¿Atletas o máquinas?



Por Juan Ignacio Brito, periodista

Los Juegos Olímpicos entregan postales inolvidables de deportistas que se esfuerzan en busca de la excelencia. La imagen de Sifan Hassan, la atleta neerlandesa de origen etíope que se recuperó de una caída, se sobrepuso al dolor para ganar la clasificatoria de los 1.500 metros y al rato conquistó el oro en los 5 mil, evoca el espíritu olímpico. Al igual que ella, otros han alcanzado la gloria, como el velocista italiano Marcell Jacobs, el recordman noruego Karsten Warlhom o el longevo equitador australiano Andrew Hoy, que, a sus 62 años, consiguió dos medallas.

Sin embargo, ha habido señales de alerta que no deben ser ignoradas. Los medios destacan la capacidad de la gimnasta Simone Biles para reponerse y obtener una medalla de bronce, pero también sería conveniente fijar la atención en la extraordinaria presión y el acoso mediático que padecen algunos deportistas de alto rendimiento. Las fenomenales condiciones atléticas de Biles le han permitido ganar mundiales y la medalla de oro en Río de Janeiro, pero también han servido para oscurecer el hecho obvio de que detrás de la multicampeona hay una joven con una historia personal muy difícil. Como ella misma dijo en una entrevista, no hay que olvidar que “también somos humanos”.

Aunque cada historia personal es diferente, parece obvio que la alta competencia supone una presión adicional que a veces resulta demasiado demandante. El estrés que quebró a Biles lo sufren también otros atletas. Hace unas semanas, la tenista japonesa Naomi Osaka abandonó Roland Garros porque no pudo soportar la exposición mediática a la que la forzaba su participación en el torneo. El nadador norteamericano Michael Phelps ha confesado que pensó en el suicidio y ha levantado la voz para demandar mayor preocupación por la salud mental de los deportistas.

Es posible que un factor determinante sea la temprana edad a la que éstos compiten a altísimo nivel. Ayer, una japonesa de 12 años ganó una competencia de skateboarding. Días atrás, dos adolescentes de 13 años obtuvieron oro y plata en otra modalidad de la misma disciplina. La prensa las califica como “prodigios”. Deben serlo, pero también sería oportuno preguntarse si el desarrollo emocional de niñas de esa edad se ve alterado al someterlas a tal estándar de exigencia.

El espíritu olímpico es un ideal que asoma y emociona a ratos, pero que a menudo se ve pervertido por intereses comerciales, políticos y reputacionales. Es una lástima que el deporte de excelencia, que empuja los límites de la voluntad y el cuerpo, termine en muchas ocasiones convertido en un vehículo de deshumanización, volviéndose en contra de sus cultores, cosificándolos como máquinas de hacer dinero y batir marcas, robándoles parte de su dignidad y arriesgando su salud física y emocional.

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