Adam Smith a 250 años: más vigente (y necesario) que nunca
Hace 250 años se publicó La riqueza de las naciones de Adam Smith, considerado el padre de la economía. Al mismo tiempo se iniciaba la independencia americana, fundada en principios de libertad, con un experimento, la democracia. No es baladí que Smith fuera profesor de filosofía moral.
Pese a la relevancia de este autor, surge una pregunta: ¿cuánto lo hemos leído o estudiado en las empresas? Casi 20 años antes, había publicado La teoría de los sentimientos morales (1759). Ambos libros conforman, en realidad, una obra integral. Si bien sentó las bases de la economía, al mismo tiempo la conectó indisolublemente con la filosofía, reconociendo que cada decisión se da en un contexto ético y social.
Entre sus conceptos más importantes, Smith visualizó la relevancia de la división del trabajo como fuente de productividad; que el intercambio y el interés personal, bien encauzados, fomentan el bienestar general; y que la verdadera fuente de riqueza es la capacidad de producir bienes y servicios mediante el trabajo. Pero, sobre todo, advirtió que la libertad económica no existe sin reglas: la competencia requiere instituciones de justicia sólidas. Asimismo, destacó que la simpatía (empatía) modera la conducta humana, actuando como un freno moral frente al egoísmo desmedido, y que el Estado tiene el deber ineludible de invertir en infraestructura y educación pública para el beneficio de toda la sociedad. El mercado no opera sin ciudadanos empoderados e instituciones fuertes, pero no abusivas.
Qué duda cabe de que para tener mejores empresas hoy, es urgente que las decisiones no solo se basen en criterios económicos, sino también filosóficos, tal como lo planteó Smith hace casi tres siglos. Su comprensión de la economía era profundamente humana: basada en la libertad, pero preocupada por límites debidos y el foco en el bien común.
Es precisamente en su visión sobre la educación pública donde encontramos un eco alarmante con nuestro presente. Acabamos de conocer la preocupante caída en los resultados de la medición PISA 2025 en jóvenes de 15 años en países de la OCDE. Estamos incubando un problema estructural mayor: las nuevas generaciones muestran crecientes dificultades para procesar operaciones matemáticas simples y para comprender lo que leen y el contexto en el que se desenvuelven.
Las empresas requieren profesionales capaces de empatizar, cooperar y comprender las reglas del juego. Por ello, hoy es urgente que los ingenieros tengan formación humanista, además de instalar prácticas “humanas” al interior de nuestras organizaciones, como grupos de discusión, clubes de lectura o charlas de divulgación, que suplan estos vacíos. Lo aparentemente inútil, como la literatura y la filosofía, es en realidad estratégico, porque mejora el razonamiento, juicio y criterio de quienes toman las decisiones.
Volver al Adam Smith filósofo es casi una obligación. Las exigencias a los equipos profesionales son cada vez mayores. Sin una mirada de sistema y con la capacidad para comprender la complejidad, los esfuerzos son estériles. Se requieren profesionales que entiendan la técnica, pero que también comprendan a las personas y las relaciones entre ellas, ya que como señaló Smith, actuamos por interés propio, pero también nos preocupamos por los demás a través de la empatía y la conciencia. Solo construiremos empresas capaces de crear riqueza sostenible en el siglo XXI, incorporando la filosofía y la literatura en nuestro proceso de toma de decisiones.
*El autor de la columna es profesor adjunto de ingeniería industrial en la Universidad de Chile y managing partner en CIS Consultores.
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