Opinión

Corrupción, Estado y el límite del escrutinio

En Chile solemos consolarnos con la idea de que nuestras instituciones, aunque tensionadas, siguen a salvo de la degradación sistémica que aqueja a nuestros vecinos en la región. Sin embargo, los hechos obligan a abandonar cualquier atisbo de complacencia: la corrupción pasó de ser una seguidilla de desprolijidades administrativas para transformarse en una alerta roja que compromete una parte del corazón mismo del Estado de derecho.

El Tercer Observatorio de Prensa sobre Corrupción Municipal, presentado por Imaginaccion con datos entre agosto de 2025 y julio de 2026, arroja a primera vista una cifra que podría invitar al alivio: los montos denunciados cayeron a la mitad respecto del ciclo anterior. No obstante, que la cifra alcance los $73.711 millones de pesos sigue siendo escandaloso. Traducido a la realidad ciudadana, equivale a 1,8 metas de la Teletón, más de 4.600 viviendas sociales o 133 mil sueldos mínimos. Estos dineros comprometieron 47 causas judiciales en 35 comunas a lo largo de 15 regiones del país, afectando de manera transversal a alcaldías de once partidos e independientes. Dicho de otro modo: una de cada diez municipalidades del país tuvo a alguna autoridad o funcionario denunciado, investigado, formalizado o condenado en solo doce meses. Una vergüenza.

Más inquietante que la caída en los montos es el declive en la atención pública, porque la cobertura de prensa se contrajo un 68% (de 478 a solo 155 notas), casi tres veces más que la reducción del dinero involucrado. El 95% de ese seguimiento se concentró en expedientes nuevos o de bajo perfil, mientras casos emblemáticos como luminarias LED o Farmacias Populares prácticamente desaparecieron del radar noticioso. Menos ruido informativo no equivale a menos corrupción ni a menor impunidad. La fatiga de los medios no puede transformarse en una renuncia a la fiscalización.

El deterioro, además, no se agota en el plano comunal. La crisis adquiere otra gravedad cuando la sospecha permea los pilares que sostienen la República. Las indagatorias a parlamentarios por eventual tráfico de influencias o financiamientos opacos confirman que la política aún no asimila del todo el problema. En paralelo, por estos días hemos conocido hechos recientes que involucran a funcionarios de la PDI y a un ex fiscal en tramas delictivas graves, como secuestros extorsivos y lavado de activos. Así, se perfora la confianza en quienes ejercen el monopolio de la fuerza y la persecución penal. Si a ello se suma el lodazal evidenciado en causas como la “Muñeca Bielorrusa”, donde abogados de la plaza y magistrados aparecen entrelazados en redes de favores espurios, el diagnóstico es el de un Estado vulnerado en casi todas sus compuertas: un pedacito del corazón está enfermo.

Este panorama obliga, a su vez, a apurar el tranco en materia de investigaciones penales. El propio Observatorio constata que, de las 47 causas municipales analizadas, solo dos terminaron en condena —el exalcalde de Rancagua Juan Ramón Godoy y el exadministrador municipal de Tierra Amarilla Jaime Bahamondes—, mientras que el 60% permanece estancado en etapas procesales sin sentencia firme.

Aunque el Observatorio de Prensa de Corrupción Municipal arrojó una señal auspiciosa, en el sentido que, en el mes julio de 2026, por primera vez la mitad de las noticias publicadas corresponden a sentencias, el letargo penal sigue siendo la regla. Esa dilación cobra un doble costo devastador. Por un lado, neutraliza la fuerza disuasiva de la sanción para quien efectivamente delinque y por otro destruye de forma irreparable la honra de quienes terminan sobreseídos tras años de escarnio público. La legítima demanda de probidad no puede operar bajo una presunción mediática de culpabilidad.

El desafío de Chile hoy es perseguir con rigor implacable a quienes creen que los recursos públicos y el poder están a su entera disposición y asegurar una justicia con plazos acotados que garantice el debido proceso. Solo en ese equilibrio el Estado recuperará su autoridad moral frente a la ciudadanía.

Por Claudia Miralles, gerenta Imaginaccion Comunicación Estratégica.

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