Smiljan Radic, Premio Pritzker de Arquitectura: “La mayoría de los edificios han sido ensayos; pensarlos como una total, como una tesis, no me gusta”
Autor de construcciones de diseño deslumbrante como el Teatro Regional del Biobío o el pabellón de la Serpentine Gallery de Londres, Radic dice que le interesa más el paisaje urbano que el natural: "Me interesa cómo el chileno construye, cómo toca su entorno inmediato". Dice que no busca dejar una huella: "Siempre me he resistido a ese tipo de celebración".
De día, parecía un huevo prehistórico. De noche, su estructura translúcida brillaba como una luciérnaga gigante o una lámpara de papel. En 2014, Smiljan Radic fue invitado a diseñar el pabellón de verano de la Serpentine Gallery de Londres: un hito en su trayectoria y la consagración internacional de una obra que ya despertaba la admiración de arquitectos y entendidos. De algún modo, en ese diseño se concentraba una visión: una arquitectura de vocación experimental que se mueve entre lo efímero y lo permanente.
“Rockstar” de la arquitectura lo llamó The New York Times. Doce años después, Radic alcanzó la mayor distinción de la disciplina: el Pritzker Prize. Es el segundo arquitecto chileno distinguido con el premio, luego de Alejandro Aravena, en 2016.
Lo frágil y lo sólido, la madera, la piedra y la luz: en la arquitectura de Smiljan Radic conviven materiales y escalas que parecen tensionarse entre sí. Sus construcciones son sofisticados edificios que responden a la experimentación y se sitúan en un borde donde la arquitectura se viste de arte. En ellos reaparecen la autoconstrucción y la artesanía como formas de dar lugar a espacios a menudo concebidos como refugios.
El diseño para la Serpentine Gallery tenía como antecedentes el restaurante El Mestizo, en el Parque Bicentenario, y una antigua maqueta que llamó El Castillo del Gigante Egoísta. Si bien cada proyecto responde a una idea propia, puede distinguirse una continuidad conceptual tanto en el Teatro Regional del Biobío, “el esqueleto de un teatro posible embalado”, como en la bodega de la Viña Vik, que se esconde bajo tierra y mira hacia el campo a través de un jardín de piedras y rocas. O incluso en la carpa brillante que instaló frente a La Moneda, en el Barrio Cívico, para la Bienal de Arquitectura 2023.
“La arquitectura existe entre formas grandes, macizas y perdurables —estructuras que permanecen bajo el sol durante siglos, esperando nuestra visita— y construcciones más pequeñas y frágiles —efímeras como la vida de una mosca, a menudo sin un destino claro bajo la luz convencional. Dentro de esta tensión de tiempos dispares, nos esforzamos por crear experiencias que transmitan una profunda emoción, animando a las personas a detenerse y reconsiderar un mundo que con tanta frecuencia pasa de largo sin que les dé cuenta", expresó Radic al anunciarse el premio.
De acuerdo con el jurado, presidido por Alejandro Aravena, “sus edificios parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados —casi al borde de la desaparición—, pero ofrecen un refugio estructurado, optimista y discretamente alegre, que abraza la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida".
Nacido en Santiago en 1965 en una familia de raíces croatas, Radic estudió en el Colegio San Ignacio y Arquitectura en la UC. A fines de los 80 viajó a estudiar a la Universidad de Venecia, experiencia que ejerció gran influencia en su trayectoria. Su esposa, la artista Marcela Correa, suele colaborar con sus proyectos. Lector de filosofía y poesía, la obra de Radic es sensible a las influencias de la literatura y el arte.
Tras conocerse la noticia del premio, usted dijo que de algún modo esto lo lleva a mirar su obra en conjunto. Al hacerlo, ¿qué ve?
En realidad, es una visión que no me gusta mucho. Que aparezcan como una especie de enunciado de algo mayor es raro, cuando la mayoría de los edificios han sido ensayos, productos de una práctica más o menos automática. Pensar en ellos como total, como una tesis, no me gusta.
Radic celebró el premio con una fiesta en el Galpón Independencia, acompañado de Marcela Correa y un grupo de amigos, como la arquitecta Cecilia Puga, los académicos Alberto Sato y Emilio de la Cerda, y la artista Bruna Truffa. Una fiesta -dice- “muy calmada y alegre”.
¿Qué relación ve entre arte y arquitectura? ¿Qué ha significado para usted trabajar con Marcela Correa?
Un gusto intermitente y muy provechoso. Sobre todo, las visitas a los talleres de manipulación de cosas…, sean artesanales, de artistas o industriales, en general, son muy beneficiosas para cierta arquitectura.
En 2017, Radic fundó la Fundación de Arquitectura Frágil, para estudiar y difundir la arquitectura experimental o “improbable”. Con el título Tira de Prueba, inauguró una exposición de fotografías y documentos de artistas y arquitectos que fueron más allá de los límites de la disciplina, como Christo & Jean Claude, Lina Bo Bardi, Le Corbusier y Gordon Matta-Clark, entre otros. Propiedad de la fundación, las piezas se exhiben en la Sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes.
La obtención de Pritzker lo encuentra trabajando en varios proyectos, cuenta:
-Algunos proyectos son de escala mayor, como los pabellones para la Fira en Barcelona; otros de escala media, como el Hotel Solo en Matarraña, España, o el hotel Stina en Brac, Croacia, y también hay proyectos menores, como unas casas en Suiza o una instalación de un circo pobre chileno en Logroño, España.
¿Qué sentido tiene para usted hacer arquitectura desde Chile?
Me gustaría hacer arquitectura en Chile, y no sólo desde Chile. Una cierta distancia, física y también digital, te mantiene fuera, lo que es bueno si puedes desarrollar lo que quieres hacer; si no, causa sólo frustraciones.
¿Le gustaría hacer algo más en el país?
Participo de un equipo que está comenzando a trabajar en un proyecto intergeneracional de respaldo comunitario en comunas periféricas en Chile.
Smiljan Radic tiene experiencia en este ámbito: en 2018 proyectó cuatro salas comunitarias para el nuevo Barrio Cívico de Boca Sur, en San Pedro de La Paz. Además, hace años mantiene el proyecto de construir una escuela básica urbana: “Viendo en positivo, es hogar, comedor, plaza, sala de clase, urna, centro de padres, comunidad de enseñantes… Pensar una escuela de enseñanza básica urbana es pensar los inicios de una nueva convivencia”, dijo a La Tercera unos años después.
A medio morir
Admirador de Miguel Eyquem, uno de los fundadores de la Ciudad Abierta de Ritoque, Radic forma parte de una generación de arquitectos que ha logrado reconocimiento internacional gracias a su originalidad, rigor y a la emoción que producen sus diseños. Eventualmente, la visibilidad internacional de la arquitectura chilena comenzó en Sevilla, en 1992, con el pabellón diseñado por José Cruz y Germán del Sol, otro de sus héroes de la arquitectura.
¿De qué modo la condición telúrica del territorio ha influido en su visión de la arquitectura?
La estructura no sólo tiene que ver con que algo se mantenga en pie cuando todo se mueve, sino que tiene que ver con crear un soporte, una especie de pequeño imaginario que se sostenga, a medio morir saltando, cuando el cielo se cae a pedazos.
Los materiales efímeros y modestos, la artesanía y la autoconstrucción son parte esencial de su trabajo. ¿Cómo llegó a ese camino?
Tratando de hacer una guía de viaje para encantar a mis amigos que vivían fuera de Chile descubrí —gracias a mi ignorancia de aquellos tiempos— algunas construcciones que llamé “frágiles” como único distintivo real de la arquitectura chilena. Después, me di cuenta de que esto ocurría en muchos lugares: en la contracultura de la Italia de los años 70 o de la Rusia contemporánea, vista a través de los ojos de Alexander Brodskij.
En La Casa del Poema del Ángulo Recto, su casa en Vilches, así como en el restaurante El Mestizo y en la Viña Vik, por mencionar tres ejemplos, la arquitectura se abre al entorno o es una continuación del ambiente natural. ¿Cuán importante es la relación con la naturaleza?
Me obsesiona más el paisaje de las ciudades. En realidad, el mítico paisaje chileno tiene un efecto placebo: nos apoyamos en él para salvar una realidad que es disruptiva, la realidad de nuestras ciudades. Me interesa cómo el chileno construye, cómo toca su entorno inmediato, más que cómo maneja las visitas a los grandes y espectaculares lugares vacíos, llenos de naturaleza; incluso ellos son, evidentemente, lugares culturales.
El MNBA exhibe Tiras de Prueba, una exposición de documentos de artistas y arquitectos que buscaron experimentar y abrir nuevos espacios en la arquitectura, colección que pertenece a la Fundación de Arquitectura Frágil, que fundó con Marcela Correa. ¿Se siente continuador de esa tradición de exploración?
No, para nada. Los grupos que están supuestamente contenidos bajo el concepto de arquitectura radical son muy diversos y antagónicos incluso; políticamente hablando, algunos morirían por ver sus proyectos almacenados en el mismo cajón junto a sus enemigos. Nosotros le llamamos arquitectura improbable porque genera un espacio abierto para explorar nuevos conceptos. Mi arquitectura es mucho más pragmática, constructiva. La colección es una referencia importante, una especie de imaginario disponible, de manera un tanto frívola, si se quiere.
Una de las grandes crisis de nuestra sociedad es la vivienda: la falta de vivienda y la dificultad de acceder a ella. ¿Cómo afrontarla?
Dándoles la oportunidad a los arquitectos jóvenes de explorar nuevas soluciones. El problema es cuantitativo, siempre; pero, una vez construidas las casas, se transforma en algo cualitativo. Por tanto, los tiempos de diseño son muy importantes.
Arquitectos como Shigeru Ban o Anna Heringer trabajan con la fragilidad, la emergencia y con cierta convicción de que la arquitectura puede provocar cambios sociales. ¿Cómo ve la relación entre arquitectura y desigualdades sociales?
La arquitectura debe poner atención en los llamados acentos sociales que parecen extremadamente importantes hoy. Esos acentos cambian según las circunstancias específicas de cada entorno. Las posibilidades de intervención las debe generar la sociedad presionando a sus autoridades.
¿Cómo debe ser la arquitectura del futuro para que el planeta tenga futuro?
Creo que frente a la locura imperante poco puede hacer.
En un mundo en guerra y donde hemos visto destrucción de ciudades, ¿la arquitectura puede ayudar a imaginar un mundo distinto?
En un estado de emergencia permanente es difícil elaborar algo permanente, pero es muy esperanzador poder hacer el intento.
Cuando le encomendaron la Serpentine Gallery dijo que era una gran oportunidad, pero que “sería una tontería sentir que estás con los mejores. Allí están Sejima, Nishizaws, Koolhaas, Herzog y De Meuron… No formas parte de ese club, ¿sabes? Es un club cerrado”. Ahora recibe el Pritzker Prize, tal como lo recibieron ellos. ¿Cambia su percepción?
No puedo comparar lo que yo he podido construir con la obra de Sejima o Koolhaas, por ejemplo; sería de una gran pedantería frente a arquitecturas gravitantes a nivel mundial. He participado este año como jurado de los premios FAD y del premio EUmies, y puedo asegurar que se elige a un arquitecto o una obra de arquitectura porque el jurado cree que es importante hablar acerca de la arquitectura, en un momento determinado, a través de ese ejemplo. Direcciona la discusión. En cierta medida, es algo circunstancial. Un club cerrado suena a que nos juntamos a tomar café y planear el futuro de otros. Suena feo.
Todos los arquitectos quieren dejar una huella. ¿Qué huella le gustaría dejar?
No es mi caso. Siempre me he resistido a ese tipo de celebración. Hago las cosas lo mejor que puedo y me quedan 10 años con suerte para seguir haciéndolo.
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