Columna de Ascanio Cavallo: La novedad del siglo

El Presidente Gabriel Boric en la gira en Estados Unidos.



El paso del Presidente Gabriel Boric por Norteamérica lo expuso por primera vez, superada la faramalla parroquial, a la mirada de los analistas expertos. No sólo a los periodistas -en verdad, la mayoría son los cientistas políticos o juristas que trabajan para universidades y firmas privadas-, aunque también a ellos: Jon Lee Anderson, por ejemplo, que no se demoró en notar que aunque el Presidente chileno declare su deseo de “reinventar” la izquierda, su problema “pasa menos por la disyuntiva entre derecha e izquierda que entre democracia y autoritarismo populista”.

Anderson sabe que la reinvención ha sido el gran mito de Sísifo de la izquierda en América Latina. La prometió la Revolución Cubana, incluso en contra de los comunistas soviéticos, y terminó en una dinastía hereditaria controlada por los hermanos Castro. La prometió el “Che” en Bolivia, en contra del PC boliviano, y terminó en un sangriento fracaso militar. La prometió el sandinismo en Nicaragua, y ha derivado en la tiranía conyugal Ortega-Murillo. La anunció Chávez con el modelo bolivariano y Venezuela ha terminado vomitando a sus ciudadanos.

Socialdemócratas y socialistas se han tenido que desengañar muchas veces en las últimas seis décadas. Sólo un cerval temor a estar equivocados, a ser demasiado timoratos, a quedarse abajo de la historia, puede explicar esa sucesión reiterada de tristezas. Anderson captó la vacilación del mismo Boric, que le aclaró, por las dudas, que no es un camaleón ideológico, sino que está “evolucionando continuamente”.

La cuestión de fondo, dice Anderson, es la confrontación con el autoritarismo populista, que es la verdadera novedad del siglo. Con su talento para el orden conceptual, Moisés Naím ha escrito recientemente que el populismo no puede ser definido como una ideología, sino más simplemente como un método de alcanzar el poder (La revancha de los poderosos, Debate, 2022). Una manera de trampear para después cambiar las reglas, de modo que nadie invierta la trampa; Chávez lo logró, Evo Morales no.

Por eso hay tantos populistas de extrema derecha como de extrema izquierda. Detrás de ambos tipos se agazapan las viejas fuerzas autocráticas, tanto las convencidas de que ciertas sociedades no están preparadas para la democracia, como las que creen que la democracia es una molestia para llevar adelante las transformaciones “estructurales”.

Anderson augura que Boric tendrá que enfrentarse tanto a sus opositores de derecha como a sus propios aliados si quiere conservar la limpidez de sus promesas. Pero no alcanza a decir que esa encrucijada la tiene ya planteada por el ultraizquierdismo en la calle y, de manera un poco menos frontal, por el Partido Comunista en su propia coalición.

El PC convencional, por llamarlo de alguna manera, no era lo mismo. Tenía su porcentaje de sobrevivencia y podía formar parte disciplinada de una corte como la de Bachelet en su Nueva Mayoría. El 18-O cambió esa situación. El PC lo interpretó como una insurrección prerrevolucionaria cuyo impulso llegó hasta la Convención Constitucional (pero pasando por encima del acuerdo del 15-N) y puede llegar más lejos si se mantiene la llama, también por encima del gobierno.

Este PC, ya no convencional, es el que llama al plebiscito del 4 de septiembre “la madre de todas las batallas”. ¿No es llamativa esta definición? ¿No está cargada de un extraño dramatismo? Envuelve algo de apropiación, de titularidad, de identificación genética con el proceso. ¿Quién describe de esa manera un acto electoral si no ve que hay en él una especie de oportunidad decisiva, una ocasión que no se volverá a tener, un ahora o nunca? Es evidente que el PC siente haber logrado sobre el texto una influencia que es lícito llamar histórica. Por eso, su consigna es más cruda y corajuda que las de todos los demás convencionales haber que creen sido parte de la historia. Y mucho más jugada, por cierto, que la del mismo Presidente.

En cierto modo, también significa que, para ese partido, el destino del gobierno está mortalmente atado al 4 de septiembre. Si pierde “la madre de todas las batallas”, ¿qué más puede hacer? ¿Para qué servirá un gobierno elegido con las reglas detestadas y derogadas por el nuevo texto?

No cabe duda de que Boric hará campaña con un compromiso parecido. No se puede librar de ello.

Pero para él no puede ser lo mismo. Fue elegido por cuatro años, no por seis meses.

En cierto modo, el PC está forzado a subrayar que no es el socio secundario de Apruebo Dignidad. Dispone de un peso histórico enormemente superior, se funda en una doctrina más que centenaria, tuvo su propio candidato en unas primarias competitivas y probablemente nadie le quitará a Daniel Jadue la certeza de que habría ganado si no se hubiesen desviado a votar por Boric todos los amarillos de la ex Concertación, maldición.

Ese flujo torrentoso no se reflejó en el Congreso, donde los comunistas sólo llegaron a un 7,2% en diputados. El Congreso recién elegido, por tanto, no le es útil, y ha luchado, con no poco éxito por imponer la interpretación de que ese Congreso es menos representativo que la Convención, aunque en las elecciones parlamentarias hubo 1,3 millones de votos más que para el ente constitucional. De esa ecuación imposible surge la pelea por los quórums, un antiestético desfile de modelos para ganar por secretaría.

Es una historia ya antigua, que tiene varios desenlaces alternativos, aunque sólo importa una pregunta: ¿Está segura la democracia? Boric les garantizó que sí a Biden, a Trudeau, a los inversionistas, a los reporteros y a quienes ya han oído muchas veces estas cosas. A Anderson le dijo que habría deseado tener “más mundo”. Obvio. No es tan fácil saber quién es John Kerry. Para estar en el Palacio, esa es una carencia que sólo se puede compensar con alguna virtud, como la lucidez o la astucia.

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