hubo gente que quería meterse a la casa”, asegura el empresario hotelero. La insistencia, cuenta, obligó a tomar medidas: la pareja tuvo que poner a un cuidador. Ahumada, que conoce esa dinámica, coincide: “Hay una constante de encontrar gente que ingresa de manera irregular al terreno para poder tomar fotos”.

Correa no dramatiza el asunto. Tampoco lo niega. Asegura que no ha visto maldad en ese impulso por acercarse. Pero el fenómeno existe y en Vilches se intensificó todavía más tras el anuncio del Premio Pritzker 2026 para Radic.

Según Juan Carlos Franz, gestor de turismo y eventos del municipio de San Clemente, desde entonces comenzaron a llegar mensajes preguntando por la casa, su ubicación y cómo puede visitarse. “Esto fue bien vox populi”, recuerda. “Nos empezaron a consultar si (Radic) era la misma persona del premio, si en efecto era esta la casa, si era este mismo lugar”.

Para Franz, ese interés abre una oportunidad para la comuna: fortalecer una oferta que no sea solo de naturaleza, sino de cultura e investigación. “Va a generar algo distinto de lo que es Vilches, como un sazón”, dice. “Quizás se pueda convertir en un punto en el mapa”.

En Vilches, ese cambio ya se percibe en el interés por segundas viviendas, en el mayor movimiento de alojamientos y restaurantes, y en una nueva valorización del territorio.

Sin embargo, Radic nunca pareció interesado en destacar de esa forma. Quienes lo conocen lo describen como una persona poco dada a la exposición. “No tiene intereses de figurar ni de ambición”, dice Bartolomé, colaborador en varios de sus proyectos.

Lo que está al alcance de quienes llegan hasta Vilches es, en gran medida, la fachada. Y con eso ha bastado para atraer curiosidad. Pero lo que ocurre adentro —a pesar de la fama— no ha cambiado: sigue siendo un espacio privado, hecho a la medida de Radic, Correa y sus dos hijos.

Correa cuenta que siempre ha tenido disposición de abrir las puertas de su casa, pero no deja de ser eso: un hogar diseñado para disfrutar en familia.

Paisaje en los alrededores de Vilches

Como artista y esposa de un arquitecto, asume que se debe mostrar la casa como lo que es: una obra. Mas no muestra la intimidad de quienes la habitan.

“La gente que entra suele hacer preguntas íntimas”, respecto de su forma de vivir, como el hecho de no tener habitaciones propias. Pero para ella esa es justamente su singularidad: “Es nuestra manera de vivir”. Porque cuando está habitada, aclara, la casa no es una imagen perfecta ni una obra suspendida en el paisaje. “Hay desorden, hay zapatos, como en cualquier casa”, cuenta.

Alberto Sato, arquitecto, amigo y vecino de Radic en Santiago, también ha podido dar cuenta de esto. A pesar de su fama internacional y de ir transformándose en un ícono de Vilches, la residencia nunca dejó de ser un espacio donde, fuera de los focos, Radic, Correa y su familia pueden ser ellos mismos.

Es como resume Sato: “No podría vivir otra familia ahí”.

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